Cultura del envase

Quizás uno de los pensamientos más conocidos, de los muchos que se atribuyen a Heráclito el Oscuro[1], sea: Nadie se baña en el río dos veces porque todo cambia en el río y también en el que se baña. Lo que nos viene a decir que lo único permanente es el cambio.

Los avances técnicos desde la edad de piedra pasando por el bronce, el hierro, el arado, la imprenta, la electricidad, la máquina de vapor, el motor de combustión interna, etc… hasta llegar al salto, casi al vació, que ha supuesto la irrupción en todos los ámbitos de nuestras vidas cotidianas de Internet, son cambios transcendentales y continuos. Todos ellos han sido protagonistas siglo a siglo y últimamente, año a año, de importantes transformaciones en nuestra forma de ver y de enfrentarnos al mundo, y nos han ido definiendo como seres humanos y también como sociedades.

Este largo camino recorrido, ha hecho posible que nuestras vidas ganasen una mayor calidad. En general, nos alimentamos mejor, estamos más sanos, nuestra esperanza de vida es creciente, tenemos un mayor acceso a la educación, la vivienda, al ocio…; al mismo tiempo, nuestras relaciones económicas, laborales, comerciales y sociales se han hecho más complejas. La cuestión es, si con todo esto hemos ido a más o a menos como Sociedad y como Humanidad en conjunto.

Una imparable e incesante evolución, fundamentalmente técnica, se ha dado en las últimas décadas de manera exponencial y a una velocidad muy superior a la de todos los siglos anteriores en su conjunto. En mi opinión esto produce cierto vértigo, no tanto por el número de innovaciones como por la rapidez con la que se dan, siendo la causa principal del abismo generacional al que asistimos, algo asustados, y de una atomización social preocupante.

Uno, por su edad no por mérito alguno, ha sido testigo de muchos de esos profundos cambios de los que casi siempre somos conscientes cuando ya hace tiempo que se han instalado entre nosotros, transformado nuestros referentes y con ello nuestras vidas. Sus efectos son muy visibles a poco que nos detengamos a mirar nuestro entorno.

Los trabajos (o teletrabajos) son temporal, los matrimonios o parejas también, al igual que las ideologías políticas incluso las religiosas. La solidez del oro para respaldar las transacciones comerciales, dejo paso al papel y este va cediendo su consistencia frente a las cripto-monedas, como los bitcoins, que se reducen a unos elementales impulsos eléctricos, pero que ya cotizan en Bolsa. Incluso, la inteligencia, esa facultad de la mente que hasta hoy era propiedad exclusiva y distintiva de los seres humanos, es hoy artificial. La protagonista de nuestro tiempo es la obsolescencia, tanto en lo material como en lo inmaterial, tanto programada como casual.

Para definir el estado actual de nuestras sociedades, el sociólogo Zygmunt Bauman[2], acuño términos como Sociedad Líquida, Modernidad líquida, Amor líquido”: “Hoy la mayor preocupación de nuestra vida social e individual es cómo prevenir que las cosas se queden fijas, que sean sólidas que no puedan cambiar en el futuro. No creemos que haya soluciones definitivas y no sólo eso: no nos gustan”. Sociedades tejidas con relaciones tan frágiles, variables y precarias que, como el agua, se nos escurren entre los dedos cuando queremos retenerlas.  

Este líquido sutil en el que habitamos carece de puntos fijos en el horizonte, de referencias estelares para orientarnos en él, escasean robustos amarres a los que sujetar los aparejos de nuestra existencia. Así, resulta complicado gobernar la navegación, fijar el rumbo. Las anticuadas leyes de pilotaje ya no sirven, necesitamos nuevas cartas de singladura para navegar con nuestra vida y no sólo navegar sobre ella sorteando tormentas, huracanes, tempestades, tornados o ciclogénesis explosivas; equipados únicamente con algunas débiles y cambiantes velas.

Para Bauman, estamos en un momento de la historia en el que las realidades sólidas de nuestros abuelos, como el trabajo y el matrimonio para toda la vida, por ejemplo, se han desvanecido. Y han dado paso a un mundo más precario, provisional, ansioso de novedades y, con frecuencia, agotador.

Hoy las palabras del también sociólogo británico, especialista en teoría política, David Held, suenan casi proféticas: La perpetua búsqueda de la seguridad parece solo haber engendrado una inseguridad crónica. Tenemos lo que nos merecemos y para tener algo diferente tendremos que merecerlo, al fin y al cabo, estamos en plena cultura del envase. El contrato de matrimonio importa más que el amor, el funeral más que el muerto, la ropa más que el cuerpo y la misa más que Dios.; en opinión de Eduardo Galeano[3].

 

[1] (540 a.C.-480 a.C.) Filósofo griego, del siglo V a.C.; nacido en Éfeso la actual Turquía

[2] (1925–2017) Sociólogo, filósofo y ensayista polaco-británico de origen judío. Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2010.

[3] Periodista y escritor uruguayo.