Suceden muchas cosas, demasiadas pasan desapercibidas.

Todas las semanas suceden cosas que pasan sin llamar mucho la atención. Otra farola ha sido derribada por un vehículo en una calle peatonal. Evidencia cierta indiferencia ante una progresiva indisciplina motorizada en espacios fuera del dominio (aparente al menos) del coche. Mientras, continúan señalizando el límite de velocidad a 30 km/h en otras calles salmantinas, gracias a la nueva normativa de la Dirección General de Tráfico. Confiemos se tenga más suerte y se cumpla, a poder ser con mayor fortuna de la observada en el Puente de Enrique Esteban. La solución municipal para el cumplimiento de esas normas, llenar las calles de radares, no parece la mejor. Ya hemos mencionado algún manual del Ministerio de Fomento con técnicas menos “tecnológicas” pero muy (o más) efectivas. 

 

Nos han recordado los 26 meses transcurridos desde la anulación del contrato del servicio de transporte urbano por los tribunales. La conclusión municipal de ese tiempo de “reflexión” será un nuevo contrato de gestión privada. Nada de redescubrir las ventajas de la gestión pública de servicios públicos: más eficaces y baratos. A pesar de existir experiencias suficientes y cercanas avalando esa fórmula, nuestros campeones de la gestión prefieren despilfarrar dinero público. Y para el transporte público, metropolitano, cada vez está más cerca una nueva normativa regional; ya veremos si solucionará problemas públicos o velará por otros intereses.

Pero quizás lo más interesante de la semana ha sido una de esas cosas que no interesan mucho por aquí, pero hemos comentado alguna vez. Sigue la Revuelta Escolar ganando adeptos en ciudades españolas. Surgió en Barcelona ante la insatisfacción de centros escolares excluidos del primer plan de su Ayuntamiento para pacificar entornos escolares. Curiosamente toma fuerza en Madrid. Al calor de la actual pandemia muchas localidades tomaron medidas para mejorar la accesibilidad y el espacio peatonal, incluso los patios, en zonas escolares. A final ha dado alas a un descontento soterrado, ha tomado forma y cada vez va más allá.

La creciente sensibilización sobre la necesidad de cambiar el modelo de transporte urbano, tan relacionado con el aumento de la contaminación y el cambio climático causantes de miles de muertes prematuras, está cristalizando. En muchas ciudades se exige recuperar el exceso de espacio ocupado por un medio de transporte, frecuentemente minoritario, para el uso de otros medios. El peatón quiere y merece más, acostumbra a ser mayoritario, y muchos colegios se lo han tomado muy en serio, tanto el alumnado como sus padres y los propios centros. Cada vez se es más consciente de lo absurdo y peligroso que resulta llenar de coches los entornos escolares, y no solo a las horas de entradas y salidas. El invento del distrito único para garantizar un supuesto derecho fundamental, inexistente legalmente, de libre elección de centro (o sea privado) ha hecho lo suyo para engordar el problema.

Junto a ello, y la necesidad sanitaria de guardar distancias mayores entre personas, se necesita más espacio libre de vehículos. A lo que se ha sumado la conversión de la bicicleta en una verdadera alternativa de transporte, como lo está dejando muy claro en numerosos lugares. El mundo se mueve, y las ciudades con vocación de modernidad y liderazgo avanzan y experimentan nuevos (viejos) caminos. Salamanca no aparece en estas cosas, está en el culmen de la modernidad sin pasar mentalmente del desarrollismo sesentero.