La piedra en su expresión vital

“El tren salió del trepidante corredor de rocas bermejas, penetró en las plantaciones de banano, simétricas e interminables, y el aire se hizo húmedo y no se volvió a sentir la brisa del mar. Una humareda sofocante entró por la ventanilla del vagón.” La cita de la llegada del tren a Macondo la leemos en el cuento La siesta del martes. Un par de mujeres pobres van a ofrecerle un ramo de flores a la sepultura de un ser querido. La atmósfera del pueblo nos recuerda a la de una Comala donde Rulfo, en relación con el diseño de la muerte en algunos cuentos de García Márquez, nos ofrece una visión de esa otra ladera del tiempo y el espacio.

Por ahora, no obstante, no centraremos nuestra atención en ninguno de los temas de arriba. En cuanto a los cuentos de Gabo, no lo hago probablemente por no haberlos terminado de leer aún. Pero esa en realidad no se trata de la razón. La cita de arriba la recogimos por la mención de la palabra “rocas”. Ese término me interesaba. “Rocas”, o “piedras”. El tren salió del trepidante corredor de rocas bermejas, nos sigue diciendo Gabo. Las piedras en la literatura tienen una fuerza semántica inapreciable. El vocablo piedra pesa, tiene un peso, su forma áspera y no delicada lastima, puede causar la muerte, así como por partes iguales, no obstante, puede sostener la vida.

Un amigo me ha dicho esta mañana. Cuando yo jugaba fútbol, me iba a una orilla del campo y ahí me apoyaba en una piedra para vendarme los tobillos y calzarme las medias. Me mencionó, además, cómo en aquellos campos de sus tiempos se jugaba entre piedras (pequeñas, sobra decirlo). Las piedras en la literatura y la ficción ofrecen esta imagen. Los Evangelios las mencionan impregnadas de valores distintos. Recordando al autor mencionado arriba, Rulfo las usó para bautizar su novela de 1955. No en letras, pero sí en esculturas, yo las pude ver en Roma convertidas en un canto mudo a la inmortalidad.

En ocasiones como hace un minuto cuando terminé de escribir el párrafo anterior e inicié el presente, los libros se me ofrecen al pensamiento como piedras de donde mana un sentido fecundo para la inteligencia. Un libro pesado, entonces, puede prometer un misterio más abundante, si bien nunca en su esencia más valioso comparado con el de una plaquette donde el poeta vierte la suma de sus días en pocas sílabas contadas. La piedra en su dimensión de metáfora inanimada sirve a un tiempo para crear y para destruir, para levantar y para ocultar, para todo eso de la vida en la tierra donde Jesucristo la usó para expresarse en su poesía. “El tren salió del trepidante corredor de rocas bermejas...” Nosotros mismos somos unas rocas, o unos templos, se dice en uno de los libros mencionados antes, donde el valor de la existencia surge desde la inmortalidad y para siempre.


Piedras salmantinas

 

 


Juan Angel Torres Rechy
Xalapa, Veracruz, México
17 de abril de 2021