Ser mujer. Harriet Hardy

Simone de Beauvoir, con la que terminábamos la semana pasada, afirmaba que “El problema de la mujer siempre ha sido un problema de hombres” y así lo entendió el segundo marido de nuestra protagonista de hoy.

Harriet Hardy, más conocida como Harriet Taylor Mill, nació en Londres en 1807. Dado el autoritarismo de su padre, con apenas 19 años aceptó casarse con John Taylor, un conocido hombre de negocios con el que tuvo 2 hijos. Su esposo, con el que mantenía escasa relación desde hacía tiempo, falleció de cáncer. Y dos años después, contrajo matrimonio con el filósofo utilitarista[1], político y economista Jhon Stuart Mill, con el que mantenía una larga relación de afecto muy criticada por la sociedad londinense y que su anterior esposo nunca vio bien.

Fue una mujer de fuerte carácter y sólidas convicciones. Aunque no pudo acceder a una esmerada educación, de forma autodidacta adquirió una amplia cultura que le permitió alcanzar una cierta proyección social.

En 1851 su artículo titulado ‘La liberación de las mujeres’ fue publicado por The Westminster Review, una publicación que contaba con firmas tan relevantes como la de Mary Shelley, la autora de ‘Frankenstein’. En dicho texto, Harriet hablaba sobre la educación de las mujeres, el acceso al mercado de trabajo, el derecho a votar y a ser elegidas para cargos públicos, todo ello en igualdad con los hombres. También se mostraba indignada al ver como en un país avanzado como el suyo, donde se había ilegalizado la esclavitud 10 años antes que en Francia, y en el que se reconocía a todos los hombres como ciudadanos; no se hacía nada por mejorar la condición de las mujeres que suponían más de la mitad de la población.

La influencia de Harriet en su nuevo esposo fue enorme, hasta tal punto que, tres años después de su prematura muerte en 1858, Stuart Mill publicó una obra que ambos habían escrito ‘La esclavitud de la mujer’ (The Subjection of Women). Un ensayo sobre la igualdad entre sexos que, no podía ser de otro modo, resultó escandaloso para la rigurosa moral vitoriana de la época.

El Times ironizó afirmando que el Sr. Mill quería realizar una gran reforma social mediante el cambio de una simple palabra. Su propuesta fue cambiar en las leyes y normas del matrimonio, la propiedad, la educación, etc.; vigentes en la Inglaterra de mediados del siglo XIX, la palabra ‘hombre’ por la de ‘persona’. Algo inaudito. El caso es que aquel texto se convirtió en el ‘libro de cabecera’ de las sufragistas[2]

No cabe duda de que Harriet fue una auténtica pionera en la reivindicación de reformas sociales en favor de las mujeres y de que sus ideas tuvieron una influencia capital en el pensamiento de Stuart Mill, que dejo escrito: Creo que las relaciones sociales entre ambos sexos - aquellas que hacen depender a un sexo del otro, en nombre de la ley - son malas en sí mismas, y forman hoy uno de los principales obstáculos para el progreso de la humanidad.

Aunque Harriet fue sin duda una de las más importantes filósofas de su época, no ha sido reconocida justamente en esta disciplina, siendo más recordada como esposa de John Stuart Mill, al que sí se lee y estudia como representante de la escuela económica clásica, y también en filosofía como defensor de una ética utilitarista. La ilustración que acompaña este texto es muy significativa[3].

En Francia también comenzaban a moverse algo. La pensadora Flora Tristán, de ascendencia peruana, y contemporánea Harriet, peleaba duro en su país para revindicar los derechos de las mujeres, argumentando que todo proyecto político debe sustentarse en la idea de que todos seres humanos nacen libres e iguales. Tal vez fue ella la primera en escribir en masculino y femenino sus textos: A los obreros y las obreras me dirijo

Y al otro lado del charco, en los Estados Unidos, la rusa huida del régimen zarista con 16 años, Emma Goldman, fue otra de las muchas mujeres que siguieron la estela de Harriet. Excelente estudiante, finalizados sus estudios superiores, pidió permiso a su padre para ir a la universidad, pero este lanzando los libros al fuego, gritó: "Todo lo que una hija judía necesita saber es cómo preparar el pescado gefilte[4], cortar bien los fideos y darle al hombre muchos hijos".

Así que se fue de casa y durante años trabajo en una fábrica, uniéndose al movimiento anarquismo y llegando a adquirir en él un papel destacado como oradora, escritora y editora de libros, revistas y periódicos. También participó activamente en protestas, huelgas y mítines.

Bautizada como ‘Emma la Roja’, fue expulsada de país y declarada por Edgar Hoover, director del FBI por aquellos años, como la mujer más peligrosa de Estados Unidos. ‘Puede que me arresten, me procesen y me metan en la cárcel, pero nunca me callaré; nunca asentiré o me someteré a la autoridad, nunca haré las paces con un sistema que degrada a la mujer a una mera incubadora y que se ceba con sus inocentes víctimas. Dejó escrito en su biografía ‘Viviendo mi vida’.

Vivió en varios países y viajó mucho promocionando sus ideales, siempre pensando que la mujer estaba tan preparada como el hombre para la política y para el desarrollo de la sociedad. Con 67 años (en 1936) visitó España para colaborar con el gobierno de la II República, entablando una buena amistad con Federica Montseny[5].

Durante años la figura de Emma Goldman permaneció en el olvido, pero a finales de los setenta el movimiento feminista la recuperó. En mayo de 1940, con 70 años, murió en Toronto de un derrame cerebral.

Muchas mujeres son esposas y madres sólo porque no tiene otra opción, otra salida para sus sentimientos y actividades. Estas palabras de Harriet Taylor a mediados del siglo XIX pusieron en marcha un tsunami de dignidad que continuaron otras como Virginia Bolten, periodista en Argentina o Elisa Leonida Zamfirescu, la primera ingeniera de la historia graduada en la Academia Real Técnica de Berlín.


[1] Corriente de la ética según la cual lo que es útil es bueno y, por lo tanto, el valor de la conducta está determinado por el carácter práctico de sus resultados.

[2] El movimiento sufragista fue la lucha por el voto femenino En el paso del siglo XIX al XX. Gran Bretaña asistió a la dura batalla de las mujeres para que se reconociera su derecho a votar; derecho que no alcanzaron hasta febrero de 1918

[3] Obra de María Acha-Kutscher

[4] Pescado molido de una o varias especies mezclado con cebolla, zanahoria, perejil, sal y pimienta, que se suele cocinar horneado en forma de bastón o hervido en forma de albóndigas.

[5] También anarquista, que ocupó durante apenas un semestre el ministerio de Sanidad y Asistencia Social en el gobierno de Francisco Largo Caballero.