Derechos vulnerados en Marruecos: una mirada a la realidad de mujeres y niñas

«Al menos la mitad de las personas encuestadas en Marruecos considera que la violencia contra las mujeres es un hecho banal que hay que soportar y tolerar «por el bien de la familia». Una paradoja cruel para las víctimas y los hijos» (ONU-Mujeres)

Karima Oudriss Campoy

Defensora de los Derechos Humanos

Diversas asociaciones marroquíes de defensa de las mujeres reciben más de 1000 casos nuevos anualmente, afirmando que, principalmente, los agresores son sus cónyuges e, incluso, en menor medida, excónyuges. Según el Observatorio de la Violencia contra las Mujeres, la violencia hacia éstas aumenta paulatinamente; sin embargo, estas situaciones son más denunciadas en el ámbito urbano que en el rural, donde se encuentra más presente la emoción de «vergüenza» en la víctima. En Marruecos solo el 6% de las mujeres víctimas de violencia de género ha denunciado a su agresor, mientras que en España, donde en teoría hay una mayor presencia de apoyos a mujeres víctimas de violencia de género, la cifra sigue siendo muy baja, posicionándose en un 25%. Sin embargo, el feminicidio se encuentra menos presente en la realidad de Marruecos que en la de países de América Latina a causa de la condena radical basada en los principios islámicos que señalan que los asesinatos de mujeres y niños, al considerarlos inferiores al hombre, son consecuencia de la falta de virilidad de éste.

La violencia contra las mujeres y niñas empleadas de hogar tiene también una gran presencia; como afirma Human Rights Watch, aproximadamente 66.000 niñas entre 6 y 15 años trabajan como empleadas de hogar, viviendo en condiciones de explotación y siendo víctimas de continuas violaciones o torturas por parte de los patrones.

La interacción social en Marruecos está condicionada, en todas sus expresiones, por la jerarquía de sexos, en cualquier ámbito, sea público (con la dominación de los espacios públicos) o privado.

En contextos más pobres, concretamente en zonas rurales, contra la normativa sigue existiendo el matrimonio infantil o “matrimonio de Fatiha”, en realidad una invisible compra de niñas a cambio de dinero por parte de varones de una edad considerablemente superior, lo que también evidencia la persistencia de la «virginidad» como exigencia social. Si la mujer no cumple este requisito pierde su valor en la sociedad, ya que el matrimonio y la familia es su fin último; el refrán «una cabeza con velo no es lo mismo que una cabeza sin velo»,  alude a que es precisamente el marido quien hace a la mujer respetable frente a la sociedad. Estas bodas unen a dos personas y a dos familias, lo que hace más difícil a la mujer la denuncia de su vulneración.

La educación juega un gran papel en esto. Desde los centros educativos, solo a las niñas se les viste con bata para tapar el desarrollo de su cuerpo y «evitar la tentación». La sexualización tan temprana de las niñas por parte de los hombres y, a la vez, el tabú del sexo impuesto en su vida, crea en ellas una indefensión aprendida ante las imposiciones del contexto. Es así como, consecuente con la cultura de la violación existente, la normativa no penaliza las violaciones dentro del matrimonio, ya que las entiende como el «deber conyugal», concibiendo al hombre como el dueño de los cuerpos de las mujeres, imponiendo su vestimenta y culpándolas si hay «consecuencias» como las violaciones en el caso de que no se sigan esas directrices.

Se considera necesaria la modificación de la legislación, pero la presencia de la religión en la normativa nacional implica un gran obstáculo en el avance de ésta, equivaliendo el cuestionamiento y la reforma de la normativa al cuestionamiento y la reforma del Corán. Se consigue en 2004 la modificación del mudawana (Código de Familia), que redefine las relaciones hombre-mujer ante la ley, confirmando su igualdad y favoreciendo la independencia de éstas (libertad de elección de pareja, viajar solas, adquisición de propiedad privada, divorcio, rechazo de la poligamia, etc.). Sin embargo, es a partir de la «primavera árabe» cuando se comienza a reivindicar abiertamente la igualdad social entre los sexos, y en 2018 se desarrolla la primera normativa protectora de mujeres víctimas de violencia, en la que se considera esta violencia independientemente de la esfera donde se produzca.

Existen algunas entidades y movimientos destinados a la lucha contra la violencia hacia las mujeres en Marruecos, como la Unión de Acción Feminista, pero, en este caso, vamos a destacar a un movimiento feminista que ha generado mucha polémica en el país: MALI, fundado por Betty Lachgar, es el único movimiento existente en Marruecos que supone una desobediencia civil y que, por lo tanto, a diferencia del resto que se consideran herencia colonialista, supone un colectivo avant-garde. En este caso, no queda más que aludir a las palabras de Betty Lachgar: «Para la sociedad civil nuestro movimiento es provocador, algo que en absoluto compartimos. Hablamos de derechos humanos y de libertades individuales y rompemos tabúes… A la vista de estos hechos no podemos esperar. No podemos trabajar con el relativismo cultural, amparándonos en las costumbres y en los hábitos de una sociedad, que es lo que muchos argumentan contra los avances». MALI es el único movimiento que lucha a favor de la libertad de aborto en Marruecos, donde éste se penaliza con prisión, salvo cuando el aborto es necesario por la salud de la madre o en casos de enfermedad o violaciones; en consecuencia, se generan cientos de abortos clandestinos diarios, con todas las consecuencias que de ellos se derivan.

Terminamos entendiendo necesaria la lucha contra estas vulneraciones de los Derechos Humanos, apoyando y favoreciendo la extensión de este tipo de movimientos que realmente rompen con los esquemas patriarcales establecidos, que se encuentran tan arraigados en las culturas actuales y suponen una evidente desigualdad en función del sexo.