Resurrección

Algún pensador contemporáneo ha llegado a decir que el ser humano, que el hombre es un ser para la muerte. Sí, lo dijo el que acaso sea el gran pensador contemporáneo, según no pocos: el existencialista alemán Martin Heidegger, que, por otro lado, tiene un pensamiento fascinante.

            A partir de esa perspectiva inquietante, cuando el ser humano toma conciencia de ella, ya desde la antigüedad, elucubra en torno el concepto de permanencia de la vida. Y también sobré qué estrategias pueden desarrollarse para derrotar a la muerte.

            En las religiones ya antiguas del Oriente Próximo y de Egipto y del mundo semítico y del mundo clásico, precisamente comienza a ponerse en pie, de distintos modos y a partir de distintos presupuestos, el concepto de resurrección, que es un concepto religioso, pero que también tiene derivas antropológicas.

            Y es que, por ejemplo, en la perspectiva del cereal –siembra, oscuridad de la tierra, germinación de la planta hacia la luz, madurez y recolección o cosecha–, ya está implícita, de alguna forma, la lógica de muerte y resurrección. No en vano, es la espiga el emblema de los misterios de Eleusis en la antigua Grecia; y, en el cristianismo, tras la última cena y debido a la transubstanciación, el pan se convierte en el cuerpo de Cristo y el vino en su sangre.

            A través del Mediterráneo, nos llega a Occidente todo ese acarreo cultural, ritual, religioso, marcado por una serie de creencias que nos traen el concepto de resurrección. Porque –como dijera ese gran escritor abulense que era José Jiménez Lozano, a quien debiéramos leer más de lo que lo hacemos–, si Él no hubiera resucitado, qué sentido tendríamos todos nosotros; existiríamos en el sinsentido y en el absurdo, que es el territorio que parece estar habitando el ser humano en la contemporaneidad, en sociedades marcadas por lógicas tan deshumanizadas como las del beneficio, el provecho, el propio interés…, tan alejadas de la fraternidad.

            León Tolstoi –ese gran escritor ruso, que viviera de modo tan recio un cristianismo tan personal; al que nos gusta asociar, no sabemos por qué, con nuestro Miguel de Unamuno– dio el título de ‘Resurrección’ a una de sus últimas novelas, en las que se advierte esa necesidad de cultivar un cierto vigor de la vida del espíritu, para no caer en ese sinsentido del que venimos hablando.

            Todas las antiguas religiones del Oriente Próximo, el antiguo Egipto, el semitismo y aun el mundo clásico en algunas de sus manifestaciones nos han aportado ese concepto de resurrección, ritualizado y creído de distintos modos. A nosotros nos ha llegado, sobre todo, a través del cristianismo.

            Porque, en el paso del invierno a la primavera, sentimientos como los de deshacerse del tiempo viejo y caduco, de la renovación del tiempo, resurgimiento del amor, de las plantas, de la vida en general…, siguen ahí. Y los celebramos y ritualizamos de muy diversos modos.

Porque, en el fondo, necesitamos creer en la resurrección; tal es la perspectiva tan tormentosa de la muerte, que nunca deja de acecharnos.