Año 1 de la pandemia 

Ahora que acaba de cumplirse un año de la pandemia por Coronavirus, nos gustaría hablar en pasado para referirnos a la misma con una valoración global que bien podría ser la del “Año que vivimos en peligro”. Pero sigue estando ahí, con intención de quedarse por un tiempo y eso nos lleva a que hablemos del “Año 1 de la pandemia”, de los cambios que ha originado y de lo que está por venir.

Todos sabemos que, aunque así se declaró oficialmente, la pandemia no empezó el 14 de marzo de 2020. Por entonces ya teníamos algunos muertos a su cargo, pero sí fue el momento en el que tomamos conciencia de ella. El concepto de “estado de alarma”, poco escuchado hasta entonces y desconocido para muchos, realmente nos alarmó con su proclamación. En principio íbamos a estar confinados unas semanas, pero el estado de alarma duró tres meses y siete días, tras sucesivas prórrogas y, luego volvió.

Las cifras ponen de manifiesto el dolor y el drama de una sociedad que se sintió y se siente violentamente atacada por un enemigo desconocido e invisible y sin apenas poder defenderse. Hasta el día en que se declaró el estado de alarma, en España se habían contabilizado por covid 120 muertes, 272 personas en UCI y 4.209 infectados. Ahora se cierra el “Año 1 de la pandemia” con unos 3.183.704 positivos diagnosticados y 72.258 muertes. Siempre según cifras oficiales sobre el tema. En el mundo, el montante de casos de coronavirus es de 121 millones de infectados, 2.680.740 fallecidos y 68 millones de curados, semanalmente sigue habiendo unos 60.000 fallecimientos. La suma de cada país o región que tiene sus propias cifras, estado y evolución de la pandemia.

Iniciamos el “Año 2 de la pandemia” habiéndose dado tres oleadas, con una situación de estancamiento y resistencia a la reducción de los contagios que se sitúa en una tasa de 127 por cada 100.000 habitantes y que se puede calificar de “riesgo medio”. Pero con el agravante de que en algunos territorios parece que ha tocado suelo y se ha reiniciado nuevamente el incremento de contagios, lo que podría apuntar que se está acercando la cuarta ola.

Junto al dolor más directo sufrido por familiares y amigos de las víctimas, el llanto de un tercio de la sociedad española que, al igual que la sociedad de otras latitudes, se sentía impotente y hasta humillada en su ego de sentirse autosuficiente o prepotente. A pesar de todo, la pandemia también trajo cosas bonitas, como el despertar de una solidaridad con las víctimas y con los profesionales sanitarios que se dejaban la vida para salvar la de sus compatriotas, cosa que les reconocía la sociedad con los aplausos diarios en los balcones y en forma de homenaje permanente. Así como con el lema interiorizado de “Resistiré”. La llegada del virus puso de manifiesto de que no íbamos por buen camino. Aquel confinamiento y las muestras de solidaridad albergaron la esperanza de que algo podía y debía cambiar en esta sociedad.   

Esperanza de cambio que se fue apagando con la dureza y prolongación de la pandemia, así como con la actitud de aquellos políticos que lejos de arrimar el hombro, se instalaron en la defensa de intereses particulares o de partido, por encima de lo que era fundamental, el salvar vidas humanas. A mediados de mayo, la discrepancia y la crispación política se proyectaron en lo social y se fue extendiendo territorialmente por barrios. Las caceroladas eclipsaron los aplausos y dieron paso a manifestaciones negacionistas, de hoteleros y otros colectivos más castigados en sus negocios debido al virus.

La vida diaria del ciudadano se hizo más virtual. Las restricciones y la distancia física impuestas por la lucha contra la pandemia hicieron que creciera el teletrabajo, reuniones en remoto, clases y ocio virtuales. El distanciamiento social se convirtió en la norma.

De una manera u otra todos nos hemos visto afectados en el “Año 1 de la pandemia”. Entre los más afectados el colectivo de personas mayores, por el alto número de víctimas, incluso sin duelo y la soledad; los sanitarios que han vivido en primera línea la muerte y en muchos casos la impotencia ante la misma; los jóvenes, que han perdido un año de su vida en lo que más valor tiene para ellos, el contacto físico y la socialización, así como la oscuridad ante su futuro. Pero todos hemos estado, seguimos estando, en peligro, con restricción de derechos fundamentales y viviendo con miedo a la enfermedad.

La huella de la pandemia en su primer año es bien profunda. La pobreza se ha extendido en número y hacia otras capas sociales, aumentando las colas del hambre. Pero también ha aparecido otra nueva pobreza, aquella que va más allá de los alimentos, la de las gentes que no pueden pagar la luz, el agua, el gas o el alquiler de su vivienda y se ven obligados a salir de sus casas, convirtiéndose en personas sin un techo donde cobijarse. No es de extrañar que los nacimientos hayan caído un 20%, ante el temor de no poderles brindar a sus hijos un futuro digno. El ingreso mínimo vital es algo acertado y necesario para ellos.      

El retroceso a las cifras del paro de 2016 con cuatro millones de parados y 900.000 personas en ERTE es otra de las secuelas del primer año de pandemia. La puesta en marcha de los ERTE ha sido otra medida política de gran acierto en la lucha contra el paro, como consecuencia de la emergencia sanitaria y crisis económica.

Con todo, es cierto que tras un año de pandemia no se han producido los grandes cambios que algunos intuimos y creemos necesarios, ni tampoco parece que hayamos aprendido mucho. Pero también es cierto que el país no es el mismo. Ahí están las situaciones que acabamos de citar y a las que habría que añadir el deterioro del estado anímico y mental de una parte importante de la población.

Quedan muchas cosas por ver en el tintero, sobre qué pasó y cómo hemos sobrevivido al “Año 1 de la pandemia” pero el espacio es limitado. También queda por saber cómo saldremos adelante este segundo año de la pandemia en el que estamos y los venideros. Contamos con la esperanza de las vacunas, pero iremos viendo.

No lo da la pandemia, pero sí nuestros seres queridos. Les dejo con Jarabe de Palo y  Eso que tú me das

                                                                                                Aguadero@acta.es