La fama cuesta...

En mis años mozos, la serie Fama (no recuerdo si también la película), empezaba con esa frase: “la fama cuesta”… seguida de un “pero aquí vais a empezar a pagar”.

Aprovecho para felicitar a mi sobrina Irene, por su cumpleaños, y a mis sobrinos Daniel y Javier, que cumplen la próxima semana; claro, y a mi padre, por mañana… Y a todos los padres, por supuesto; y a los pepes...

Algo que me vino a la cabeza el otro día, viendo “Prodigios” –también lo pasa TVE Internacional– cuando varios de los niños –y niñas, prodigios y prodigias– comentaron que querían ser famosos.

Oye, cada quien, ellos tienen todo el derecho, a los ocho años, a los catorce y a la edad que sea, de desearlo, como yo lo tengo a ponerme un poquito triste: sé que vivimos la época televisiva de los “talent”, correlato de los “reality”, que ahí siguen; los de “telerrealidad” –mentira flagrante, pocas cosas hay más irreales– son programas que parecen haber llegado para quedarse –o estar un buen rato al menos–; en general, son baratos para las productoras y alcanzan buena audiencia; el asunto es que, salvo honrosas excepciones, llevan el cotilleo a la máxima expresión al mostrar las miserias de gente a quienes se tenía por inalcanzables.

Los “talent” parece que volvían un poco a la senda de una cierta decencia… Si eres bueno para algo, estos programas parece que ayudaban… Sin embargo, pronto se pasó, por parte de quienes organizaban, a esconder el “reality” en el show, a buscar las miserias de los “talentos”, a fomentar los piques, los postureos… Recuerdo la bronca por la palabra “mariconez” en una canción de Mecano –por cierto, ¿qué fue de esa chica?–. En los de costura, cocina… allá y acá, cuando los veo –pedacitos–, cada vez se centran más en las broncas, los piques, el “talent…o” no parece ser ya el ingrediente principal.

Pero este de “Prodigios”, hombre, niñas y niños que llevan desde pequeñitos dedicándose a la parte difícil del arte, a la que implica mucho esfuerzo pero casi siempre poco pago pecuniario, uno pensaría que no… Y uno está equivocado: ¿por qué van a ser diferentes al resto?, ¿por qué una niña que toca el violín va a querer ser concertista en una orquesta pudiendo ser famosa y firmar autógrafos? Y claro, saliendo en la tele, la fama está un poquito más cerca.

Más de una vez he escrito que sigo creyendo que todo empezó con aquellas venas inflamadas hablando de los divorcios de los famosos, famosillos y famosetes… Juzgando como si les fuera ­­–¿nos fuera?– la vida en ello. Todo siguió con la famosa referencia al gran hermano orwelliano…

Hoy, muchos de quienes integran las nuevas generaciones… y las futuras, no todos, pero imagino que bastantes, si bien nos va, creen que el talento y el esfuerzo tienen que tener recompensa…

Pero una “de verdad”, con fama y autógrafos. Nada de zarandajas victorianas como las que se mencionan en el “Si” de Kipling.

Yo me quedé en/con una frase que parafraseo de mi Arreola: tengo diez lectores, pero uno es Borges.

Ahí sigo… aspirando a que me lea gente que merezca la pena, incluso, sin preocuparme tanto porque me lea el borges de turno.

O tal vez es envidia.

Tal vez.

 

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