El nombre de las cosas

“...esta guerra civil en que se han metido los nombres y en la que cada facción reivindica para sí el privilegio de ser semejante a la verdad.” PLATÓN, Crátilo (386 a.C.)

Una de las últimas “adaptaciones” legislativas del gobierno británico tras el Brexit, ha sido la sustitución del programa ‘Erasmus’ por un programa propio  que denominan ‘Turing’ y que consiste, en esencia, en seguir conservando la regulación académica de estancias de universitarios en otros países, con lo que el cambio parece ser poco más que el nombre del programa. Y es de lamentar que esa inveterada costumbre de cambiar porque sí el nombre de las cosas, aunque las cosas sigan siendo iguales, se convierta en declaración de intenciones políticas, insulto o ajuste de cuentas. O, también, en una muestra inocultable de presunción, ignorancia y desprecio a la historia y a la inteligencia.

Más allá de la justa restitución que debe hacerse del nombre propio, si es que lo tienen, arrebatado a las cosas y a los lugares por la imposición o por la fuerza, ese cambio constante, gratuito, barato y caprichoso en la denominación, obedece normalmente a un mezquino ejercicio de la política, sectario, ridículamente paternalista o, peor, un intento de apropiación ideológica (Erasmo de Rotterdam despreciaría por artificiales y pretenciosos a la mayor parte de los gobernantes europeos de hoy, que manosean su nombre, y el nombre de Alan Turing todavía espera el reconocimiento sincero y no la superficialidad del cartelón, ya que fue perseguido hasta el final de su vida por el Estado de su propio país, el Reino Unido).

Así que hablemos del valor de los nombres. No casualmente, suelen ser los dirigentes con menor capacidad y talla política, extremistas, fanáticos y superficiales, y dictadores, los más proclives a imponer nuevos nombres a las cosas, con la fútil intención de apropiárselas .Después de la guerra civil española, las principales calles y plazas de las ciudades de este país pasaron a tener el nombre del dictador, el de destacados fascistas de la Falange, los de santos y mártires de la llamada ‘Cruzada’, o el de militares golpistas, colaboracionistas o personajes cómplices. Las eliminaciones de las antiguas denominaciones no lo fueron solo sobre el nombre de políticos republicanos o demócratas reconocidos, sino de científicos, pensadores, humanistas e intelectuales a los que la saña franquista quiso llevar –y llevó no solo eliminando su nombre de una esquina, sino a veces su vida en paredones y su memoria de la gente- al cajón del olvido.

Sin alcanzar, por el momento, los radicales cambios que basados en las creencias y las ideologías se produjeron y siguen produciéndose en el mundo con no solo el cambio de nombre sino la eliminación de monumentos, referencias y lugares históricos en todo el mundo y toda época (la destrucción de los ídolos de Acuzamil por Hernán Cortés, la voladura de los budas de Bamiyan por los talibanes...), los nuevos usos de la política de vía estrecha que se extiende en el mundo y que, especialmente en España alcanza los más ínfimos niveles de la historia reciente, han impuesto una suerte de juego de compensaciones, en el que el poderoso, incluso en los más bajos niveles de la administración pública, ejerce de cartelista o grafitero,  cambiando el nombre de calles, eliminando inscripciones o reconocimientos, derribando murales o tergiversando el sentido de las palabras.

La memoria de los pueblos se nutre de los referentes de su historia asumida, vivida con libertad y no impuesta. Llenar los ámbitos de convivencia de nombres, estatuas, templos y referencias ideológicas, provoca el inevitable efecto de rebote cuando la imposición termina o es sustituida por otra, con lo que es imposible dar fin a las vacías dinámicas del cambio, a la pulsión del borrado, el ánimo de sustitución, los planes de reorientación, el ansia de levantamiento o la necesidad de eliminación. Los nombres de las cosas deben partir de su naturaleza y del reconocimiento natural, valga la redundancia, de esa naturaleza.  Las cosas tienen nombre por lo que son. Nombrarlas al albur del viento que nos despeina  es solo egocentrismo, codicia mental, capricho, vana presunción.