Oasis en el desierto

“De los diversos instrumentos inventados por el hombre, el más asombroso es el libro; todos los demás son extensiones de su cuerpo… Solo el libro es una extensión de la imaginación y la memoria.”

Jorge Luis Borges

Hace algún tiempo llegué a la conclusión de que plasmar ideas y abstracciones en un papel en blanco, más allá de cualquier otra finalidad –más o menos vanidosa–, favorece la construcción de un pensamiento reflexivo. Sin embargo, hay otra actividad que considero esencial en la construcción de nuestro ser, como es el caso de la lectura.

Leer es una actividad que hace posible salvar las grandes barreras que suponen el tiempo y el espacio. Constituye una dinámica que nos permite abandonar la prisión de nuestros días para acercarnos al pensamiento y la literatura de tiempos pretéritos. Cuando leemos un texto nos aproximamos a la reflexión o a la inspiración de un autor en un momento pasado, que corresponde con el de su elaboración. A través de sus escritos disfrutamos del ingenio de los literatos que nos han precedido y nos adentramos en la filosofía de pensadores cuya realidad era muy distinta a la de nuestros días. Resulta mágico poder asistir a las lecciones de Platón, los discursos de Aristóteles, las concepciones de Hobbes o las sentencias de Nietzsche, por citar algunos entre los que también tiene cabida nuestros Unamuno, Ortega y Gasset o Zambrano. Sus ideas nos ahorran ocurrencias y nos alumbran la complejidad de las grandes y pequeñas cuestiones del mundo. Tampoco debemos dejarnos en el tintero las letras de los Virgilio, Cervantes, Shakespeare y otros tantos autores ineludibles de la literatura universal cuyas sublimes composiciones son capaces de elevar nuestros sentidos y separarnos de la vulgaridad. Sin su lectura se antoja extremadamente complicado comprender las dinámicas del mundo, viviendo condenados a nuestra cotidianidad. Hecho que, por otra parte, puede conducir a la falacia de la excepcionalidad, mientras se oculta la vulgaridad de nuestras experiencias.

Por ello, siempre he considerado la edificación de una biblioteca personal como un proyecto de vida. Una aventura del saber cuyos elementos –a menudo– dicen mucho más de nosotros mismos, de nuestras cogniciones, pasiones o caminos recorridos, que cualquier otra descripción que podamos ofrecer. Quizás, en esta sociedad del postureo los libros sirvan solo de falso fondo para videoconferencias y entrevistas. Pero, no debemos olvidar especialmente en estos tiempos angostos de recogimiento y soledad, que esos estantes se presentan –en multitud de ocasiones– como oasis en el desierto.