Ciudad Rodrigo al día

 

Apostillas de sus nietos sobre Bernardo García (Robleda) y Víctor Gómez (Ciudad Rodrigo)

Trigésimo primer capítulo de la serie de Ángel Iglesias Ovejero sobre ‘Exilios y emigración’

La vida de los muertos perdura en la memoria de los vivos. Es un dicho atribuido a Cicerón que se ha convertido en tópico que cada uno interpreta a su modo. Desde luego es una posibilidad que en el caso de las víctimas del franquismo es bastante difícil comprobar, a juzgar por la aparente omerta que sobre su memoria e identidad se respira en Ciudad Rodrigo y su comarca (resulta estridente el silencio que suscitan nuestras prestaciones en los medios de comunicación, o la falta de curiosidad visible en las exhumaciones). Por ello es de agradecer la aportación de dos nietos de represaliados en el verano sangriento de 1936 sobre sus respectivos abuelos a quienes el llamado “Movimiento nacional” (una rebelión programada y realizada contra el Gobierno de la II República) terminó colocando en “bandos” irreconciliables. Por ello corrieron destinos paralelos y opuestos que, lógicamente, repercutieron en los avatares vividos por los descendientes de uno y otro. Los del primero transcurrieron dentro de un círculo nacional menos espinoso; los del segundo constituyeron una laboriosa odisea, dentro y fuera del país, aunque coronada por el éxito.

 Desde nuestro punto de vista Bernardo García fue uno de los primeros militares represaliados de esta zona. Era el comandante del puesto de Carabineros de Robleda, y en ausencia de la Guardia Civil (concentrada en Ciudad Rodrigo), comandante militar de la plaza. Fue acusado de “pasividad” por haber mantenido el orden en la calle (con arresto domiciliario de derechistas sospechosos de golpismo) el día 19 de julio en colaboración con la autoridad local republicana y por no haber utilizado medios tajantes para impedir el conato de corte de carretera en Vadocarros por parte de republicanos fieles para impedir el paso de los golpistas. El bando de guerra lo publicó el día 21 Alberto Navarro, alférez de la Guardia Civil y comandante del puesto de Fuenteguinaldo, llegado con fuerzas al efecto. Peores consecuencias tuvo para todos el “tumulto” del 10 o el 11 de agosto en que los robledanos intentaron impedir la incorporación de reclutas al Ejército rebelde, sin éxito, debido a la actuación del Brigada y a los refuerzos llegados de Ciudad Rodrigo, que dos o tres días después volverían al pueblo para practicar una redada de sindicalistas y presuntos izquierdistas que se saldó con la detención de varios de ellos, siete de los cuales fueron ejecutados extrajudicialmente en Boadilla el día 13. A los mandos no les pareció suficiente, porque uno de los perseguidos se escapó y, a mayores, el ex alcalde republicano desapareció de su domicilio al día siguiente, sin que las pesquisas del citado Brigada dieran resultado. Días después detuvo un carbonero cuando volvía del carbonar, pero no conseguiría borrar las sospechas que pesaban sobre él, pues el 22 de agosto le fue retirado el mando y a continuación fue objeto de un expediente de depuración tramitado en la comandancia de Carabineros de Salamanca (AIRMN/Ferrol, exp. 673/1936).

No hay constancia de que a partir de la fecha indicada el brigada García fuera repuesto en su cargo, y de ello dedujimos que había sido condenado al “ostracismo”. Su nieto y homónimo Bernardo García considera inadecuado este término, y no le falta razón. Según informa, después de Robleda estuvo destinado en Ustárroz (Navarra) donde se retiró con el grado de teniente. Pero esto no invalida del todo nuestro análisis, en el sentido de que el traslado de un pueblo que en 1936 rondaría los 1.500 hab. a una localidad menor (13 hab. actualmente) y agregada a otra (Valle Egüés) no corresponde realmente a una promoción en aquel momento. Más bien refleja el trato que recibieron en la zona fronteriza de Salamanca los Carabineros, sospechosos de republicanismo, donde los oficiales y suboficiales con mando en Fuentes de Oñoro (la plantilla fue procesada casi al completo) y en otros puestos fueron sumariados por “pasividad” y casi todos ello “trasladados”, lo que en ningún caso se tomaba como un premio, si no era solicitado (Iglesias (2016: 499-503). Al fin es materia opinable.

