Rimas y leyendas de la Semana Santa salmantina (IV)

LA LEYENDA DEL DEBER PROFESIONAL Y PROCESIONAL

Cuenta una piadosa leyenda, que alguna vez se deja escuchar, aunque en voz muy baja, en una y otra acera del Paseo de San Vicente, que a los enfermos salmantinos nunca les falta el amparo de Aquel que mejor lo sabe prestar. Solamente necesita manos diestras, mentes capaces, corazones dispuestos y miradas profundas. Casi siempre las encuentra, y aquel 2 de abril no fue, nunca será, el último día.

Dispuesto el corazón claro que lo tenían aquel par de amigos que aguardaban el momento oportuno en uno de los bancos de la iglesia del Carmen de Arriba.

  • - No veas el chaparrón que me cayó el otro día en una tertulia de compañeros. Que si era un antiguo, que si en Semana Santa hay que irse a la playa, que si no se explicaban cómo todavía quedaban médicos enrolados en grupos de beatas… - confesó el Dr. Sevilla intentando expresarse con un tono jocoso pero sin poder disimular del todo que por dentro le estaba pasando una procesión de tristezas y preocupaciones.
  •  
  • - Sí, sí, te entiendo perfectamente. A mí el sermón me vino de casa. El otro día entró en la farmacia el nuevo coadjutor de mi parroquia, y hablando de esto y lo otro, le dije que ya tenía preparada la túnica para hoy. Pues no debió gustarle, y me soltó una perorata sobre el Concilio, que no he leído yo el Concilio, pero digo yo que no dirá nada el Concilio contra las procesiones y las cofradías. Sólo faltaba. Pero por respeto al señor cura me callé, claro -  se desahogó el boticario.
  •  
  • - Tú verás, Antonio. A aguantar. ¿Qué mal les hará que salgamos con el Cristo cada Miércoles Santo?
  •  
  • - Ninguno. Mucho bien es el que se le hace a los enfermos cuando se pasa por los hospitales. Pero mira, cada vez venimos menos. No sé yo el año que viene qué pasará…
  •  
  • - El año que viene… Dios dirá. Vamos, levanta, que ya van a mandar salir – atajó Sevilla.
  •  
  • - Que reces bien, hermano.
  •  
  • - Lo mismo digo.
  •  
  • Cada uno cogió su blanco capuchón, se lo colocó sobre la cabeza y se ajustó la tela para acomodar bien los orificios de los ojos. Una vez cubiertos, en silencio, el médico estiró bien la caída del capirote de su amigo farmacéutico, que mientras tanto sujetaba las varas coronadas por cruces de Malta con que acompañarían el paso del Crucificado. En su estampa agonizante, Salamanca recreaba la cuarta palabra de Cristo en la Cruz, la de ese salmo que empieza inquiriendo al Padre sobre el abandono y termina con la más hermosa de las alabanzas.
  •  
  • Así, entre el eterno interrogante sobre el dolor humano y la respuesta de honrar a Dios, transcurrió la procesión de Sevilla y de Antonio, que iban rezando, refugiados en la intimidad del hábito, sin olvidar a los compañeros alejados y a los coadjutores que mucho no es que se acercaran a esa forma suya de rezar. Pasó la estación en el Hospital de la Santísima Trinidad y estaban llegando prácticamente a la puerta del Hospital Provincial cuando por ella salió apresurada, con el pánico grabado en el rostro, una enfermera.
  •  
  • - ¿Hay algún médico del Hospital aquí?, ¡por favor!, ¡es una urgencia!- gritó.
  •  
  • Corrió entre las mermadas filas. Mucha borla negra entre los pocos cofrades. Finalmente, una amarilla. Ni corta ni perezosa, agarró del brazo al nazareno y lo arrastró fuera del cortejo buscando el interior del Hospital. Antonio, el amigo fiel, pese a su borla morada que le eximía de ser reclutado, no iba a dejar solo a Sevilla. Si les tocaba ser cireneos, compartirían la cruz.
  •  
  • “¿Los médicos de guardia no están?”. “En otras urgencias”. “¿Y el cirujano?”. “En quirófano”. “¿Y el localizado?”. “Lo han ido a avisar”. “¿Y…?”. A la enfermera le daba tiempo a responder a las preguntas del asustado galeno mientras corría por los pabellones hacia la sala donde esperaba el enfermo febril, taquipneico, con el pulso débil... Sevilla y Antonio, que se descubrieron a la carrera y dejaron las varas en cualquier lugar, a duras penas lograban seguirla, lastrados por las túnicas y con los capuchones sujetados por la punta. Cuando llegaron al pie de la cama, el médico comprendió perfectamente la gravedad, se serenó un instante, se le vino a la cabeza la boca sedienta del Cristo del Amparo, se situó en aquel contexto ajeno a su costumbre y supo sacar a relucir sus mañas de médico rural para estabilizar a aquel joven paciente de treinta y tres años que estuvo cerca de morir ese Miércoles Santo de 1969.

