Los ritos de los ramos

El ser humano celebra y realiza periódicamente distintos tipos de ritos, con el fin de encontrar su sentido –como individuo y colectividad– en el mundo, así como de configurar un cosmos, un espacio social, en el que su vida pueda transcurrir del modo más armonioso posible.

            No pocos de estos ritos –en una sociedad como la nuestra– están cristianizados, ya desde los tiempos medievales en que el cristianismo se asentara en toda Europa y en la Península Ibérica. Otros, por el contrario, tienen un carácter sincrético, en el que lo sagrado y lo profano se entremezclan. Y no faltan, en fin, otros que, de un modo u otro, constituyen pervivencias de antiguos ritos precristianos.

            Porque todas las sociedades han de apoyar su existir en las ritualidades. Tales prácticas tratan de asegurar o más bien propiciar la salud, la renovación del tiempo, la fecundidad y fertilidad de la vida y de los ámbitos humanos, animal y vegetal, la cohesión de la familia… y otros varios objetivos.

            Ahora, en este tránsito del invierno a la primavera, en estos inicios de la estación primaveral, a la que se le ha dado el nombre de estación del amor, hay una serie de ritos que tienen al ramo por protagonista. El ramo (a veces, en sentido literal, pero otras árbol) tiene un gran protagonismo en nuestras sociedades –en las urbanas, en parte, se ha perdido; las campesinas tradicionales lo mantenían de modo más constante–, desde el Domingo de Ramos hasta la celebración del solsticio de verano, cristianizado en la fiesta del nacimiento de San Juan Bautista.

            El ramo que se lleva a bendecir el Domingo de Ramos –ya sea de laurel, de olivo, de palma o de otro tipo de árbol o arbusto–, en conmemoración de la entrada de Cristo en Jerusalén, camino de su pasión, muerte y resurrección –que son los misterios que en esta semana conmemoramos–, han estado vinculados, en las sociedades campesinas, a creencias en torno a la protección de la casa en que el ramo se coloca, una vez bendecido, frente a demonios, brujas, incendios, robos… y otros males que puedan amenazarla.

            Luego, a lo largo de toda la primavera, pero con fijación sobre todo en las fechas solsticiales de San Juan, estaban los ramos que los mozos ponían a las mozas en las ventanas y balcones de sus casas; en especial, los novios a las novias. Son ramos del amor, que tienen no pocas particularidades y expresiones, según el pueblo o la comarca en que se realicen.

            Y no faltan –ya en un sentido más amplio– el árbol de mayo (en la provincia de Zamora, nos los podemos encontrar en no pocos pueblos) y el árbol de San Juan o ‘sanjuán’, que tienen significaciones propiciatorias del amor y de la vida, de las cosechas y de la abundancia, de la germinación y del logro de las cosechas, y otras por el estilo.

            Los ritos de los ramos hoy nos suelen pasar desapercibidos. Porque nuestras sociedades se han vulgarizado y se han vuelto pragmáticas y hedonistas. Pero forman parte de nuestra cultura y son ritos muy hermosos, a poco que nos fijemos en ellos.