Hasta la coleta, todo es Pablo

Vuelvo a mi costumbre de apoyarme en el refranero español para que se me entienda mejor. Cuando un tema no está completamente rematado, para no considerarlo cerrado, solemos emplear el dicho taurino “Hasta el rabo, todo es toro”.  Digo esto porque los españoles pecamos de maximalistas. Tan pronto elevamos a la cima del olimpo a determinado personaje como, ante el primer fallo, se le relega a la nada. No tenemos término medio porque nos falta ponderación, sensatez y cautela.
 
Dos son los asuntos que han causado más sorpresa: la presentación de la moción de censura al gobierno de la Comunidad de Murcia y el anuncio de dimisión del vicepresidente primero del gobierno. A raíz de estos acontecimientos -rapidez e importancia de algunas dimisiones y acelerada apelación a formar mayorías que faciliten la derrota de ciertos políticos-, unos y otros nos hemos dedicado a vaticinar el ya seguro triunfo de ciertas corrientes políticas o la probable desaparición de otras. 
 
Desde el primer momento, el desarrollo de los acontecimientos dejó bien clara la precipitación de los responsables. En primer lugar, los españoles seguimos siendo fieles a nuestra particularidad, porque habrá pocos gobiernos democráticos que se presenten una moción de censura a sí mismos. Cs firmó un acuerdo con el PP para gobernar en coalición y, si creía tener motivos para deshacerlo, lo lógico, lo que se hace en todas las democracias que se tienen por tales, es abandonar el gobierno y, a continuación, presentar la moción, bien en solitario – aunque se tenga la certeza de perderla-, o bien en compañía de otras fuerzas políticas. En el segundo supuesto, si la alianza es con un partido político al que siempre se ha considerado adversario, no es de extrañar que los propios compañeros de partido se nieguen al trapicheo.
 
Por más que pretendan hacernos creer lo contrario, nadie piensa que Cs tomara la iniciativa en Murcia sin que la Moncloa pusiera las condiciones y sin pensar en el más que posible contagio que salpicaría a todas las instituciones de cuyos gobiernos formara parte. El exceso de ambición y las prisas han dado al traste con la operación y, por añadidura, Cs ha sufrido tal cisma interno que el desliz puede acarrearle muy graves consecuencias. Tampoco se ha lucido la plana mayor del “gabinete de felices ideas” de la Moncloa. Sánchez, aunque a veces no lo parezca, es consciente de que gobierna en minoría, y que debe atender muchas de las pretensiones de los compañeros de viaje. Por si no fuera suficiente, Bruselas se ha visto obligada a recordarle la obligación que tiene de cumplir los requisitos necesarios para acceder a esos fondos que puedan sacarle del atolladero en que se ha metido. A pesar de hacerse el sordo, sabe también que muchos de esos requisitos no concuerdan con las exigencias de sus socios.  Ante esa disyuntiva, los dedos se le hacen huéspedes y se afana por encontrar la fórmula que le devuelva esa tranquilidad que ahora le falta.
 
Conseguido un primer acuerdo con Podemos – comprado también el apoyo de todos los partidos secesionistas e independentistas-, y, para que la jugada fuera perfecta, ahora necesitaba torpedear a los partidos a su derecha para evitar su posible fortalecimiento. El primer objetivo a su alcance era Cs, partido en horas bajas, proclive a emparentar con extraños y con escasas posibilidades de recuperación. Al fin y al cabo, son unos escaños que podían ser útiles para la apuesta y, si al oráculo de Tezanos le da por acertar esta vez, dar el primer paso para desembarazarse del pegajoso Iglesias.
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El gafe que persigue a Sánchez desde que decidió entrar en política ha vuelto a jugarle una mala pasada. En el futuro, cuando se quiera definir lo que es una moción de censura muy mal preparada y peor desarrollada, se pondrá como ejemplo la que compartieron PSOE y Cs contra el presidente de la comunidad de Murcia. Además de perderla, el partido naranja ha sufrido una verdadera desbandada y el PSOE se ha remangado tanto que ha dejado sus vergüenzas al descubierto. Una prueba más del desaguisado murciano ha sido la rapidísima reacción del jerarca de Galapagar. 
 
A Pablo Iglesias se le podrá reprobar por muchas de las consignas que lanza a cada momento, pero en toda esa cabellera que remata en coleta no tiene ni un pelo de tonto. El acercamiento Sánchez-Arrimadas encendió sus alarmas. Él tampoco se fía de Sánchez y, al mismo tiempo, es consciente de los pésimos resultados obtenidos por UP en los últimos comicios. No olvida que todo lo que es y tiene se lo debe a Madrid. Otra debacle en esa comunidad podría significar el final de una operación que comenzó como algarada juvenil con la ocupación de la Puerta del Sol, en mayo de 2011, por parte del movimiento 15-M y, a la chita callando, acabó en ayuntamientos, comunidades, Congreso, Senado, Parlamento Europeo y en la Moncloa. Ni en sus mejores sueños revolucionarios pudo nunca imaginar su actual status. Conociendo su desmesurado ego, algo muy grave habrá intuido para tomar una decisión tan comprometida. Existe un aforismo latino para tratar de averiguar a quién beneficia una medida que, en sus orígenes, no resulta fácil de entender: Quid prodest. 
 
Si fuera cierto (¿?) que Pablo Iglesias también desea renunciar a su escaño, más que inmolarse para acabar con la presidenta Ayuso, será porque busca desesperadamente salvar los muebles en Madrid. Acaba de saber que la plana mayor de Cs anuncia a sus militantes que las negociaciones para su acercamiento al PSOE ya están muy avanzadas. Si, por otra parte, las previsiones de mejora en el PSOE se cumplieran, y la anunciada bajada de IU también fuera cierta, Sánchez habría encontrado la solución para prescindir de su actual alianza. Ese primer sobresalto ha sido suficiente para que de la boca de Iglesias salgan los primeros exabruptos, amenazando con prisión para Ayuso y acusando de criminal a todo el que esté a su derecha.
 
No ha comenzado la campaña electoral y el pasado sábado ya hemos asistido a un ensayo de lo que nos espera. En su corta trayectoria política, Iglesias ha dado sobradas muestras de no hacer ascos a la mentira ni al empleo de la violencia. Con suficientes medios de comunicación y todo un ejército de alborotadores antisistema reclutados, justificados y apoyados por él, asistiremos a la metamorfosis de Madrid en una nueva Barcelona. España entera va a sufrir una campaña electoral plagada de violencia. Que a nadie se le ocurra dar por enterrado a Pablo Iglesias porque es mucho lo que está poniendo en juego. Si la derecha consiguiera vencer en Madrid, el porvenir de Iglesias sería muy oscuro.
 
A todo esto, ¿qué cabe esperar de Sánchez? Habrá que recordar al difunto Arzalluz para convenir que Sánchez intentará recoger las bellotas que vaya vareando Iglesias. A pesar de que ya no pueden disimular los rifirrafes en el consejo de ministros, lo más urgente será conseguir la movilización de la izquierda para que nadie se quede en casa el 4-M. Derechas e izquierdas parecen condenadas a no acudir juntas a las urnas. El que sea capaz de convencer a sus simpatizantes, no con miedos sino con datos fehacientes, habrá dado un gran paso para gobernar.