El estrés del pianista

En 1998, Giuseppe Tornatore estrenó “La leyenda del pianista en el océano”. En esa película narra cómo un hombre, nacido, criado y crecido en un barco, tras más de treinta años durante los cuales jamás abandonó la nave, siente el deseo de bajar a tierra. Cuando sus pies tocan la escalera que lo llevará al muelle, el vértigo se apodera de él. Y, para explicar lo que sintió, le muestra a su amigo el teclado de un piano: tiene un número determinado de teclas, y él puede controlarlas todas. Así es su vida en el barco. Pero el mundo exterior se le antoja un teclado infinito; todo se le escapa. “Es el piano de Dios”, dice.

            Muchos sufren el estrés del pianista. Sentados en el piano de Dios, quieren controlarlo todo, organizar su vida de modo que nada se les escape… Y no pueden. Un contratiempo, una enfermedad, un fracaso, y se desmoronan. Los gentiles se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso. El santo duerme y confía. En el piano de Dios, él no es sino una tecla. Le basta ser dócil y dejarse pulsar por la mano del Artista.

            Jesús conoce nuestras necesidades y sabe lo que nos hace falta, pero también sabe que la preocupación enfermiza, el agobio, nos quita la vida, nos roba el tiempo. Por eso propone el confiar en Dios, en su providencia. Dios no se olvida de nosotros.

            A cada día le basta su afán. Vivir el presente es la única manera de escapar de la ansiedad, de las preocupaciones y sí ocuparnos en ayudar a los otros. Todos tenemos la responsabilidad de que a todos les llegue un pedazo de pan y puedan vivir dignamente.

            Juan XXIII decía: “Solo por hoy trataré de vivir exclusivamente el día, sin querer resolver el problema de mi vida toda de una vez”. ¡Qué razón tenía! Es lo mismo que repetía Jesús: “A cada día le basta su afán”. Muchos de nuestros sufrimientos provienen de adelantar acontecimientos catastróficos que nos van a ocurrir en el futuro. Nuestras preocupaciones y agobios nacen, en la mayoría de los casos, de no confiar en la providencia de Dios.