¡Se abre el telón!

Estaba allí, aislándose del mundo a pesar de la algarabía que predominaba alrededor.

Entrar en aquel espacio siempre le producía una sensación maravillosa. Desde muy joven, le gustaba sentarse en la butaca y desconectarse de todo. Cogía la postura que le parecía más cómoda y dejaba de escuchar cualquier sonido, incluso las habituales toses del inicio. Esperaba ansiosa esos segundos en los que el telón de descorría y entonces pensaba: “Estoy aquí, sola. Todos ellos van a actuar para mí”. Así, empezaba a mirar el escenario, se fijaba en cada objeto del atrezzo, y comenzaba a disfrutar de las voces impostadas de los actores, de su vestuario, de la expresión de sus rostros, de su forma impecable de declamar, de los textos que interpretaban, de los personajes, del mensaje del autor… Preparada, mentalmente, para que allí únicamente existiera lo que ocurría en el escenario: todo para ella. Cada frase le producía un estruendo de emociones, su cerebro vibraba al unísono, su alma recogía todo aquel néctar, excelso, que allí libaba… Al final de la magistral representación iniciaba sus aplausos, que seguían cada vez con más fuerza y le impulsaban a ponerse de pie, a gritar bravo, a sacar todo lo vivido, a agradecer aquella intensidad que tañía todos sus sentidos como un mágico violinista saca sus mejores notas acariciando, con el arco, su violín.

Al cerrarse el telón, todo lo visto reverberaba en ella durante días, era sano alimento, y producía miles de reflexiones en cascada. Su mente sacaba conclusiones, comprendía mensajes… Aquello le hacía crecer infinitamente.

Ese ciclo se repetía cada vez que entraba en un teatro. Nada más pisar la primera baldosa, al atravesar las puertas, algo la llevaba en volandas hasta su asiento. Su respiración se aceleraba. Y parecía no volver a pisar la tierra hasta días después.

Hoy entra, como de puntillas, por la puerta de atrás, una hora antes de la representación. Sube unas escaleritas, bastante prosaicas, que conducen por unos pasillos hasta lo que, algunos, llaman camerinos, pensando qué distintas son, las paredes y suelos por las que atraviesa, de las que ven y recorren los espectadores. Allí comienza el movimiento: alguien haciendo estiramientos para preparar los músculos del cuerpo, otros canturreando, elevando y bajando de tono para calentar las cuerdas vocales; algunos aprovechando que están libres los espejos para comenzar con la crema base que soporte el maquillaje, marcando mucho con perfilador las negras líneas de los ojos, exagerando facciones para que se vean desde cualquier localidad, sea platea o gallinero y, quienes hacen papeles de ancianos, pasándose los polvos de talco para impregnarse el pelo.

Entre bambalinas, los tramoyistas dan los últimos toques entre la maquinaria y ese intrincado laberinto de cables y contrapesos. En la tarima del escenario, esperan las marcas de cinta aislante que señalan los sitios en que deben situarse los actores en las principales escenas.

Ella, se sumerge en su silencio interior, que le permite ir abandonándose como persona. Cada prenda que se pone la viste por dentro de su personaje, y va recitando para sí las frases fundamentales que lo definen. Ya no existen ruidos, ha cesado el bullicio en esa parte, y va subiendo, al otro lado del telón, el murmullo de los espectadores, las infinitas toses, los carraspeos…

En ese momento siempre piensa en Tespis, padre del teatro, en el siglo VI a. C., vagando con su carro. Ella imagina que le mira a la cara y le dice: -Vaya, ¡bien que me has liado en esta afición! –Sonríe.

En su pecho su corazón galopa. En su estómago revolotean miles de mariposas, ¡qué nervios!… Ya se lo sabe, y también cómo domarlas en cuanto escuche las palabras mágicas.

-¡Se abre el telón!

En 1961 fue declarado el 27 de Marzo como Día Mundial del Teatro.