Más allá del mito: 500 años de la batalla de Villalar

Hace 500 años, el 23 de abril de 1521, la Guerra de las Comunidades vivió su punto de inflexión en la batalla de Villalar, que se convirtió en decisiva para la derrota de los comuneros ante los realistas, poniéndose meses más tarde punto y final a la revuelta en la ciudad de Toledo, donde precisamente había nacido el movimiento de las Comunidades.

Tras dicha batalla, el 24 de abril fueron decapitados en la plaza de Villalar los jefes comuneros, Juan de Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado, sus figuras más insignes en los reinos de Toledo, Castilla y León, respectivamente, y jefes de las milicias concejiles de Toledo, Segovia y Salamanca, las más beligerantes con Carlos I desde los inicios de la revuelta.

No obstante, cabe señalar la importancia que adquirieron en determinadas fases del conflicto otras figuras comuneras, como María Pacheco, Pedro Girón, el obispo Acuña o el conde de Salvatierra de Álava, Pedro López de Ayala, sin los que no podrían entenderse hechos clave como la resistencia de Toledo, la batalla de Tordesillas, el hostigamiento a Tierra de Campos o el cerco de Burgos.

Por otro lado, aunque actualmente el imaginario colectivo reduce la revuelta comunera a Castilla, lo cierto es que el movimiento comunero tuvo una implantación territorial mucho mayor. Así, la mayoría de las ciudades principales de los reinos de León, Castilla, Murcia y Toledo se situaron del bando comunero, así como localidades de Andalucía como Úbeda o Baeza, buena parte del actual País Vasco (principalmente Álava y Guipúzcoa, además de las vizcaínas Orduña y Orozco), o la extremeña Plasencia.

Por su parte, ante el temor de una extensión generalizada del movimiento comunero en Andalucía, tras los conatos registrados en Sevilla, Córdoba, Cádiz y Cazorla y el apoyo inicial de Jaén a los comuneros, en enero de 1521 las ciudades de Sevilla, Córdoba, Jerez y Cádiz, entre otras, crearon en la localidad cordobesa de La Rambla una Liga anti-comunera que aseguró el apoyo realista en las principales urbes andaluzas, bando en el que también se situó Canarias, tras la fracasada intentona comunera de Hernando de Aguayo en Gran Canaria.

Pero más allá de la dimensión territorial del conflicto, del mito, y del anacrónico reduccionismo castellanista actual, cabe hablar ante todo de las razones que llevaron a la rebelión de las Comunidades. Y es que fueron diversas las cuestiones que condicionaron el origen y desarrollo del movimiento comunero, pudiendo explicarse por múltiples razones y circunstancias.

En este aspecto, cabe hablar en primer lugar de una rebelión social en diversas áreas comuneras, explicándose en base a ello las acciones de Acuña en Tierra de Campos, o sucesos como los de Dueñas y Badajoz, con las clases bajas levantándose contra el conde de Buendía y el conde de Feria respectivamente. Sin embargo, en otros casos el movimiento comunero ha de entenderse más bien como una reacción de parte de la nobleza para no perder privilegios o posiciones, lo que explica el apoyo a la causa comunera de Girón o López de Ayala, molesto el primero por la no concesión a su figura del Ducado de Medina Sidonia, y el segundo enfrentado con el realista Diego Martínez de Álava.

En todo caso, la relevancia de la cuestión social en ciertos estamentos se explica por su vulnerabilidad tras años de malas cosechas y una alta presión fiscal, oponiéndose férreamente a la cuota que pretendía recaudar Carlos I para costear los gastos de su reconocimiento como emperador. Esta vertiente de insurrección social del movimiento comunero, además, estaba íntimamente relacionada con la revuelta de las Germanías estallada de forma coetánea en los reinos de Valencia y Mallorca.

Por otro lado, el alzamiento comunero también se podría analizar como una defensa de los intereses propios frente a una posible subyugación al Imperio Romano-Germánico. No obstante, el rechazo al rey y los consejeros que le acompañaban por proceder del extranjero también podría analizarse como un rechazo a lo foráneo subyacente en parte del levantamiento, instando la Ley Perpetua comunera a que el rey “ni traiga consigo flamencos ni franceses ni de otra nación para que tengan oficios algunos en su Casa Real. Y que se sirva de tener en los dichos oficios a personas naturales destos sus Reynos”, pidiendo que los “Gobernadores sean naturales por origen destos Reynos de Castilla y de León”, requisito que también se pedía para las órdenes militares de la Corona.

A su vez, la Ley Perpetua también recogía el intento de reducir el poder real y dotar de mayor voz a las ciudades, eliminando los corregidores nombrados por el rey, y estableciendo que “de tres en tres años las ciudades y villas que tienen voto en Cortes se puedan ayuntar y se junten por sus procuradores”, pudiendo hacerlo “en ausencia y sin licencia de Sus Altezas”.

Finalmente, cabe señalar que, más allá de los mitos, los comuneros no rechazaban la monarquía, sino a Carlos I como rey, pretendiendo sustituirlo por su madre Juana I, que se encontraba recluida en Tordesillas, formalmente inhabilitada acusada de falta de cordura mental, y a quien ofrecieron la corona, sin recibir su apoyo.

En definitiva, el movimiento comunero, aunque mitificado desde el romanticismo del siglo XIX como un alzamiento contra las injusticias, y más recientemente como un antecedente nacionalista castellano, fue ante todo un movimiento heterogéneo, de múltiples caras, alejado en buena medida de la visión romántica decimonónica y, sin duda, en las antípodas de la concepción castellanista que se le atribuye hoy día.

De este modo, la revuelta comunera fue en parte una revolución anti-señorial que clamaba contra las élites, y en parte un intento de mantener posiciones y privilegios por parte de algunos nobles, cohesionándose ambas facciones en el deseo compartido de apartar a Carlos I del trono. Un movimiento que quedó irremediablemente encaminado a fracasar tras su derrota en la batalla de Villalar, hace 500 años, cerrándose este capítulo de la historia unos meses más tarde en Toledo, paradójicamente la ciudad donde se inició.