Las numerosas dificultades que acompañan el inicio de un tratamiento psicológico

Ahora que la sociedad española y europea están siendo conscientes del significativo nivel  de aumento de patologías mentales durante la pandemia y de la insuficiente oferta de los servicios públicos para atender esta creciente patología (en España hay solo 5 psicólogos por 100.000 habitantes), pondré el punto de vista en las dificultades subjetivas, que también se dan, además de las objetivas, a la hora de decidir iniciar un tratamiento psicológico.

Es obvio que la psicología clínica en el ámbito privado tiene su sentido cuando el Servicio Nacional de Salud apenas ofrece, excepto simbólicamente, cobertura para poder acudir a una psicoterapia: meses de espera para una primera entrevista exploratoria, imposibilidad de seguir  una psicoterapia individual o grupal ( salvo excepciones en los pocos Centros de Salud mental que aún funcionan), hacen que la persona que lo necesita, vaya a parar al médico de cabecera, que en la mayoría de los casos recetará algún ansiolítico o antidepresivo, como  modo de aminorar el sufrimiento; en los casos más graves derivará al paciente a una consulta psiquiátrica.

Pero además del esfuerzo económico que supone un tratamiento psicológico privado, la persona que sufre algún tipo de trastorno psíquico se enfrenta desde el principio con la dicotomía de tratar los síntomas que lo suelen acompañar ( insomnio, cefaleas, estados de ansiedad, tristeza, falta de interés vital, dificultades de concentración, etc.) y aliviarlos a través de la psicofarmacología, o bien iniciar un tratamiento, de medio o largo plazo, a través de la palabra, que es el instrumento adecuado para la mayoría de las psicoterapias.

Más de un siglo después de que las psicoterapias individuales y de grupo hayan hecho un largo camino de experiencia clínica e investigadora en todo el mundo occidental, aún hay una gran parte de la población española que no tiene claro que la palabra sea el instrumento idóneo para tratar el sufrimiento psíquico. Esta “duda” o falta de información, unida al esfuerzo económico y emocional exigido, están en la base del bloqueo de muchísimas personas a la hora de decidirse a iniciar una psicoterapia.

En este importantísimo tema de la salud mental vamos para atrás. Hace dos décadas, en el Servicio Médico  de una gran empresa española (que funcionaba como Empresa Colaboradora de la Seguridad Social) donde trabajé muchos años, al empleado/a o familiar necesitado de psicoterapia se le pagaba el 75% del coste del tratamiento durante un año. Comprobamos que esa fórmula no dejaba afuera a ningún beneficiario, por más bajos que fueran sus ingresos.

En la actualidad, tanto las economías individuales que parecen estar siempre en crisis permanente, como los prejuicios y falta de información sobre lo básico de cómo funciona el psiquismo humano, hacen que un gran porcentaje de personas que claramente necesitan tratamiento psicológico no lo inician y se “conforman” con aliviar un poco sus síntomas a través de la psicofarmacología. Somos el país europeo de mayor consumo de ansiolíticos y antidepresivos.

Los escasos psicoterapeutas en general, el alto porcentaje de la población que padece sufrimiento psíquico y la deficiente falta de información  sobre el hecho de que somos una unidad psicosomática indisoluble, produce una situación en la que solo una minoría privilegiada accede a los tratamientos psicológicos.

La realidad de que en las intervenciones sanitarias no solo la medicina tiene el papel primordial, sino que en salud mental las psicoterapias son también  esenciales para la salud mental,  se impone con contundencia en este presente en el que aparece en la población un alarmante índice de  variada patología mental, desencadenada por tantas vivencias, tensas y dolorosas, ligadas a la pandemia aún no vencida.