Dicho esto, son de interés los datos que el nieto aporta sobre la historia familiar y de hecho también inciden en la de Robleda. Bernardo García García era natural de Navacarros (p. j. Béjar), y fue destinado casi al final de su carrera a Robleda. Allí nació su nieto Bernardo García de la Villa, que, siguiendo los pasos de su padre y homónimo, ha tenido un brillante recorrido profesional en Sanidad. Su madre, Josefa (conocida como Pepita), formaba parte de la numerosa prole de Desiderio Merchán, considerado un notable local, originario de El Maíllo. Era dueño de una fábrica de harinas y de electricidad que pasaba por derechista e incluso tenía fama de ser casi tan católico como el cura, a pesar de lo cual terminó por denunciar los desmanes truculentos promovidos por el jefe local de Falange, que fue procesado en 1937.

El tercer Bernardo García quiere dejar las cosas claras para la posteridad de su grupo familiar. Tal vez le interese saber que el Brigada era un funcionario respetado en Robleda, no solo entre “la gente de orden” que apoyaba el golpe militar, sino por familiares de fugitivos que entendían que los carabineros actuaban “obligados”. Contaba Mª Antonia Ovejero que, cuando todavía no era viuda de su primer marido y su hermano más pequeño no había sido cazado de un tiro en la nuca por uno de ellos, volvía al atardecer a su casa, y al comienzo de la calle de la Solana se encontró de sopetón con el fachendoso patrullo de milicianos fascistas que, con el Brigada al frente, llevaban preso a un vecino suyo: Juan Collado (“Chinas”). Ella, asustada, se apartó hacia un postigo (más tarde “casa de Linos”), tratando de pasar desapercibida. Pero la vio el detenido, y así escuchó de cerca un insólito diálogo que la concernía a ella y recordaba así: –“¿Da usté su permisu pa hablal con esta mujel? –Puede usted hacerlo. –Antonia, dili a la María que me llevi a la carci la jatea, que me han deteníu al golvel del carbonal”. Su esposa le llevaría la cena y la ropa limpia que le serviría de mortaja, pues nunca volvió a su domicilio. Fue un detalle de humanidad que tenía su riesgo, pues los mandos rebeldes no apreciaban duelos y lamentos que calificaban de  “actos contrarios  al glorioso Movimiento”…

Victoriano Gómez Hernández  fue  uno de los 13 detenidos que el día 15 de setiembre de 1936 salieron de la prisión del partido judicial de Ciudad Rodrigo donde se hallaban casi todos por orden militar. Había ingresado en ella la noche del día 31 de julio al 1º de agosto de aquel año, en compañía de otros vecinos mirobrigenses, entre los que figuraban el alcalde republicano Manuel Martín Cascón y Francisco Oliva, ferroviario, que habían sido expeditivamente  sumariados, condenados y ejecutados (30/08/36). De acuerdo con la documentación manejada, a Victoriano y otros seis les aplicaron el protocolo macabro que los militares rebeldes practicaban en la retaguardia “nacional”. Fueron entregados a la Guardia Civil para su conducción a Salamanca adonde nunca llegaron. Según las actas del Registro Civil sus cadáveres aparecieron aquel día en la dehesa de Aceñuelas a las 5´30 h de la mañana con heridas de bala. Esta circunstancia excusaba cualquier tipo de diligencias por parte del juez de instrucción, como desde las primeras semanas de agosto habían dejado claro las órdenes del general Mola, así que fueron enterrados en el cementerio municipal, según el oficio del “Capitán Instructor Marcelino Ibero”.


