Todos iguales

Todos somos desiguales, unos negros otros blancos, otros amarillos. Unos atléticos, otros enclenques y canijos; unos tienen la nariz larga y aguileña y otros chata como un orangután; y otros  y otras una nariz equilibrada en un rostro perfecto. Y los ojos, millones y millones de ojos, y creo que no podremos encontrar dos iguales. Ni siquiera los dos tuyos.

Ah, pero todos somos iguales, dicen los juristas y repetimos todos, y tratan de inculcarlo en las mentes y conciencias de toda la humanidad: todos tenemos los mismos derechos (y deberes, digo yo, de lo que muchos se olvidan). Sí, es verdad, pero eso es una teoría o si quieres un principio ético de la ley natural, impreso en la conciencia humana, que muchos trabajan por hacerlo realidad, pero a otros no les interesa porque va contra sus intereses (y no digo valga la redundancia). Y en la práctica, anda dile a un mendigo que no tiene más que un rincón y unos cartones para dormir, que es igual al dueño de Amazon; o díselo a todos los millones que solo tienen para vivir o malvivir, a todos los que se han quedado sin trabajo, millones y millones de personas que siguen siendo personas con todos los derechos, mientras unos pocos, muy pocos, tan pocos que conocemos sus nombres,  tienen la mitad de los bienes de la tierra. ¿Por qué?  Pues puede ser por esa ley que no sé si está escrita, pero que ha estado siempre vigente, la ley “primi capientis”, del que llega primero. Eso que sabe muy bien el campesino o cualquiera que compró una parcela y cuando fue a cercarla se encontró con que el vecino de la parcela contigua ya había puesto la valla, corriendo la linde un metro más allá para que quedaran tres hermosas encinas en la suya; y eso hasta los abogados dicen que no tiene remedio.

Y todo esto para decir que en la práctica ‘que no, hombre, que no, que por más que te empeñes no somos iguales, porque unos tienen mucho, muchísimo, otros tienen algo, y otros no tienen nada’. Y además unos ganan mucho sin trabajar nada, y otros no ganan nada o casi nada trabajando mucho.

Pero este mirador provinciano, que no quiere darse por vencido, mirando y buscando puede ser que algo haya encontrado en lo que todos los hombres y mujeres somos iguales: sí,  en el miedo, miedo a la pandemia, que todos tenemos de manera expresa y evidente, o miedo no confesado, miedo a esa fuerza misteriosa que no dominamos y que nos domina.