La procesión va por dentro

Cuando estas líneas vean la luz, aunque hayan sido plasmadas en jornadas de Pasión, ya habrá finalizado la Semana Santa y estaremos en el llamado lunes de Pascua. Por culpa de la pandemia que nos invade, tampoco se han celebrado este año los desfiles procesionales que tanto arraigo tienen en nuestras ciudades. Tendremos que esperar otro año –como mínimo- para admirar esos pasos y, sobre todo, para asimilar en nuestro interior lo que representa cada escena. No obstante, que nadie se altere porque, aunque no me disgustaría, no es mi intención proponer una meditación religiosa. Para eso hay personas mejor preparadas que yo.

La referencia a la procesión es para aludir al segundo significado del dicho popular. Aunque nacido con ocasión de los desfiles que debían celebrarse en el interior de los templos cuando lo obligaban las condiciones atmosféricas, su segundo significado se refiere al estado anímico de la persona que, a pesar de estar pasando por una situación difícil, procura disimularlo a base de no exteriorizarlo.

Por unas u otras razones, la mayoría de españoles –afortunadamente, aún quedan personas que tienen muy claro para qué están en este mundo- puede afirmar que, a pesar de las apariencias, llevan la procesión por dentro. Poco importa el sexo, la edad, el grado de bienestar, el pensamiento político o el lugar de residencia. El denominador común, y primer culpable de esta situación, hay que encontrarlo en ese virus que ha cambiado nuestras vidas, para peor. No obstante, ese virus también ha servido de disculpa para que más de uno se aproveche y esconda en él sus verdaderas intenciones.

Y eso no quiere decir que antes de la pandemia la vida de los españoles fuera un dechado de alegría y bienestar. Al contrario, cuando la mayoría de naciones de la UE levantaban el vuelo en pujante recuperación, en España se establecía un gobierno con la etiqueta de progresista, pero con las hechuras de un social comunismo llegado para hacer realidad una revancha esperada durante 80 años. Lo que se presentaba como progresismo ha resultado ser sólo fachada. Sánchez se auto disculpa cargando a la derecha la responsabilidad de haber tenido que aliarse con la extrema izquierda por negarle un apoyo sin negociación ni contraprestaciones. Los resultados de semejante falacia no se han hecho esperar.

Varios son los frentes abiertos en la sociedad española por la especie de aquelarre de procesiones frustradas por toda la piel de toro. Todos los colectivos exhiben un talante y una verborrea que para nada se corresponden con sus sentimientos. Vayamos por partes.

El gobierno de Sánchez no tiene las cosas muy claras –en realidad, nunca las ha tenido. Su coalición con Podemos ha sido un fiasco. Los apoyos de la mayoría del arco parlamentario en los momentos iniciales de la legislatura sirvieron para confundir las aspiraciones de los fontaneros de la Moncloa. Pasada la primera euforia, los partidos que encumbraron a Sánchez ahora pasan su factura y Pablo Iglesias no admite ninguno de los intentos de rebajar las cláusulas firmadas a cambio de su apoyo. Unos y otros siguen en sus trece al tiempo que Bruselas vuelve a advertir que no está dispuesta a dar por buenos unos presupuestos cuadrados con medias verdades sacadas de una reforma laboral que tampoco responde a las recomendaciones exigidas. Está claro que las cosas no pintan bien, pero Sánchez no tira la toalla porque, en medio de tanta desdicha, aún le quedan dos clavos ardiendo a los que asirse: la constante mejora que vaticinan las encuestas de Tezanos y la clara división de los partidos a su derecha. En cuanto a lo primero, lanza el globo sonda de un pretendido adelanto de las elecciones generales y, con relación a lo segundo, queda un importantísimo cabo sin atar: el resultado de las autonómicas del 4-M. Ahí radica el mayor problema que oscurece el futuro de Sánchez. Si el recuento final concede la mayoría a los partidos conservadores, puede peligrar el andamio levantado por el CIS. Cualquier intento de adelantar las elecciones generales puede originar un nuevo corrimiento de fuerzas que haga peligrar la formación de otro gobierno Frankenstein. De momento, los socios de investidura ya han tumbado alguna de las iniciativas de Sánchez. Antes de abandonar escaño y cartera, Iglesias ha dejado muy clara su intención de no ceder a según qué acuerdos previamente convenidos.

