En la calle de la amargura

Aquí ya no hay historia ni siquiera leyenda;

sólo tiempo hecho canto

y la luz que abre los brazos recién crucificada

bajo ese cielo siempre en mediodía.

CLAUDIO RODRÍGUEZ

 

“Amo tanto al prójimo, porque amo en cada persona un poco de ti, Dios. Te busco por todas partes en los seres humanos, y a menudo encuentro un trozo de ti. Intento desenterrarte de los corazones de los demás”.

ETTY HILLESUM

Cruzado el pórtico de la Semana Santa, con la bendición y la procesión de las palmas, recordando la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Estamos a las puertas del Triduo Pascual, con sus tres miradas: el amor, la muerte y la vida. Nosotros seguimos en el camino de la cruz, acompañando al pueblo en su liturgia popular, en esa vía dolorosa o calle de la amargura que nos lleva hasta el calvario, pero queriendo retornar a la esperanza y la vida, ellas son los primeros testigos de la resurrección.  Solo el evangelista Lucas nos cuenta la presencia femenina en ese camino: Le seguía una multitud de gente del pueblo junto con numerosas mujeres que lloraban y se lamentaban por él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: “Mujeres de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras mismas y por vuestros hijos”. …  (Lc 23, 27 – 29). Jesús pensaba más en aquellas mujeres que en su propio sufrimiento.

En el corazón del pueblo de Jerusalén, solo unas mujeres conservaban viva la compasión de un condenado a muerte, sabiendo compartir la calle de la amargura con los demás y acompañar su sufrimiento. Las mujeres salieron a la calle acompañando con sus llantos y lamentos en el camino doloroso e incomprensible de la cruz. No, no era un criminal cualquiera, gritaban las lágrimas estremecidas. Los que cuelgan de un madero no tienen honor, son malditos. A pesar de la prohibición de la ley judía por los condenados, la condena a cruz no era para despertar compasión. No les importó las tradiciones, ¿qué pecado tenía Jesús, no había pasado haciendo el bien, curando enfermos y limpiando leprosos? No, Él era inocente, fue el precio de su disidencia, de su amor y su misericordia, de vivir lo que anunciaba, de anunciar un Reino incomprendido.

La misión del cristiano es acompañar al que sufre. Lloramos con él para superar la soledad y la intemperie del sufrimiento. Una de las grandes miserias de la condición humana es no encontrar quién nos consuele en la desolación. Bienaventurados los que lloran porque serán consolados. El dolor compartido es dolor superado, porque aproxima los corazones y en el corazón de lo imposible surge la esperanza. Es la falta de solidaridad la que hace que el sufrimiento sea inhumano y separe unos a de otros. Jesús siente que no está solo, acompañar es amar, nunca unas lágrimas han estado tan justificadas. No podemos permanecer indiferentes ante el sufrimiento de Jesús en el hermano.

Las mujeres de Jerusalén personifican a muchas mujeres de antes, hoy y después que siguen en la calle de la amargura, las que lloran por ellas y por sus hijos. Lágrimas de tantos hombres y mujeres afligidos, desesperados, no amados. Torrentes de sollozos, que no pueden contener las aguas, ni la vida. Lágrimas de los que no se sienten acogidos como tantos inmigrantes y refugiados, acosados por las olas embravecidas de la pobreza y la injusticia. No era el llanto de las mujeres histéricas por el fanatismo, son los sollozos por la muerte injusta del maestro, el rey, el profeta no descubierto. Son los gritos de las víctimas de cualquier época, de cualquier lugar, que están llamadas a compartir la suerte de las gentes del Viernes Santo, de los pobres, de los crucificados.

Ayer como hoy, se sigue escuchando el eterno llanto de la mujer en cualquier calle de Jerusalén, de Afganistán, de África, de América o de Europa.

Es un llanto por la injusticia y la discriminación.

Es un llanto por la pobreza, el hambre, la enfermedad y la muerte.

Es un llanto por el desempleo y la falta de oportunidades.

Es un llanto por la enfermedad, la pandemia y la desolación.

Es un llanto por la lapidación y la violencia.

Es un llanto por la soledad de tantas mujeres abandonadas y olvidadas.

Es un llanto por la excesiva carga doméstica y el poco peso que la mujer tiene en las decisiones de la familia y la sociedad.

Es un llanto por el abandono, maltrato y asesinato de muchas niñas.

Es un llanto contra la explotación sexual de muchas mujeres y niñas.

Es un llanto por la poca representación de la mujer, en muchos gobiernos, instituciones, e incluso en nuestra propia Iglesia.

El llanto de muchas mujeres contra las injusticias ha provocado que muchas de ellas, sean condenadas al aislamiento, al sufrimiento, incluso a la muerte. Pero son ellas, muchas desconocidas, las que sacan proyectos sociales y sostienen a las familias en África, Asia y Latinoamérica. A veces, muchas mujeres van más allá del cuidado, en un compromiso de resistencia a la opresión en favor de la dignidad humana.

Muchas mujeres misericordiosas, fieles seguidoras en el gozo, en el llanto y en la muerte, mantienen la esperanza en la misión de Jesús. Muchas de ellas mujeres misioneras, monjas o laicas, en África, en Asia o América, que anuncian no sólo con la palabra, sino con su presencia y desvelo junto a los más pobres, incluso en los momentos de tribulación y guerra. Estas mujeres se quedan junto a los que las necesitan cuando todos se marchan.

Con su corazón amoroso, muchas mujeres, madres, hijas, hermanas, esposas, saben llegar a la verdad sin someterla. Con su corazón de carne para los más necesitados, saben curar las heridas de los que se encuentran tendidos en las cunetas. Lo que es más importante, saben interiorizar el sufrimiento ajeno, lo que las lleva a actuar, de curar allí donde estén, en “bajar de la cruz” a los más necesitados y, sobre todo, a poner al servicio de la justicia su labor amorosa.

Ningún lugar, ninguna persona o ningún colectivo puede ser indiferente, ya que nada es indiferente para Dios. Para ello debemos buscar los caminos para llevar siempre la palabra transformadora, denunciando las injusticias y sus causas y anunciando la liberación de Dios.  Dios actúa en nuestro mundo, pero necesita nuestras manos. El creyente que vive en verdad, debe desplegar un grito desde la humanidad de Dios, un Dios con nosotros, que no quiere ser en las desigualdades, en las lágrimas y en el sufrimiento, sino en el amor y la justicia.