  •  
  • Sevilla y Antonio no volvieron al Carmen de Arriba con el Cristo del Amparo aquella noche de primavera. Es sabido que la misión del Cireneo no termina hasta la misma cima del Gólgota. En ese caso, fue un Gólgota de Resurrección. Llegaron pronto refuerzos, el Dr. Martín, el médico al que habían avisado, ¡además del Rescatado!, y pudieron retornar a su casa, pero nunca más volvieron a entrar en la de su querido Cristo con la túnica de la hermandad. No hubo más regresos para ellos pero Él nunca faltó. Ellos vivieron ya su Pascua pero Él sigue acompañando la de todos y cada uno.
  •  
  • Asegura la leyenda, y así se comprende mejor, que el Miércoles Santo más extraño que se recuerda, el de 2020, en el Hospital Universitario de Salamanca, el 8 de abril a las ocho en punto de la tarde, justo cuando resonaban los aplausos del reconocimiento y el desquite, mientras las puertas del Carmen de Arriba y de cada iglesia, y de cada cofradía, y de cada casa, estaban cerradas por pandemia, dos personas cubiertas con un blanco equipo de protección individual retiraban el cadáver de un varón de ochenta y cuatro años diagnosticado de neumonía bilateral por coronavirus. No había ningún teléfono de contacto familiar en su historial: sólo el suyo. Nadie había llamado a la planta interesándose por él durante el ingreso: sólo el veterano capellán (lejanos sus tiempos de coadjutor) había preguntado a las enfermeras y había pasado a la habitación un instante cada día. Al levantar la almohada donde había descansado, un último hallazgo: Él, en su Cruz, otra vez a su lado, el Amparo que nunca falla.
  •  
  •  
  • AL CRISTO DEL AMPARO
  •  
  • Tiene ocho puntas la cruz
  • que luce tu cofradía.
  • Digo luce, porque es luz,
  • más que ninguna otra insignia.
  •  
  • Ocho puntas, Cruz de Malta,
  • Orden de Juan el Bautista,
  • Jerusalén, Hospital,
  • caballera y peregrina.
  •  
  • En la verdad de su trazo,
  • de su escueta geometría,
  • ocho bienaventuranzas,
  • palabras de eterna vida.
  •  
  • Ocho puntas en su cruz
  • y en la tuya cuatro esquinas,
  • tres clavos, también la causa
  • de tu condena está escrita.
  •  
  • “Ten piedad”, sangre de toro
  • sobre la piedra que invita
  • a rezar el Christe eleison
  • al pasar por tu capilla.
  •  
  • “Ten Piedad”, mi buen Jesús,
  • Cristo de la Medicina,
  • Cristo de los que sentimos
  • nuestras borlas amarillas.
  •  
  • Cristo, danos la salud,
  • la que la muerte no quita,
  • amparo de cada enfermo
  • y paz en cada agonía.