Como puede comprobarse, en nuestra actual situación no hay una grave crisis económica ni hay empresas en bancarrota, tampoco es importante la cifra de parados ni la preocupante situación sanitaria. Ni que decir tiene que en Cataluña no existe peligro de un nuevo movimiento secesionista ni en el País Vasco tampoco se está denigrando a las víctimas del terrorismo, agrupando a sus verdugos cerca de casa en lo que es una vergonzosa bajada de pantalones. Nada de eso. Aquí, el peligro es Madrid y lo verdaderamente importante es echar a Ayuso.  Hay que poner toda la carne en el asador. Tan importante es la campaña de desprestigio a todo lo que se decide desde la antigua Real Casa de Correos que, de seguir así, están aupando a Isabel Díaz Ayuso a un nuevo mandato. Para atreverse a tan descarada caza de brujas, deben ser conscientes de que, en condiciones normales, lo tienen muy crudo. Por eso, asistiremos a situaciones falsas, tramposas y arteras en un intento de embaucar a los futuros votantes. El problema –perfectamente conocido por la izquierda- es que el ciudadano de Madrid ya no se deja engañar. Tiene muy claro el potencial económico de su Comunidad, conseguido con una política totalmente opuesta a la que preconiza la izquierda. Tan evidente es la ventaja que, cueste lo que cueste, el gobierno está empeñado en bajar los bríos a la molesta Ayuso a base de imponer medidas que desbaraten los logros conseguidos. Cuando el gobierno ve insuficientes para sus caprichos las constantes subidas de impuestos, no se puede tolerar que en Madrid se hable de bajarlos. ¡Hasta ahí podíamos llegar!

Del partido de Iglesias ya nos ocupamos la pasada semana. Sabe muy bien lo que le va en el envite y no ha dudado a la hora de abandonar su privilegiada situación para defender con uñas y dientes lo conseguido. Ha puesto la excedencia en la Moncloa porque sigue teniendo allí sus tentáculos. Si Sánchez quiere contar con su coalición, deberá acceder a medidas que nunca quiso exponer –aunque no le resultaran tan extrañas como se quiere dar a entender.

Con la actual composición del parlamento catalán, parecería lógico pensar en un fácil acuerdo que hiciera posible la constitución de nuevo gobierno. También aquí la procesión va por dentro. Los vencedores quieren gobernar a su manera. Son partidarios de la independencia, pero no olvidan que sus compañeros de pretensión acabaron en la cárcel por creer que todo el mundo clamaría por su libertad. Cuando han comprobado que las verdaderas democracias no comulgan con sus ideas, se niegan a las exigencias de la CUP y del prófugo Puigdemont. Lo verdaderamente peligroso será comprobar la actitud del gobierno de Sánchez ante un hipotético acuerdo final que diera lugar a una nueva declaración unilateral de independencia. Sánchez sí apoyó a Rajoy en 2017 en la aplicación del artº 155 de la CE ¿Ahora pensaría lo mismo pidiendo el apoyo de la derecha?

También los partidos de centro derecha saben que, para volver a gobernar, deben cambiar muchas cosas. Si existe alguna remota posibilidad, no será a base de hacerse la guerra mutuamente. Hay que comenzar tratando de convencer a quienes optan por la abstención. A pesar de algunos cantos de sirena, aquí también hay procesiones que van por dentro.

Vemos, pues, que nadie se muestra tal como es. Si los políticos van a su bola, somos los votantes quienes debemos “procesionar” con todas las consecuencias. Nuestra primera obligación democrática es acudir a las urnas. Cuanto más pequeña es la abstención, mayor es la legalidad del resultado.