El morado comunero

Nueve días separan las celebraciones de la Segunda República y el día de Villalar. La cercanía en el calendario es también una proximidad simbólica y política, que puede expresarse en el color morado que comparten el pendón de los comuneros – derrotados un 23 de abril hace 500 años– y la bandera republicana.

(Antes de seguir adelante, señalemos que no hay tal pendón morado guiando a las tropas comuneras que se enfrentaron a las mesnadas reales mandadas por Fernández de Velasco, condestable de Castilla, representante de la alta nobleza defensora de Carlos V y de sus consejeros flamencos. Los comuneros, según el erudito Amando Represa, llevaban una cruz roja y los pendones de los distintos concejos que apoyaron la rebelión. Pero no importa: hace muchos años que E. J. Hobsbawm nos habló de la "invención de la tradición" como factor esencial en la emergencia de las identidades colectivas).

Fue la sociedad secreta "Los comuneros" la que, durante el Trienio Liberal, usó por primera vez una enseña morada con un castillo blanco en el centro . Y era ese el color de la bandera que bordaba Mariana Pineda en 1831 con el lema "ley, libertad e igualdad", lo que le costó la vida durante el periodo absolutista posterior. Las juntas revolucionarias, promotoras de la "Gloriosa” en 1868, adoptaron la bandera morada (que algunos llaman “carmesí”, lo que me parece inexacto y un poco cursi) y la misma dinámica “comunera” movilizadora del pueblo, proclamando que "por instinto básico y por hábito", el pueblo forma juntas  "en reivindicación de sus franquicias, holladas por Carlos de Austria [Carlos V], lo mismo que, antes aún, lo hizo toda España al lanzar el sagrado grito de independencia y libertad contra Napoleón".

El republicanismo de 1931 recoge estas tradiciones de lucha por las libertades. Para él, el morado era símbolo opuesto al absolutismo extranjerizante de Carlos V, de los Austrias, de los Borbones y, más en general, de la propia monarquía, que ofrecía en la figura de Alfonso XIII el aspecto más esperpéntico de un régimen caciquil y corrupto, abandonado incluso por muchos de sus seguidores. Se creía, además, que los otros dos colores de la bandera republicana, amarillo y rojo, representaban a los territorios de la antigua corona de Aragón, con lo que el morado aportaba el de Castilla “y así se integraban los de toda España”. El sistema autonómico previsto en la Constitución de 1931, que se hubiera implantado en todas las regiones de España a no ser por el golpe militar-fascista de 1936, trataba de plasmar esos conceptos simbólicos con una organización territorial que respetara los sentimientos identitarios diferenciados.

Es quizá ese pasado, que vincula el morado comunero con los movimientos progresistas y republicanos, el que influyó en la actitud hostil o displicente de las derechas de Castilla y León hacia el sistema autonómico al comienzo de la transición (como había ocurrido ya en los años treinta). Algunos preferían una “autonomía uniprovincial” no muy distinta del viejo caciquismo; ese era el caso de Modesto Fraile, por ejemplo, diputado de la UCD por Segovia, que hablaba de sus “privilegiadas relaciones con Madrid” como lo hubiera hecho un Romanones o un Vizconde de Eza en otros tiempos. Y esa actitud es la que explica que esta fuera la última de las regiones en tener estatuto y que la festividad de Villalar fuera primero ignorada y ridiculizada por los políticos y medios derechistas castellanos, y luego boicoteada por José Mª Aznar con lo de la celebración “itinerante” del 23 de abril durante nueve años.

No sabemos si en los debates iniciales de las Cortes de CyLeón se hizo debate alguno acerca de la bandera regional, pero dudamos que siquiera se planteara recuperar el pendón morado comunero; en todo caso, sí está claro, o debería estar, el origen monárquico y feudal de la bandera de los castillos y leones hoy imperante. Fue Alfonso VII, rey de León, el que primero puso al rey felino en su escudo, aunque no abunden por allí tales fieras (si no es metafóricamente) y Fernando III, que unificó por segunda vez los dos reinos, unió también por primera vez en su enseña los leones con los castillos (estos sí, abundantes en las mesetas).

Esa querencia tradicionalista, en clave conservadora, se impuso al denominar procuradores a los representantes autonómicos, como se llamaban los que iban a las cortes medievales (y a las de Franco), o junta al ejecutivo regional, aunque de revolucionario haya tenido poco.  Y es la que llevó a posar a José María Aznar, travestido como Cid Campeador, en una almena del castillo de Fuensaldaña, mirando a lejanos horizontes de grandeza. Tan lejano también al espíritu comunero, para el que “nadie es más nadie”, como al dicho del Quijote: “llaneza, muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala”.

Pero, más lejos aún de estos centroa de poder, el morado comunero sigue y seguirá ondeando en Villalar y sobre el horizonte de montañas, vegas y campos de Castilla y de León.