Calixto, al lado de la fuente

El miércoles de la tarde me invitó a pasar un rato de sosiego en el huerto de Melibea. El ambiente era acogedor,  saludable  y verde, e, incluso, me tuve que colocar entre  sol y sombra, porque, si me ponía de plano a la estrella, me sofocaba, y si me colocaba a la sombra, me aconsejaba poner la cazadora; y opté por acomodarme al amparo de un árbol, que permitía el paso a unos rayos reconfortantes.

El ambiente y el banco llenaron mi espíritu de paz y de alivio, ante la angustia y el desengaño que nos acercan,  cada mañana y cada día,  los medios. Y esa placidez  placentera me invitaba a soñar, y la nana, que me cantaba la fuente eterna del recinto, acabó por sumirme en el más profundo de los sueños.

Y, como si fuera una realidad, sentí como una pareja de enamorados se perseguía y se regocijaba y se acariciaba y se reía en silencio y se achuchaba; y yo la contemplaba con nostalgia y con una sonrisa inocente, porque, a mi edad, se sonríe inocentemente. Y, en este ensimismamiento estaba, cuando sentí que se sentaba a mi lado un joven estudiante. Me dio la hora, y no hablamos del tiempo, porque, de eso, habla todo el mundo, pues no tienen otras cosas de qué hablar.

El mozo era majo, simpático y de palabra fácil, y  sospecho que, por este señuelo natural, eligió, como futuro, los estudios de Leyes. Llevaba un cuaderno y apuntaba, no sé lo que apuntaba, sólo me dijo su nombre, Fernando de Rojas. Nos despedimos, y, pasado el tiempo, llegó a mis manos un manuscrito, que enseñaba el título “Tragicomedia de Calixto y Melibea”, con una dedicatoria; entonces, me percaté de la pareja que observaba Fernando, cada tarde, sin perderle ojo, tenía un nombre, Calixto él y Melibea, ella; y me enteré, por el escrito, de que él se saltaba la tapia con la anuencia de la criada; y que allí, en el huerto, brotó el amor al mecimiento de aquella agua limpia de la fuente y del calor condescendiente del mes abril, en el que la primavera brota en los árboles, en la besana, en el gorjeo de los pájaros, en el clamor de la sangre joven del mancebo, en el despertar del letargo de tantos cosas entumecidas por el frío; y, asimismo, en la alegría del alma, en la esperanza de la vida y en la emersión de los sueños de futuro. Y, en primavera, todo aparece florido y hermoso.

Pero, como el diablo tiene poco que hacer, renace en el entorno de este paraíso de ensueño, sembrando la cizaña del engaño, de la astucia, de la artimaña y de las malas artes, con la complicidad de las alcahuetas y de sus malos y lisonjeros sirvientes, que actúan incentivados  por el pringoso torrezno, por el trigo, harina  y el  jarro de buen vino.  

Y me desperté con la llegada de otras parejas, que querían emular el amor ordenado de Calisto y Melibea. Me desperezaba en el chorro de la fuente, cuando me vino a la mente la pregunta que formuló Sempronio a Calisto: “Calisto, ¿eres cristiano? Este respondió: “Melibeo soy y a Melibea adoro y a Melibea amo”. Y Sempronio sigue preguntando hoy a los mandamases del mundo: ¡Mandamases!, sois cristianos? Y la respuesta es como sigue: Dinero somos y al dinero adoramos, y al dinero amamos.

Se oye un ruido a lo lejos, alguien cae de la tapia y muere, y se escucha el sollozo de una moza moribunda.