Ciudad Rodrigo al día

Felicidad de 24 horas

¿Nos hemos convertido en esclavos de unas redes sociales que nos obligan a no tener una mínima privacidad?

Hoy os quiero contar algo que me ha ocurrido a mí, pero que también os pasará a todos con mayor o menor frecuencia, estoy seguro.

Hace unas horas, mientras tomaba un combinado en una terraza de la Plaza Mayor de Salamanca, me he dado cuenta de la enorme necesidad que tenemos las personas de compartir, cada minuto, todo lo que nos rodea. Mientras observaba como mi buen amigo Javi tiraba una instantánea de las dos copas que esperaban ser degustadas comencé a hacerme preguntas sin parar. ¿Por qué esa necesidad de mostrar al mundo tantos detalles? ¿Por qué compartir la felicidad, los malos ratos, la vida en definitiva? Yo soy el primero que, al presenciar algo fascinante (véase un atardecer precioso), comienzo a pensar de forma involuntaria en inmortalizar el momento y compartirlo con todo el mundo. ¿Por qué? ¿Cuándo hemos dejado de disfrutar esos instantes? ¿Nos hemos convertido en esclavos de unas redes sociales que nos obligan a no tener una mínima privacidad? Y ya no es solo eso. ¿Qué piensa nuestro cerebro al hacer la foto? ¿De verdad somos tan egocéntricos para creer que al resto del mundo le va a interesar el momento X o el acontecimiento Y? No culpo a mi amigo, a mí me ocurre exactamente igual y me maldigo por dentro cada vez que me pasa. Es muy triste tener delante de ti un chuletón de un kilo y en vez de salivar en los instantes previos a hincarle el diente, nos esmeramos en sacar la fotografía perfecta, desde el ángulo idóneo y con la perspectiva adecuada. ¿Para qué? ¿Para ser más guays? ¿Para dar envidia? ¿Acaso sabrá mejor? Así pasa, que tardamos más tiempo en preparar el “postureo”, que en disfrutar el momento.

Vivimos en un mundo efímero, donde las historias de Instagram duran solo 24 horas, y eso nos obliga a fabricar cantidades ingentes de fotografías y vídeos, que palíen unos momentos de felicidad que se escapan de nuestras manos. La vida no entiende de plazos, y habrá instantes que duren segundos y no captemos precisamente por eso, por intentar “captarlos”.


Este artículo no está redactado para hacer una crítica a las redes sociales, ni mucho menos. Ni siquiera para aquellos que hagan todas estas cosas. Yo también las hago de vez en cuando, mentiría si digo que no. Lo único que me gustaría es que todos y cada uno de nosotros aprendiéramos a discernir entre lo que sí y lo que no. Aquello que sí merece la pena compartir con otras personas porque de verdad va a aportar algo a la sociedad, y aquellos otros momentos que deben ser vividos en la intimidad, bien por necesidad propia o por desinterés colectivo.

Tengo la sensación de que nos hemos convertido en verdaderos autómatas del compartir, sin darnos cuenta de que en la vida hay veces en las que es necesario ser egoísta con uno mismo y con lo propio.

Si me permitís un consejo: disfrutad antes y fotografiad después. Habrá días en los que sea posible y otros en los que esa fotografía no llegará a tiempo. No hay de qué preocuparse. Sí sufriríamos en la situación contraria, con una fotografía maravillosa en nuestros teléfonos pero con la sensación de no estar viviendo la vida al cien por cien. Yo, por mi parte, intentaré mejorar en ese aspecto.

Para terminar, finalizo estas líneas sin parar de mirar la foto de esta tarde con las copas de por medio. Está colgada en Instagram. Ya tiene tres horas de vida, le quedan otras veintiuna hasta que deje de existir. ¿Y a mí? ¿Y a ti? ¿Cuánto te queda por disfrutar? ¿En qué se mide tu tiempo? ¿En momentos felices? ¿En fotos tomadas? TU DECIDES. ¡DISFRUTA!

Nos leemos el próximo domingo por aquí, o hasta entonces en Instagram (@rubenjuy) y en Facebook (Rubén Juy).