Frankenstein. La verdad que oculta el Dr. Víctor

 

 

No se inquieten, no me refiero al gobierno de Pedro Sánchez y sus socios…eso para otro apartado. Detrás de la gran novela -hago una sinopsis- se oculta una realidad, muy, muy cruda.

Frankenstein existió realmente. No el monstruo de rostro zurcido, andar indeciso, falto de equilibrio que vemos en la película, sino su creador, el Dr. Víctor Frankenstein. Su nombre real fue Johann Konrad Dippel, pasó a la historia porque en 1733 publicó un panfleto donde afirmaba haber inventado el elixir de la vida, que permitía  al ser humano vivir hasta 135 años.

Es muy posible que la escritora Mary Shelley tuviese conocimiento de los macabros experimentos que llevó a cabo el doctor Dippel en el castillo de Frankenstein

Para mí es un icono del género de terror el monstruo de Frankenstein, personaje de ficción nacido de la pluma de Mary Shelley en una reunión legendaria con sus amigos en Villa Diodati -junto al lago Leman (Suiza)-. Víctor Frankenstein, al que, por cierto, nunca se le menciona como médico, es un joven de la República de Ginebra apasionado por el estudio de la anatomía y la búsqueda del principio de la vida, se traslada a la universidad germana de Ingolstadt. Es allí donde crea a su monstruo a partir de restos de seres humanos y de cadáveres de animales. La extraordinaria novela de Mary Shelley  -mucho más compleja, profunda y apasionante que las adaptaciones cinematográficas-  está centrada, como anticipa el subtítulo: "El moderno Prometeo", en el enorme cambio propiciado por la revolución industrial del diecinueve y el apogeo de la Razón que disipa las tinieblas en el Siglo de las Luces. Una criatura atormentada se enfrenta al vértigo que supone soltar la mano de su Creador y centrarse en la búsqueda de su propia identidad. Anuncia la peligrosa paradoja de que cuanto más fía el hombre en la Ciencia – la manzana edénica, o de la prohibición-  más se aleja de su esencia humana, y por tanto, se cuestionado el sentido de su propia existencia. El motivo por el que ésta novela es un clásico tan fascinante  -aparte del excepcional contexto en el que surge-  contiene cuestiones que el ser humano jamás dejará de plantearse.

Hasta aquí la novela, pero todas las historias tienen sus raíces y es muy probable que Frankenstein, el científico, no la criatura, estuviese inspirado en un teólogo y galeno teutón, que vivió a caballo entre los siglos XVII y XVIII.

 

En lo alto de una colina, próximo a la ciudad alemana de Darmstad –en el estado de Hesse- se encuentra el castillo de Frankenstein, un vocablo germano que literalmente significa “piedra de los Francos”. La primera referencia de su construcción se remonta al siglo XIII, a partir del cual sufrirá diversos avatares que se pueden resumir en destrucción, reconstrucción y nueva destrucción.

En 1673 en una de las dependencias del castillo nace Johann Conrad Dippel. Hijo de un pastor luterano, durante su juventud encaminó los estudios hacia la teología y la filosofía. Posteriormente, sus inquietudes tornarían y se enfocarían hacia la alquimia y, como muchos otros iluminados del momento, trataría por todos los medios de convertir el plomo en oro.

De forma impetuosa llegó a afirmar que poseía el secreto para engendrar vida a partir de materia exangüe, una base teórica que colisionó frontalmente con las autoridades docentes de la Universidad de Giessen,  lo que provocó su expulsión.

 

Durante su estancia en el castillo de Frankenstein el doctor Dippel construyó un laboratorio en el cual trabajaba noche y día. Fruto de este arduo trabajo fue el descubrimiento de un aceite, elaborado a partir de animales licuados, que previamente había filtrado en tubos de hierro, y que bautizó con el nombre de “aceite empireumático” o aceite de Dippel, todo el que bebiera de esta pócima se convertiría en centenario. ¿Quién no estaría dispuesto a invertir una parte de su salario en este elixir? Los suculentos honorarios que obtuvo de la venta del maloliente líquido le permitieron sufragar algunos de los experimentos que llevaba a cabo en su laboratorio.

 

Como en todo en la vida, las investigaciones de Dippel tuvieron sus luces y sus sombras, ya que a partir del aceite animal, el alquimista germano consiguió elaborar un tinte de color azulado con el que se podían teñir los tejidos y que fue bautizado como “azul de Prusia.

 

En torno al castillo no tardó en aflorar un halo de misterio. Las malas lenguas aseveraban que Dippel, al abrigo de la seguridad que proporcionaban los muros de la fortaleza, estaba llevando macabros experimentos que habían sobrepasado los límites de la racionalidad. Se contaba que abandonaba el castillo por la noche y, pertrechado de pico y pala, se dedicaba a profanar tumbas y robar cadáveres en los camposantos cercanos. Los restos humanos eran diseccionados y servían para diferentes experimentos. Dippel ansiaba encontrar el método para transferir el alma de un cuerpo a otro. Además, se rumoreaba que trabajaba sin descanso en la consecución de un animal fabricado a base de huesos, sangre y otros restos animales.  El castillo de Frankenstein tiene actualmente otro atractivo turístico añadido y nada fútil, en sus alrededores se produce un extraño fenómeno magnético, las brújulas dejan de funcionar.

 No se asusten. Se relaciona con ciertas formaciones de rocas magnéticas naturales que bordean el lugar.