El parque de San Francisco

Fue un gobernador quien lo llenó de árboles y mandó poner una fuente para uso y después solaz de los salmantinos que siempre disfrutaron de este bosque umbrío

Parque de San Francisco. Foto de José Amador Martín

         Esa profunda umbría del parque nos recuerda que los jardines necesitan tiempo y dedicación para ahondar sus raíces y alzar sus copas mientras a su alrededor, la ciudad cambia y crepita con el paso del tráfico de los años y las gentes. Aparente quietud ahí en la cuesta Moneo que baja a la Salamanca más profunda, a la Vaguada donde corren las aguas de la insidia, barrio chino construido más allá de los restos calcinados de San Francisco el Grande. La historia no solo acrecienta los árboles viejos, también arrasa los edificios que fueron, y la Cuesta Moneo cuyo verdadero nombre ya nadie sabe, añora su Facultad de Medicina, sus fábricas decimonónicas, su convento perdido, su casa de los Luna Terrero, su médico legendario que aún guarda su placa en la calle que hace esquina con la calle Ancha, paso hacia ese barrio chino que ya no existe de casitas paupérrimas y mujeres a la vera de la acera que era barro…

¿Se deja cubrir la miseria por la cúpula azul de la Purísima que Amador retrata a través de las ramas? En la Salamanca secular, lo profano y lo sagrado se separan con la barda fina que saltaban las muchachas recluidas en las Adoratrices para escapar de su destino de prostitutas. Y lo hacían a escondidas, protegidas por los árboles del Parque de San Francisco, por la sombra de un humilladero que fue levantado de nuevo por los tiempos de la dictadura para honrar a los Caídos, huida vergonzosa mientras la iglesita de la Veracruz, de puro pequeña, humilde y consciente de su interior barroco donde cantaban las monjas albas, las mujeres de clausura en medio de la belleza infinita, cerraba sus puertas a la barbarie.

         La historia de las muchachas recluidas a la fuerza por las Adoratrices que les buscaban un destino de criadas, es uno de los ecos de este jardín antiguo, primero de nuestros parques públicos, huerta que lo fuera del convento de San Francisco el Grande desaparecido en la Francesada. Fue un gobernador quien lo llenó de árboles y mandó poner una fuente para uso y después solaz de los salmantinos que siempre disfrutaron de este bosque umbrío de caminos de granito y asientos de forja, puntilla primorosa que recorre su trazado en cuesta, su misterio frondoso que incluso guarda la columna de madera del árbol primigenio, aquel que sobrevivió a la desaparición de la huerta franciscana. Es el monumento a la esencia del espacio hurtado a la memoria, el fósil abierto en canal de un tronco vivo en nuestra historia y en el recuerdo de la materia que palpita. Algo tiene este lugar de sombras ancestrales protegido por el San Francisco de Venancio Blanco que se confunde con los árboles y se puebla de pájaros y trinos de los niños que juegan más allá donde el parque deja la frondosidad y se alza, muro de piedra, para alcanzar la avenida, no de Carmelitas, sino de los cedros traído por los estudiantes maronitas del Líbano que tanto amara Inés Luna Terrero. Estatua confundida en su forja con las sombras del ramaje, muestra al santo ornado de pájaros, el hábito de su orden dominando los planos de la forma exquisitamente digna sobre la base de piedra donde leemos “Loado seas Mi Señor por todas las criaturas”, pájaros, árboles, niños y mayores, habitantes del jardín franciscano. Espiritualidad de bronce del escultor de Matilla de los Caños, lectura abstracta del santo humilde que se alza como la columna solitaria resguardada del antiguo convento. Algo en este parque antiguo, pura fronda que fotografía con la morosidad del paseante unamuniano, ilustre vecino, Amador Martín, nos devuelve a la esencia, el temor, el temblor del bosque oscuro, verde profundo cruzado de vetas de granito que incitan al paseo, a sentarse a la fresca sombra del pasado. Y como hay espacios en la ciudad que merecen tiempo y atención, el fotógrafo, con gesto pausado, guarda la cámara, mira hacia el cielo cubierto de ramas y encamina sus pasos a la calle ajena a la paz del parque, dispuesto a volver a conjurar la luz de sus sombras en otro paseo. Y San Francisco le bendice, las manos plenas de pájaros…


Amador Martín, Charo Alonso.