Los cuentos de Gabo

Yo no había leído mucho Gabriel García Márquez (a partir de ahora, Gabo) hasta hace poco. Crónica de una muerte anunciada, Doce cuentos peregrinos, El coronel no tiene quién le escriba, un poco de El amor en los tiempos del cólera, casi nada de Cien años de soledad (ni de cómo fue surgiendo en publicaciones anteriores), ni nada de sus columnas. A Gabo si bien sí lo había leído como se puede ver arriba prácticamente no lo había leído lo suficiente como para redactar estas palabras en un homenaje inmerecido (inmerecido claro para mí, no para él, pues así como al parecer se dice en el lenguaje religioso cómo uno no merece ver de frente al Señor, así yo también ahora me cubro el rostro y no me postro en tierra pero sí ladeo la cabeza ante el autor de Ojos de perro azul).

Me parece recordar el gusto de esta misma literatura por parte de mi tía Conchita, madre de dos hermanos letraheridos buenos para la escritura de ficción y para la real, tía a su vez de mi papá (ella era mi tía-abuela), bueno asimismo para la lectura y la poesía, el subrayado de las páginas, la recolección de citas y la crítica política y artística desde el ala izquierda de la vida, o sea con su espíritu enraizado en el lado del perfil mágico de Messi. Pues sí, Conchita le daba a Gabo en una biblioteca en parte (mínima) degustada por el abajo firmante.

Conchita se unió en matrimonio en México con un famoso químico y traductor salmantino, D. Manuel Rodríguez Mata, de una ascendencia renombrada en su árbol genealógico de la tierra de la Universidad de Salamanca: https://bit.ly/3saBWeS y https://bit.ly/3gbZk9J (mi amistad al cien por el investigador del segundo enlace, doctor Juan Antonio Rodríguez-Sánchez). Manuel Rodríguez Mata y Conchita y sus hijos Manolo e Hipólito siguieron irrigando esos caudales de letras y números (números como símbolo de la abundancia) en sus fructíferas vidas, y lo siguen haciendo, pues si bien no todos nos acompañan en el momento de ahora, sí lo hacen algunos en ellos mismos y en las personas de sus retoños. Mas esto, por supuesto, tiene sin cuidado al paciente lector, aburrido probablemente a esta altura del discurso (y seguramente molesto, ¡perdón!) por no encontrar nada del autor de Eva está dentro de su gato, nombrado en el título. Por consiguiente, regreso al inicio y vuelvo a decir eso de yo no había leído mucho a Gabo, pero ahora intento hacerlo y cada día, no sé si para bien o para mal, su literatura me hace creer nuevamente en la posibilidad de ser feliz escuchando puros cuentos.

 


Xalapa
Foto de Esperanza Rechy Rivera

 

 

Xalapa, Veracruz, México
10 de abril de 2021
Juan Angel Torres Rechy
torres_rechy@hotmail.com