Aprendiendo a ser paciente

No será esta una de mis columnas más largas, pero sí de las que, en términos relativos, más tiempo me habrá llevado la tarea de escribirla. Es lo que tiene haberme fracturado, tontamente como ocurre en tantos accidentes, la cabeza del radio derecho. Durante unas semanas tendré que estar de este otro lado, el de la paciencia del que padece. En un momento dejé atrás lo pendiente: “cnp concertada, ver analítica”, “cp programada, revisión lesión cutánea”, “cnp concertada, seguimiento dolor crónico”, “cp programada, revisión otitis”, “cnp concertada, ayer tuvo cons Cardiología”, “cp, domicilio programado”… Cada cual con su nombre, con su historia, con su relación de confianza en construcción y conservación. Sería menos problemático si a los médicos enfermos se nos sustituyera, pero de un tiempo (bastante) a esta parte no sucede, y cuando las ausencias se alargan más allá de unas vacaciones de quince o veinte días la calidad de la asistencia se resiente. Estamos tan justos en los equipos, incluso haciendo el doble o más de las guardias que nos corresponderían, encorsetados en calendarios de consultas que priman la cantidad sobre la continuidad asistencial, que una baja inesperada como la mía descuadra más de lo que debería. Un dato: hace poco más de seis años yo entraba y salía de la lista del paro.

Consumado el absurdo resbalón y lastimado el codo hasta quebrarse el hueso, se me presenta la oportunidad de aprender, en carne propia, a ponerme con más fundamento en la piel del enfermo, mi cotidiana compañía. Postura mantenida a la fuerza, tiempo doblado o más para muchas tareas y otras imposibles de afrontar, un artefacto plástico para entrar a la ducha y un alma caritativa que me socorra ante cordones, botones o tapones para los que la zurda no está adiestrada.

La experiencia de la limitación y la debilidad, que siempre existe pero a veces nos cuesta percibir y, sobre todo, admitir, irrita por momentos, pero hace madurar y le devuelve a uno a un territorio más real, en el que estamos más desnudos y somos más pequeños pero donde nunca falta lo realmente importante y lo reconocemos mejor.

 

En las ilustraciones, así explicaba la genial “Érase una vez la vida” (Albert Barillé, 1987), cantera de sanitarios, cómo se recupera una fractura ósea.