Aunque parezca superfluo, conviene recordar que a estas personas ni siquiera las juzgaron por el “delito de rebelión” que los militares rebeldes inventaron (“justicia al revés”). En su caso habría consistido en no haber obedecido el domingo 19 de julio de 1936 el bando de guerra que las tropas llegadas de Salamanca activaron el lunes 20 en Ciudad Rodrigo (¡!) y Juan Sáez Chorot, el capitán de la Guardia Civil, no lo hizo el día festivo para que tuviera “más solemnidad” (¡en lunes!), porque lógicamente sus superiores no se habrían creído que hubiera obrado por prudencia ante la capacidad de resistencia de los republicanos reunidos en el ayuntamiento, fuertemente equipados con media docena de armas cortas… (la Guardia Civil tenía en su posesión el armamento recogido a unos y otros por orden del Gobierno republicano). En cuanto al futuro “Capitán Instructor”, Marcelino Ibero, que mandaba la compañía de Carabineros, aquel domingo se dedicó a seguir las consignas para el mantenimiento del orden en la calle. Ni uno ni otro fueron importunados por la justicia militar, ni hay constancia de que el ridículo provocara el suicidio de ningún mando…, pues no parece que el cacareado sentido del honor militar estuviera muy desarrollado entre los responsables de las ejecuciones ilegales, que en ningún caso eran incontroladas. Los milicianos fascistas (falangistas, japosos, requetés) hacían lo que les mandaban o dejaban hacer los jefes o jefezuelos rebeldes (en esta zona, comandante Goded, teniente Bravo, oficiales de los Institutos armados).

Victoriano era empleado de la Diputación y formaba parte de la corporación municipal republicana de Ciudad Rodrigo, reunida por primera vez el 27 de febrero de 1936 y de la que llegó a presentar la dimisión el 17 de abril con otros miembros de Izquierda Republicana y de la minoría socialista, como protesta por la lentitud en la aplicación de la Reforma Agraria (López-Delgado 2004: 155-156). En la campaña electoral había asistido y tomado la palabra en algunas reuniones de las que organizó la agrupación de las Juventudes Socialistas a las cuales asistieron unas centenas de personas. Si a juicio de sus adversarios hubo excesos verbales no tendrían mucho alcance. De hecho la literatura procesal no lo acusa de nada. Su eliminación clandestina simplemente se explica porque, como como concejal y por su afiliación política, era parte del objetivo principal de la rebelión. La instauración de un Régimen autoritario requería la eliminación de la República y erradicación del republicanismo.

Hasta hace unas semanas no se sabía más de él, aparte de su edad y estado civil: 28 años, casado. La información de su nieto Víctor Criado Gómez permite completar la ficha de identificación familiar de su esposa y descendientes. Estaba casado con Demetria Molinero Jiménez, y el matrimonio tenía una niña de 18 meses: Dolores Gómez Molinero. Seguramente, el incierto destino de estas mujeres sería un tormento añadido al encarcelamiento y la angustia de la muerte cercana. De haberlo  conocido, se habría sentido aliviado y orgulloso de sus descendientes, como ellos lo están de él. En 1962 nació en Madrid su nieta Inés; en Rusksi Herria, Rentería, nacieron sus dos nietos, Víctor y Esteban. Ahora tiene una copiosa descendencia. El informante, que lleva con orgullo el nombre de su abuelo y desde hace 15 años reside en Estocolmo donde ejerce como psicólogo clínico y actor, resume la lección histórica:

“Le cuento todo esto para que, si quiere, pueda reflejar el destino de aquellos que, a pesar de ser tan duramente golpeados por la sinrazón y el odio, han podido seguir adelante, en paz. Con el recuerdo de mi abuelo, sus genes e integridad. Y de mi abuela, que lo esperó hasta el último suspiro, en el invierno de 1987”.

El cronista no sabría decirlo mejor. Simplemente, estas dos apostillas son dos modestas pruebas de la concordia democrática a que aspiran las personas de buena voluntad y ciertamente no se construye con la exaltación belicista ni el olvido de las víctimas.

Referencias

Iglesias Ovejero, Ángel: La represión franquista en el sudoeste de Salamanca (1936-1948). Ciudad Rodrigo, Centro de Estudios Mirobrigenses, 2016.

Secuelas vigentes del franquismo en el entorno mirobrigense:

(10/08/2017) https://salamancartvaldia.es/not/156700/memoria-desterrados-republicanos-so-salamanca-robleda-ii/

(14/09/2017) https://salamancartvaldia.es/not/159542/memoria-desterrados-republicanos-so-salamanca-ciudad-rodrigo-iii/

López García, Santiago, y Delgado Cruz, Severiano: - “La guerra civil en la comarca de Ciudad Rodrigo”. La raya luso-española: relaciones hispano-portuguesas del Duero al Tajo. Salamanca, punto de encuentro. Diputación de Salamanca, Ayuntamiento de Ciudad Rodrigo, Centro de Estudios Mirobrigenses, 2004.