Homo exhibere

“El espectáculo se ha convertido en el valor de nuestra época. Ya no hay valores, nadie sabe qué cosa es buena, qué cosa es mala, qué cosa es bella, qué cosa es fea. Vivimos en una de las épocas más confusas de la historia”

Mario Vargas Llosa

 

Las reflexiones plasmadas por el filósofo Guy Debord (1967) en su obra La sociedad del espectáculo han alcanzado un nivel de realidad insospechable en su época. La denominada “Era de la información” –o de la desinformación, en atención a la gran cantidad de reproducción de esta y su alojamiento en formato digital– se ha convertido en la “Era del exhibicionismo”. Las redes sociales cibernéticas han extinguido la vida íntima del ser humano. Mientras que en el pasado la ausencia de una vida íntima era característica de las clases más bajas, impuesta por las condiciones de la esclavitud, en nuestros días se ha convertido en una muestra de altura social. Las evidencias son cuantiosas y diversas. A menudo asistimos a actos y eventos únicos o privilegiados por su valor artístico, emocional, etc. y –lejos de disfrutar de estas experiencias en directo– nos obcecamos en lograr una buena instantánea o un vídeo con gran resolución, degradando la vivencia a la óptica de la pantalla de un dispositivo. Hemos reubicado el foco de la experiencia en la exhibición. No importa qué somos, dónde estamos o cuánto hacemos si no podemos mostrarlo al mundo. El cambio expuesto por Hannah Arendt (1969) en su libro La condición humana, en el que argumenta con gran lucidez la transformación de la “vita contemplativa” en “vita activa” y proclama la victoria del “homo faber”, ha derivado en el alzamiento del homo exhibere.

La citada dimensión del ser humano, erigida gracias a la sobreexposición de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación sobre las viejas relaciones sociales, ha dado lugar a una sociedad basada en lo visual. La vista se ha convertido en el sentido estrella dentro de las dinámicas del “postureo”. La esencia no es la realidad de la ilustración sino su fachada. Un frontispicio alterado por el uso de filtros y otros tratamientos de imagen cuyo trasfondo –oculto a simple vista– carece de relevancia. Los referentes sociales, alejados de la intelectualidad, no son los mejores hacedores –ni en lo cualitativo ni en lo cuantitativo– sino quienes son capaces de mostrarlo de un modo más atractivo y con mayor potencial de alcance.

Por otra parte, la conversión en una sociedad exhibicionista de éxito demuestra la existencia de una parte voyerista, albergada –en función de la plataforma– bajo la etiqueta de seguidores, amigos... Un disfrute con la admiración de conductas pueriles, repletas de banalidad y cada vez más fugaces.

Todo ello revierte en individuos que pueden terminar caminando por calles con excelsas fachadas apuntaladas carentes de un interior habitable, como quien habita sobre un escenario rodeado por un decorado teatral. Un mundo que proyecta el éxito como algo consustancial al ser humano, sin dejar hueco para los fracasos o las arrugas del tiempo. Una sociedad enferma en la que no importa lo que se escucha, lo que se toca, lo que se degusta o lo que se huele, solo lo que se percibe a través de la vista.