La catedral, Iglesia madre

     Lo primero que un turista ve, lo que centra su atención visual, cuando se acerca a Salamanca viniendo desde Madrid, desde Alba, Béjar o Extremadura, también desde Portugal, es la armoniosa mole pétrea del conjunto catedralicio. Otra cosa es viniendo desde el Norte, donde la engañosa planicie de la meseta oculta su silueta hasta que poco menos que la tienen encima.

     Pero para un salmantino, la catedral está psicológicamente separada de los barrios trastormesinos por la elevadísima frontera del río Tormes, alta donde las haya. Para el resto de nuestros conciudadanos, la catedral está en el fondo de saco de los cerros que dieron origen a la ciudad y que, andando el tiempo, fue expandiéndose hacia el Norte, Este y Oeste hasta quedar en un extremo de la ciudad donde cuesta trabajo ir, por más que sea todavía una ciudad habitable que puede atravesarse a pie, de extremo a extremo, sin correr, en una hora.

     Los empadronados en Salamanca tienen acceso gratuito al complejo catedralicio, pero podría ocurrir que, con tantos siglos de Universidad, un poco más joven o menos vieja que la catedral, hubiera quedado en el inconsciente colectivo el “ese est percipi”, famoso aforismo del filósofo Berkeley, que nos dice, más o menos, que si una cosa no se percibe es que no existe. Y eso puede ocurrirle al complejo catedralicio, que es lo que es, pero no es percibido así por la ciudanía, ni por los cristianos salmantinos, salvo excepciones.

     No hay mal que por bien no venga. La pandemia del Sars-Cov2, el coronavirus que nos ataca en varias versiones, está haciendo cambiar un poco la percepción de la catedral, pues parroquias o grupos cristianos que desean tener celebraciones especiales –Confirmaciones, por ejemplo- y que con el aforo limitado actualmente a un tercio no pueden realizarse en su templo normal, están acudiendo a la catedral, que tiene mucho más aforo.

     Este cambio de percepción, obligado por las circunstancias de la pandemia, puede ayudarnos a todos a percibir lo que la catedral es: la Iglesia madre de las comunidades de la diócesis, porque es “la cátedra”, o sea la silla, del obispo, sucesor de los apóstoles.

     Hay cosas que entran por los ojos, sobre todo, si se explican bien. Un joven confirmando -o una joven, que suele haber mayoría femenina-, puede percibir intuitivamente y de una tacada, que él o ella es llamado a colaborar con el obispo. Naturalmente que los sacerdotes son colaboradores del obispo, pero es lo cierto que todos los laicos bautizados también lo son y deben serlo.

     Como Iglesia madre, la catedral es lugar apropiado para celebrar la Liturgia de la Iglesia. La Liturgia tiene dos grandes manifestaciones comunitarias: los sacramentos, sobre todo el de la Eucaristía, por una parte, y la Liturgia de las Horas por otra. Si un católico laico se acerca a la catedral un domingo puede percibir que hay dos celebraciones litúrgicas importantes: La Liturgia de las Horas, los o las Laudes en concreto, a las 10 de la mañana y la Eucaristía a las 11 en la Capilla de la Soledad y a las 12 en el altar mayor. Algunos días solemnes hay otra celebración importante de la Liturgia de las Horas: las Segundas Vísperas del domingo, que suele ser a las 6 de la tarde.

     Todo el mundo sabe que para la celebración de los sacramentos, por lo general, es necesaria la presencia y la presidencia de un ministro ordenado, diácono, presbítero –cura o sacerdote, vaya- u obispo; “todo el mundo” cree que para rezar la Liturgia de las Horas, también es necesaria la presencia de un ministro ordenado, y es lo cierto que éste tiene el deber de rezarla, pero casi nadie sabe que los laicos pueden organizarse para rezar Laudes o Vísperas u otras horas del Oficio Divino sin necesidad de que esté presente el sacerdote, sobre todo cuando éste no puede, sobrecargado de tareas, aunque, naturalmente, no está excluido sino todo lo contrario. Hoy en día, con la falta de sacerdotes que hay, muchas comunidades pequeñas, sobre todo en el mundo rural, pero también en el urbano, donde vamos hacia una Iglesia de minorías, los laicos, sin presencia de presbítero, podrían reunirse para celebrar esta Liturgia, que sería Liturgia oficial de la Iglesia.

     La Liturgia de las Horas podría ser la salvación de muchas pequeñas comunidades, desanimadas ahora por su propia pequeñez, porque para rezar la Liturgia de las Horas solo hacen falta dos cosas: querer rezarla como la reza la Iglesia y reunirse “dos o más” en el nombre de Jesús. O uno solo, que casos concretos conozco de ello. En algunos lugares la Liturgia de las Horas está siendo ocasión de que algunos ateos, no bautizados, o cristianos deshabituados, se estén volviendo a acercar a la Palabra de Dios y a la Iglesia desde perspectivas nuevas, más espirituales, más “modernas”, nada clericales. Volveremos sobre el asunto.