Oh tempora, oh mores!

Mi padre no deja de observar la calle sorprendido por su diversidad y enfadado por su prisa.

-En este barrio no hay más que viejos.

Habló el jovencito Frankestein, y cuando le digo que dé gracias por ser independiente, ir sin bastón y con capacidad de enfado, se hace el sordo. La sordera selectiva debe ser una virtud de familia, que no un defecto. Oímos lo que queremos.

-Y en el tuyo no hay más que perros.

Cierto, en mi barrio hay más niños, más autobuses, más movimiento a las siete de la mañana, más perros, más vida laboral. Esto pasa por habitar la periferia. A mi padre, que me invita a un vino, le sigue gustando el periódico en la barra del bar, el café en taza, el chato antes de comer y el pincho que le quita el apetito. Cuando toca dentro, mejor, cuando toca fuera, el dueño y él se preguntan por la pandemia haciendo el repaso de los ausentes, los enfermos, los muertos, los caídos en una guerra incomprensible. Y bien cerca, atruena el tráfico en la calle.

-Van como locos.

En un paso de cebra, una furgoneta de reparto a poco nos arrolla. La prisa, la vida moderna con sus teléfonos ignotos, sus bancos de tarjeta, sus ordenadores, va demasiado rápido y es un arcano diario con el que no quiere luchar. Me deja a mí los trámites, vencido de antemano, sabiendo bien cuando recular. Para nuestros mayores, nuestros heroicos, nuestros sabios mayores, este cambio frenético es un muro que les aísla y les hace depender de la amabilidad de los otros, de la bondad de los extraños. Al sol de marzo, en los bancos y los parques, hombres y mujeres que todo lo sabían y que vivieron con trabajo la historia reciente, contemplan el paso de los días con distancia y tristeza, incapaces de subirse a un tren que circula excesivamente rápido.

-Para lo que queda uno. A ver obras y a darle de comer a los patos.

Mi padre iba de caza y en alguna ocasión propia de Delibes mataron algún pato que acabó en el taxidermista del horror en aquellos tiempos de trofeos infames. Y para obras, las que él pagó, supervisó y de las que participó con toda la fuerza de una madurez que trazaba planes y no derrotas cotidianas, esas que a sus ojos son una ignominia tal como coger un autobús urbano o pedirles un trámite a los hijos. Cuando Miguel Deliibes soltó la escopeta, como mi padre, sintió que una parte de sí mismo claudicaba, aquella de gorra de cuadros, chaquetón tieso de sangre seca, cartucheras de cuero suave y botas de campo. Kilómetros tras la perdiz, la tórtola, la liebre y los conejos. Un tiempo de domingos madrugadores y fríos alrededor de la lumbre del almuerzo.

-En este barrio no hay más que viejos.

Y el señor, siempre presto, abre la cartera, paga el vino, se ajusta la gorra y me deja pasar por la puerta. En la calle, luminoso como un día de sol, un diminuto niño rubio choca contra su pierna enfundada en los pantalones de pana. Tras él, la madre se disculpa, hermosa, luminosa… y le alegra el día al señor no con su aire de garza, sino con su polluelo tambaleante.

-Mira el rapaz, como se tiene tieso…

Y eso que en este barrio suyo, no hay más que viejos.

 

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.