Tejemanejes

“He llegado a la conclusión de que la política es demasiado seria para dejarla en manos de los políticos.”

Charles de Gaulle

La semana ha estado “movidita” en el panorama político nacional. También parece que nuestra capacidad de adaptación ha conducido a que atendamos a estas escenas tan cotidianas con cierta indolencia. Si tuviera que seleccionar un calificativo con el que referirme al espectáculo de la Región de Murcia, la Comunidad de Madrid y otros muchos precedentes –del mismo nivel, con independencia de las tonalidades– elegiría el de esperpento. No en la acepción que ataña al género literario concebido por don Ramón María del Valle-Inclán, sino a aquella que la Real Academia de la Lengua Española define como “persona, cosa o situación grotescas o estrafalarias”. Estos esperpentos constituyen acontecimientos políticos de gran relevancia mediática en los que todos los actores dicen salir “reforzados” sin que se les caiga la cara de vergüenza, al tiempo que la ciudadanía –al menos una parte en la que me incluyo– observa con impotencia como aquellos que deberían estar ocupados de los asuntos más serios pasan la legislatura –como infantes– jugando a las sillas. Esparcimiento en el que, ante la más sutil señal, todos se apresuran a tomar asiento sin importar ninguna otra cosa que conseguir asentar sus posaderas.

No importa el número de contagios, los fallecidos, las cifras del paro, las previsiones económicas, nada empuja a la política para abandonar una insuficiencia en la que se ha ido sumiendo durante las últimas décadas. Realidad que –cual síntoma– es tan solo el reflejo de una sociedad mediocre en la que los referentes están cada vez más alejados del mundo intelectual. Una canción en la que no interesa la música, ni siquiera la letra, sino solo que sea “pegadiza” y suene pronto –aunque sea de forma fugaz– en las listas de éxitos.

El teatrillo de esta semana, compuesto por una no moción de censura, un par de tentativas de no mociones de censura, la constitución de un nuevo gobierno regional con tonalidades confusas y una convocatoria de elecciones anticipadas, no será la última actuación. La solución a estas funciones esperpénticas –una vez más– no se antoja sencilla, pero quizás deba comenzar por la construcción de una ciudadanía cultivada, con recursos para manifestarse crítica con la información que recibe y las dinámicas sociales a que resulta sometida. Este puede ser un buen principio para que nuestros gobiernos abandonen la senda de la mediocridad, muestren esa “altura de miras” de la que algunos tanto alardean y se dejen –de una vez por todas– de tantos tejemanejes.