Tiempo para el perdón

Para olvidar el pasado, acuérdate del perdón

SÖREN KIERKEGAARD

Existen tan solo dos modos de probar que se ama. El primero consiste en dar la vida a quien se ama. El segundo, sin duda alguna, consiste en perdonar a quien nos ha hecho mal, hasta el punto de bendecirle y amarle.

CONSTANTIN VIRGIL GHEORGHIU

Nada nos asemeja tanto a Dios como estar siempre dispuestos a perdonar

JUAN CRISÓSTOMO

 

Comentábamos hace unas semanas, que la Cuaresma es un tiempo oportuno, un tiempo de conversión y reflexión interior, para colocar a Dios en el centro de la existencia humana y, desde esa realidad, actuar en la vida. Un momento oportuno, para experimentar la misericordia de Dios, a través del Sacramento del perdón, de la reconciliación o de la gracia. En la práctica actual, el sacramento va más allá del confesionario, ha recuperado la dimensión eclesial, realizando una celebración de la palabra, un examen de conciencia, confesión individualizada ante los sacerdotes asistentes y un canto de acción de gracia. Dios perdona en y a través de la Iglesia, en medio de los hermanos, expresando juntos la acción de gracias y la alabanza al Dios misericordioso, que nos acoge con los brazos abiertos.

En la cuaresma, volvemos a las raíces de la fe, al contemplar el don sin medida de la redención y nos damos cuenta que todo fue dado por iniciativa gratuita de Dios. La fe es un don de Dios que nos lleva a la acción de gracias a intentar dar fruto en el amor. La verdadera fe se manifiesta en el amor, un amor que para un cristiano deberá ser generoso, cuando nos hacemos cargo de las necesidades del hermano caído, cuando nos aprojimamos al necesitado, como hizo el buen samaritano.

El amor de Dios, es un don gratuito, inmerecido. Dios nos ama primero, nos ama gratuitamente, nos dona todo cuanto es y cuanto tiene, no para que le amemos a él a cambio, sino para que nos amemos unos a otros, de manera que yo ame a los demás con el mismo amor gratuito. La soberanía de Dios no sólo se manifiesta en su amor y misericordia, también en el perdón, siempre está dispuesto a empezar de nuevo. El perdón de las ofensas y al hermano es un imperativo que deviene del amor misericordioso del Padre. El corazón que se abre a ese amor se transforma, da un vuelco a su existencia y puede mirar a los otros sin violencia, resentimiento y rencor.

Perdonar es un modo especialmente intenso de donación de uno mismo. El perdón no deja las cosas como antes, sino que la relación queda renovada y, en cierta manera, purificada y más profunda. Donar, como amar, confiar y perdonar son artes que nunca han sido fáciles, en una sociedad marcada por el mercado y el individualismo, pero el ser humano es capaz de ello por ser un ser que se relaciona con el otro y con el Otro. Donar es un movimiento asimétrico, unilateral, que surge de la espontaneidad y de la libertad. Donar es dar y darse gratuitamente y sin esperar nada a cambio, sin crear deudas, sin reciprocidad. En toda “lógica del don” ganamos todos, el que da y el que recibe. Desde esa lógica del don, el perdón impide la revancha, aquieta la sensibilidad y purifica la memoria.

Con ese amor misericordioso Dios no minimiza el pecado y la responsabilidad del hombre, se toma en serio nuestros actos buenos o malos, pero también, a través de nuestras debilidades, podemos descubrir que Él nos ama tal como somos. El perdón a los otros no es fácil y requiere un largo camino, hace falta tiempo, ya que todo amor al prójimo, incluso a los enemigos, deriva del amor y perdón de Dios, que lo va realizando de manera progresiva dentro de nuestro corazón. La gracia y el amor de Dios va creciendo en las interioridades de nuestro ser y, al sumergirnos en el amor, nos damos cuenta que tenemos zonas oscuras. Desde este descubrimiento nos podemos poner bajo el amor del Padre, abriendo un camino a nuestro propio perdón, expandiéndose por gracia de su misericordia.

El perdonar no es olvidar, no se pueden olvidar ciertas cosas demasiado graves y dolorosas, cicatrices no cerradas del todo. Dios perdona olvidando; el hombre perdona, pero conserva el recuerdo. No se puede olvidar algo que forma parte de nosotros mismos, de nuestra biografía social y personal, esto no quiere decir que no se haya producido el perdón.  Dios está ahí en nuestro perdón, que incorporamos a nuestro ser. Así cuando el pasado regrese a nuestro corazón, es el momento de recordar el perdón y el amor de Dios, que es el que me libera y me da paz. El perdón ayuda a la memoria a curar, no a morir. El perdón impide la revancha, aquieta la sensibilidad y purifica la memoria

El perdón a los enemigos, desde el punto de vista humano, es una de las exigencias más difíciles de Jesús, pero forma parte del mandamiento del amor, enraizado en la esencia más íntima del misterio cristiano, es la quintaesencia de la virtud, el novum de la fe en Dios. Vemos en los textos evangélicos palabras como “Amad a vuestros enemigos» (Mt 5,44; Lc 6,27-35); “Haced el bien a quienes os odian” (Lc 6,27); “Orad por quienes os persiguen” (Mt 5,44;. Lc 6,28). Cuando Pedro le pregunta cuántas veces se debe perdonar a quien hace el mal, Jesús le responde: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete” (Mt 18,22). Hay que perdonar siempre, constantemente, incondicionalmente.

Pero el perdón ha de ser vivido sobre el terreno, en la vida, interiorizado desde la caridad y practicado en la familia, en la sociedad, en la amistad, en el trabajo, en la vida.  El perdón no solo debe ser algo predicado, sino un “estilo de vida” practicado por un cristiano renovado y transformado, porque no hay paz sin justicia, pero tampoco hay justicia sin perdón. Solo desde la cultura del perdón, podremos construir un mundo más habitable, una sociedad futura más justa y solidaria. El camino del perdón es el camino de la humanización, es el camino de Dios que nos ayuda a renunciar al odio y a la violencia.