Ser mujer. María Zambrano

En las semanas anteriores hemos recordado la Grecia Clásica, paseado por la Venecia del siglo XIV y la Inglaterra de principios del XIX, también por Francia y los Estados Unidos. Después de este viaje que mejor manera de poner fin al brevísimo y sentido homenaje a algunas de las muchas pensadoras injustamente arrinconadas por la historia de la filosofía, que recalar en nuestro país, más concretamente en Vélez-Málaga, lugar en que un 22 de abril de 1904 nació Maria Zambrano

Hija y nieta de maestros, tuvo siempre una salud delicada que le dio más de un susto, pero ello no le impidió estudiar el bachillerato en Segovia y doctorarse en la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid. En ella, fue alumna de profesores tan reputados como Besteiro, Cossío y Xavier Zubiri, del que fue nombrada en 1931, profesora auxiliar de la cátedra de Historia de la Filosofía.

En la Puerta del Sol asistió, en riguroso directo, a la proclamación de la Segunda República el 14 de abril de 1931, pero rechazó la oferta del Partido Socialista para ser candidata a las Cortes. Ocho años después viajara a Francia y después a México donde será nombrada profesora en la Universidad de Michoacana. Allí publicará algunas de sus obras más conocidas, Pensamiento y poesía en la vida española y Filosofía y poesía.

Zambrano no creyó en los grandes y complejos sistemas filosóficos, trufados de enrevesados razonamientos e infinitos argumentos, su filosofía se suspende en lo cotidiano, en la disposición al descubrimiento que debe estar presenta en todo ser humano cuando se pregunta por algo. La esencia de nuestra actividad humana es abrir caminos para después transitarlos, descubrir horizontes para dirigir nuestros pasos hacia ellos.

Practicó, según decía ella, una filosofía con minúsculas, pero para la Historia dejo la suya escrita con mayúsculas. El ensayo fue su estilo preferido, y a ser posible breves, para que así fueran dos veces bueno. Sus textos siempre quedan abiertos dejando que el lector, si lo deseaba, los cierre con sus propias conclusiones. Esta peculiar forma de entender la filosofía junto a un lenguaje sencillo y creativo, constituyen lo que llamaba su método.

¿Qué es el ser humano? ¿Cuál es su problema fundamental? Para tratar estos temas tan complejos Maria Zambrano cree que el lenguaje filosófico es insuficiente y por tanto debe completarse con el lenguaje poético, con la razón poética. Porque la razón, por sí sola, no es capaz de explicar los sentimientos, las pasiones, las angustias, las esperanzas o los miedos. Si la filosofía nos ayuda a plantea preguntas, la razón poética es capaz de sugerir respuestas. Si la filosofía mira a su alrededor, la poesía debe mirar hacia dentro de uno mismo. Es el conjunto – lo de fuera y lo de dentro – lo que nos hacen seres completos. Y por eso, su razón poética trata de penetrar en todo aquello que está, que vive, debajo del alma. Razón y corazón caminan juntos en su pensamiento.

Desde su filosofía con minúsculas, criticó con dureza los movimientos fascistas o autoritarios: Si se hubiera de definir la democracia podría hacerse diciendo que es la sociedad en la cual no sólo es permitido, sino exigido, el ser persona.

Tras 45 años de exilio, regreso a su país donde, esta vez sí, fue reconocida como la gran filosofa, intelectual y ensayista que era. Recibió en los años 80, cuando ya contaba más 77 años, los dos máximos premios literarios que se conceden en España, el Príncipe de Asturias (1981) y el Cervantes (1988). Cuando los recogió, seguro que en su recuerdo estaban todas aquellas que la había precedido siglos antes.

La escritora y psicoanalista rusa Lou Andreas-Salomé, afirmaba: No puedo vivir conforme a ejemplos ni voy a representar jamás un ejemplo para nadie, pero en cambio voy a darle forma a mi propia vida de acuerdo conmigo misma.

No cabe duda que Maria Zambrano siempre estuvo de acuerdo con ella misma, algo que no todos podemos decir.

Falleció con 87 años y fue enterrada en su ciudad natal.