Vida del gran poeta y escritor Víctor Hugo

Prestigio y olvido. A los veinticinco años, Víctor Hugo (1802-1885) se había procurado una reputación sólida de poeta romántico. Esa fama se la debía, en parte, a Sainte-Beuve (1804-1869), quien publicó en Le Globe un largo ensayo sobre Odas y baladas. Así se hicieron amigos el poeta más descomunal de toda Francia y el crítico más ambicioso de París. Sus vidas cruzadas no excluyen las traiciones sin perdón y la admiración recíproca, los amores desaforados y las promesas mortales de venganza. En ese tiempo Hugo llevaba cinco años de casado y había instalado su vida en la felicidad de Adèle y sus cinco hijos. Pero había otro prestigio que Víctor Hugo se había agenciado y que lo seguiría con su cauda de pasiones resueltas en los amores prohibidos de las alcobas de cortesanas, actrices y modistas que habitaban su vida con el escándalo del secreto y los juramentos incumplidos. Muy pocos sabían que en la casa de los Hugo había más secretos. Por las noches, cuando el poeta descansaba después de inventar algunos de los más de doscientos cincuenta mil versos que puso en extensos poemas, la señora Hugo se escapaba al bosque de Roches para encontrarse con el amor de su vida, Charles Augustine Sainte-Beuve. Así perdió Víctor Hugo a Adèle, y así la ganó Sainte-Beuve.
En 1831, Hugo escribió Hojas de otoño; los poemas son mucho mejores si se leen bajo la sombra de ese episodio de amor desdichado. Por su parte, Sainte-Beuve escribió en 1839 la novela Volupté, un mosaico de la psicología moral de aquel tiempo y una trama en clave de sus amores con Adéle. Dos años antes, en 1837, Sainte-Beuve supo que no se hacen huesos viejos en la provincia de los amores robados y terminó para siempre con Adèle. En su Livre d'Amour escribió: "Laissez moi, tout a fui." (Déjenme, todo se ha ido). Encontró a muchas suplentes de Adèle y, al uso de la época, como su viejo amigo Hugo, se refugió en el placer rápido de los amores pagados. "Amar, necesidad de amor y amistad, ése es el fondo de mi vida".

La trama de esta amistad irreparable es también un episodio de intriga y desdén, de celos y envidia como sólo pueden crearlos las vanidades desatadas de la vida literaria, esa variante envenenada del prestigio y el olvido. Hay algo del duelo de Valjean con el oficial de policía Javert, los personajes de Los miserables, en las asechanzas de Víctor Hugo y Sainte Beuve. Hugo ingresó a la Academia Francesa en 1841; cuatro años más tarde Sainte Beuve fue aceptado en la Academia. A Hugo le tocó recibirlo. En 1850 murió Balzac, Sainte-Beuve y Hugo llevaron las cintas del féretro. En el año de 1833, tres después de que el crítico le robara a Adèle, Hugo se curó en el incendio de la actriz Juliette Drouet, "en sus duros pechos bretones" y de la rutina de ese amor tranquilo en una tempestad con la pintora Auguste Biard. Sólo el destierro político fue capaz de apaciguar su furia amorosa. En la soledad de Guernsey, Hugo escribió sus obras centrales: Los castigos, Las contemplaciones, El fin de Satán, Los miserables. Hugo se había convertido en una zona magnética de la cultura y la política francesas, el origen o el canon de todos los poetas simbolistas; José Joaquín Blanco ha escrito: "La abundancia, la desmesura, la oratoria, la ampulosidad, la exageración, la indiscriminada variedad de asuntos, el aliento cívico; las libertades, los prosaísmos y el desparpajo artísticos; la autopromoción del ego poderoso, la convocatoria a la popularidad, los escandalizaban. Pero siempre existieron puntos de unión". (Pastor y Ninfa, Cal y Arena, 1998).

Mientras tanto, Sainte-Beuve ya era el crítico francés más reconocido de su tiempo. Más que el método biográfico con el que ha llegado hasta nosotros, Sainte-Beuve había descubierto la esencia del gusto de un crítico, una materia muchas veces contradictoria que incluye lecturas sin fin, sensibilidad, temperamento, no pocas veces rencillas culturales y, sobre todo, una forma expresiva para organizarlas y devolvérselas al lector sin mezquindad. A fin de cuentas, el gusto literario es el gusto más impuro que se conoce, alberga en su corazón amores y odios desatinados. Ése era el gran desafío de los Retratos Literarios (Robert Laffont, París, 1993), el sustrato de sus ensayos sobre Racine, Corneille, Molière o La Bruyère. Theodor Zelding escribió de Sainte Beuve: "Su vida ilustra la forma en que los románticos iban de credo en credo para forjar su individualidad. En su juventud fue discípulo de los Ideólogos, estudiante de medicina y adversario del romanticismo. Sin embargo fue atraído por el encanto de Víctor Hugo, quien fue su gran amigo".

Pero nadie es perfecto, aquel constructor riguroso de biografías, cazador de caracteres y fisonomías escribió esto: "Conozco bien al señor Beyle (Stendhal), y no me va a hacer creer que ese bromista ha escrito una obra maestra". Es probable que Sainte-Beuve pensara en La cartuja de Parma. Unos años antes de morir declaró en las páginas de Le Siècle: "Evita la vanidad y hasta la sombra de cualquier charlatanería  y si no escribes la verdad, no escribas mentiras