El rey de la casa

-¿Cuánto tiempo tiene?

El bebé, deliciosamente cabezón, terso en su plenitud de flor henchida, liberado de su gorrito y de la manta, se ofrece al sol como un ídolo, un Buda ante el que inclinarse babeando de gozo. Tienen los niños a esta edad de meses despiertos, un cuello que se troncha y se sujeta mientras mira el mundo cabeceando por su propio peso, los ojos como pozos ciegos, la sonrisa presta que nos hace reconciliarnos con la vida. Es el milagro que nos ha costado sangre, sudor, reproducción asistida, intentos infructuosos, abortos espontáneos, meses de sequía y lluvias rojas cuando celebrábamos ebrios de alegría la culminación del deseo.

Cada bebé, en este barrio de viejos, es un milagro que envolvemos en el lujo imposible de las cosas, y cada vez que nos movemos, el niño arrastra un ajuar infinito que todo lo llena con su parafernalia de colores vivos… aunque después, lo llevemos todo el día en brazos, lo pongamos a dormir a nuestro lado y le demos la comida con el biberón gastado que le gusta una vez que lo hemos arrancado del pecho que nos gotea.

-¿Para qué tanto?

El bebé parece arrastrar un mundo de pertenencias que no necesita, pero es nuestra inseguridad la que le pasea por estas calles donde hay más traíllas que cochecitos de niño, más perros falderos que bicicletas. Y la abuela se pregunta para qué arrastra el bebé y luego niño pequeño tal estela de impedimenta, tal cantidad de ropa, de zapatos, de juguetes, de aparatos… cuando a la hora de la verdad, en el pueblo de todas las maravillas, el pequeño se inclina sobre el barro y se pasa el rato amontonando piedras y palos. El niño, que dejó atrás las redondeces de la infancia, es ese ser soberano al que hay que entretener, ocupar, alimentar y no educar, mientras a nuestro alrededor todo gira en torno a su sagrada persona. De ahí que la escuela sea en ocasiones el espacio feroz donde su individualidad constate que el mundo es ancho y ajeno, y que sus deseos no son órdenes. Y cada curso que pasa es la prueba de su insignificancia y una vez en el instituto, la masa que nos lleva apenas distingue al valeroso, al épico rey de la casa.

-No saben ustedes estimular ni entender a mi hijo.

El hijo, unigénito y soberano en su casa, es uno más que lucha a gritos por hacerse oír, y que en ocasiones, siente la angustia absoluta de ser invisible. Y se niega a gritos, a patadas o sencillamente, se aísla deseando volver a cálido capullo de la casa donde su voluntad es ley. O al contrario, el hijo, único y mimado hasta el agobio, siente entre los demás el descanso de ser parte de un todo, la falta de responsabilidad de la angustia de padre y madre, quienes parecen repartirse el ansia por su sola persona. Hijos bienamados, mimados, consentidos, adorados, adobados en una espesa y mullida sensación de seguridad. Niños que se frustran con la facilidad con la que tronchamos inadvertidamente la flor que no queremos cortar y que dejamos a un lado sin remordimiento. Y mientras, en mi calle, bebé tiene esa edad exquisita que despierta en cada uno de nosotros un deseo de pertenencia. Y nos inclinamos hacia él, reverentes, fascinados, dispuestos a coronarle y adorarle. Y su majestad, feliz de la vida, babea y gorgojea, dictador nuestro.

 

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.