Regreso letrado al Campo de San Francisco

Unamuno joven, recién llegado a su cátedra de griego, se instala tan cerca del parque que lo convierte en el sitio de su recreo

Tiene el Parque de San Francisco ilustres habitantes y mejores vecinos, rodeado como está de estancias santas

         Regresa el poeta de la luz, el fotógrafo de la Salamanca inacabable al Parque de San Francisco donde resuenan, caminos de granito y hierro, los ecos de un pasado que se empeña en vivir entre las copas de los árboles de la huerta de los franciscanos. Y es el arte de Amador Martín el que nos recuerda la vecindad literaria de un Unamuno joven, recién llegado a su cátedra de griego, que se instala tan cerca del parque que lo convierte en el sitio de su recreo, padre de familia temprano, futuro rector de la Salamanca académica.

Gustaba el autor bilbaíno de su paseo sosegado frente al Alto Soto de Torres que inmortalizara en sus vericuetos por un rincón frente al que moriría en el obligado retiro de su condena domiciliaria. Miguel de Unamuno, que recorría la calle de las Úrsulas bajo los chopos que luego hubieron de ser sacrificados por la grafiosis, amaba este “Santo Parque franciscano” que intuía desde su ventana, prisionero de sí mismo, encerrado en la casa vecina a la Casa de las Muertes ahí donde los salmantinos recuerdan su persona con una estatua de Serrano que le convierte en mascarón de proa, las manos enlazadas al final de la espalda curvada de tantas preocupaciones y nos sigue doliendo España…

         Iba el rector Unamuno a ver al notario de la Plaza de los Bandos, amigo fiel de sus tertulias sabias y le contemplaba una niña memoriosa de ojos atentos y cuarto de atrás que años después pasearía por el Campo de San Francisco en el delirio adolescente de su escritura. A Carmen Martín Gaite le gustaba el jardín recoleto, el bosque umbrío de nuestro primer parque público, y acudía a su abrigo, con un caballete o un libro, dispuesta a dejarse embrujar por el sortilegio de su belleza. Y allí fue, como cuenta en su libro de memorias El cuarto de atrás, leyendo El Quijote, donde sintió la llamada de la literatura y que era el mismo Cervantes el que le daba la venia para entrar en el mundo de la página de donde nunca saldría.

         Tiene el Parque de San Francisco ilustres habitantes y mejores vecinos, rodeado como está de estancias santas. La pequeña Veracruz, la iglesia de las Úrsulas, la Capilla de San Francisco, la Biserica Ordodoxa Romana, la larga barda de las Adoratrices, la cúpula monumental de la Purísima… es un Parque bendecido por la vecindad sagrada de la piedra y la campana, la veleta que se alza como un ángelus de ocasos exquisitos donde cabe la literatura como regalo de la memoria… y de esa obra social de la Caja de Ahorros que recorría nuestra infancia como un mantra protector y sempiterno. Obra entregada que en 1926 hizo una biblioteca en el muro iniciador del jardín franciscano, tan pequeña como un joyero de tesoros escondidos con guardián poeta que lo fue hasta que alguna disposición municipal movió el conjunto monumental de Gabriel y Galán, el Ama y la Montaraza, a la Plaza donde se ubicaría la nueva biblioteca municipal en la avenida de Mirat de todas las modernidades. Una biblioteca tallada en piedra como cueva exquisita, ahí al lado de la fuente que canta, fruto de ese neoplateresco con deseos de ser monumento que nos llenó la ciudad de remedos de siglo XVI y XVII, piedra tallada con la técnica de los canteros de la plata. Una piedra que quién sabe por qué se volvió en nuestra biblioteca de juguete blanda y frágil, perdiendo su cualidad de ángel tallado, su voluntad de permanencia. Sin embargo, qué bella aparece, desgastada, solar, en las fotografías de Amador Martín. Cabe su modesta talla, su verja que parece imitar la cámara del tesoro de la Biblioteca Antigua universitaria, recordar la hermosa advocación de su ilustre vecino Unamuno: “Mi humilde, pobre, hermoso, Santo Campo de San Francisco”, ese donde las muchachas van a buscar agua a la fuente, aquel donde las gentes acuden a devolver los libros en préstamo a la pequeña biblioteca. En la Salamanca de cuestas, de subidas al cielo por torres monumentales y humildes espadañas, el Campo, el parque, el jardín, como bien recuerda mi amigo Jesús Carlos Rodríguez, es espacio de nuestra memoria, de nuestros anhelos, de nuestros descansos y encuentros secretos. Un umbroso jardín de todos asoleado en su piedra cálida de desgastadas figuras que quisieron remedar un pasado glorioso. Rincón al que volver que resuena en el agua de su fuente mientras Amador regresa a la Salamanca eterna. Esa que retrata desde el objetivo enamorado que conjura el tiempo, raíces y alas que son ramas en el Santo Campo de la belleza letrada.


Amador Martín, Charo Alonso.