Connotaciones de lo religioso en nuestro lenguaje

 

 

Normalmente, cuando hablamos empleamos expresiones y dichos, que nos pasan desapercibidos por el uso; en cambio, entrañan una forma bella y expresiva de comunicación; se

trata de una serie de metáforas, sencillas y espontáneas, que manejamos en nuestra vida cotidiana, y que suelen estar teñidas de ideología, de una visión peculiar del mundo que nos rodea y de la cultura que nos distingue e identifica; estas modalidades del lenguaje han quedado ya petrificadas en nuestra lengua común y nos definen como comunidad de hablantes. Tenemos la gran virtud y desparpajo de identificar un concepto con otro, una voz con otra, porque nos empeñamos en que tienen muchas esencias en común, y como así lo concebimos lo aplicamos. Esta tarea es muy frecuente, es común y la practicamos sin querer, de forma espontánea, movidos por la costumbre y por el uso que percibimos desde chicos.

Vamos a exponer unas muestras.

Tenemos la manía de unificar dinero y tiempo, y, por eso, cuando sacamos a colación tanto uno como el otro, decimos: que se gasta, que se invierte, que se calcula, que se aprovecha, que se agota, que es o no suficiente, que se tiene, que se da, que se pierde…

 

Así como tenemos empeño en hermanar amor con viaje, cuando utilizamos expresiones como éstas: No creo que lleguemos muy lejos; esta relación no va a ninguna parte; estamos en una encrucijada; aquí se separan nuestros caminos; no nos podemos volver atrás; lo nuestro ha embarrancado; hemos llegado a un callejón sin salida; esto se va a pique o hace agua….

 

Y los taurinos y aficionados no pueden, por menos, de convertir la vida en una corrida de toros. Y así lo hacen y así lo hacemos todos, porque los toros van con la fiesta, y la fiesta está arraigada desde que el hombre sintió necesidad de relajarse y de divertirse. Nosotros llevamos la corrida a la vida, cuando nosotros expresamos frases como: Vemos los toros desde la barrera; nos toca lidiar con la más fea; echamos un capote a alguien; o damos una larga cambiada; hacemos un brindis al sol; nos han dado la puntilla; nos dejan para el arrastre…

 

Pero, sin duda, lo religioso se lleva la palma. La palabra Dios ha dado una cantidad de usos cotidianos, que ponen de manifiesto la creencia y la importancia que Dios tiene para nosotros y para nuestras vidas. Dios está en nuestros labios en todo momento, y no sólo Dios, sino su presencia en la historia bíblica, en lo ritual, en la liturgia, en la concepción católica de la vida y en la observación e interpretación de la realidad histórica y social. Cada paso escuchamos expresiones como: alabado sea Dios; bendito sea Dios; a la buena de Dios; como Dios nos dé a entender; Dios dirá; Dios mediante; Dios y ayuda; como Dios manda; ir benditos de Dios; llama a Dios de tú; ¡por Dios!; quiera Dios; si Dios quiere; si Dios no lo remedia; sabrá

Dios; ¡Ay, Dios mío!; ¡Virgen santa!; ¡Jesús, María y José!; ¡Por Dios, Pepe!; ¡Buenos días, nos dé Dios!; hasta mañana, si Dios quiere; Dios te lo pague; Dios lo tenga en gloria...

 

Y parándonos en las bíblicas historias, tenemos expresiones como diluviar; vacas gordas y vacas flacas; chivo expiatorio; para mayor inri; la paja en el ojo ajeno; pasar las de Caín; ser de la piel de Barrabás; estar hecho un Adán...

 

Otros dichos tienen su origen en las fórmulas del ritual, tal como: en un santiamén; sin romperlo ni mancharlo; en un amén; en un credo; por los siglos de los siglos; el pan nuestro de cada día; por ser vos quien sois…

 

Otras, en la liturgia, como: hacerse de cruces; nombre de pila; echar las bendiciones; Dios nos coja confesados; quedarse para vestir santos; de Pascuas a Ramos; más largo que la cuaresma:

algo tendrá el agua cuando la bendicen; limpio como una patena; esto va a misa…

 

Y, en aquello, que tiene que ver con el debate y la discusión: Discutir sobre el sexo de los ángeles; se armó la de Dios; remover Roma con Santiago; ser más papista que el papa; ser muy monjil; sentar como a Cristo dos pistolas; acabar como el rosario de la aurora…

 

Nadie discute que nuestra concepción del catolicismo lo llevamos metido hasta los tuétanos, y su doctrina no sirve de argumento, como algo irrebatible, en la que apoyamos nuestras ideas y afirmaciones, como expresión de situaciones y de estados de ánimo:

Esto es la Biblia; no hay cristiano que…; habla en cristiano; no es tan católico; música celestial; estar en el limbo; no haber un alma; cantar como los ángeles; como un alma en pena; como alma que lleva el diablo; dejado de la mano de Dios; antes Dios que todos los santos...