La clase de los colorines 

Al más intenso de la clase, ese de la mascarilla con dibujos de hojitas de maría, andar bamboleante y gesto fiero que se pira una hora de cada dos y suspende hasta el recreo no le gusta la clase de Educación Plástica.

-Eso de las pinturitas me parece una…

Desde que le dije que yo era una señora y que no aceptaba palabrotas, hasta el más fiero de la manada se muerde la lengua en la que brilla un piercing. A él estilo tampoco le falta, se pone en el quicio de la puerta justo en el límite de lo que puede y lo que no mientras se fuma un cigarrillo de tabaco liado como los que hacía mi abuelo. Cuando le dimos la consabida chapa sobre Delibes, nos devolvió una lección práctica de cómo enrollar pitillos a propósito de la hoja roja. Qué moderno, el Miguel este de los…

-Delante de mí ni medio taco que soy una…

-Ya lo sé, ya lo sé, es que se me escapan, joder.

Se rapan los pelos haciendo formas geométricas y se depilan rayas blancas e inquietantes en las cejas donde brilla el metal que horada. Y en ese cuello todavía frágil, un reptil se escurre hacia el cuello de una sudadera negra. Su cuerpo es el muro donde trazar los signos de una lengua que no entiendo, una música discordante que les envuelve como el humo de sus cigarrillos, el chándal que solo se quitan precisamente el día en el que tienen clase de Educación Física. El espíritu de la contradicción, que diría mi madre. Mi chico gasta la voz grave de los que han vivido mucho, sin embargo, es cachaduzo y tranquilo y parece un oso bonachón en medio de los pipiolos de primero que le miran con cara de susto hasta que se acostumbran a su presencia densa y profunda. No molesta, sencillamente impone su absentismo con una extraña seguridad. Si no tiene ganas de trabajar, no trabaja, si tratas de incluirle y no está por la labor, te sortea amable y firmemente. La suya es una educación de hombre viejo, de viejo sabio con chaqueta de pana, cachaba entre las manos, boina calada y una independencia cerril, solitaria y profunda. Detrás de la fiereza, el aspecto amenazador, la densa humanidad de su persona, habita un niño que se muerde las uñas, esas que solo agarran el bolígrafo cuando le apetece y que se entretienen machacando tizas mientras divaga por la ventana.

-¿No te gustaba pintar de pequeño?

A los otros, al coro colorido, ruidoso, les fascinan las témperas, las acuarelas, la posibilidad de mojarse, salpicarse, mancharse, levantarse y su gozo es feliz y desordenado, láminas de alegría. Y a mí me gustaría darle un spray, una brocha, una pared, un muro infinito a ver qué abecedario plasma con sus signos crípticos, con su lenguaje entrecortado, con su cultura indescriptible ¿Ha sido pequeño alguna vez? ¿Frágil, diminuto, tierno?

-No.

Le dejo hacer, es puntual, es puntal de los amigos, es –salvo en contadas ocasiones- un chico tranquilo ahí en el pupitre de su quietud, en las horas que pasan y las mochilas que pesan. Me saluda con una inclinación de cabeza, como un adulto perdido entre la colorida tribu de los niños que gritan. He pensado en el Miguel este, profe ¡Qué moderno, liarse los cigarros!

Yo le escucho con una sonrisa más roja que la hoja, ahí detrás de la mascarilla. El la lleva casi bajo la nariz porque hay que jugar a provocar la quiebra de la norma. Y siento su sonrisa, su mirada chispeante, su presencia densa, constante, perfumada de humo y de frío de las mañanas madrugadoras. Y es su mera asistencia un goce cotidiano. Gracias, Miguel Delibes, gracias Eloy y su librillo de papel de fumar… gastado hasta la hoja roja.

 

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.