Todos somos responsables

“El precio de la grandeza es la responsabilidad”

Winston Churchill

Hoy, día de la mujer, no dedico este espacio a la igualdad, los feminismos, los techos de cristal, ni ningún otro aspecto relacionado. El motivo no es que lo considere un tema baladí o carente de importancia, sino que –precisamente hoy– podrán encontrar numerosas opiniones versadas sobre estos aspectos, por lo que pospondré la de un humilde servidor.

En estos días esta pandemia se encuentra muy próxima a convertirse en añeja. Su extensión en el tiempo se refleja en rostros, hábitos y otras señales perceptibles en la cotidianidad. Dicen que estamos superando la tercera ola y nos aproximamos a la cuarta, a pesar de que las cifras de fallecidos resultan constantemente estremecedoras. Impresión que hemos acometido de forma adaptativa, dando lugar a que –por suerte o por desgracia– haya datos, situaciones, restricciones, etc. que –lejos del escándalo que hubieran generado un año atrás– hoy ni nos inmutan.

Con dicho panorama sobre la mesa, se acerca el final de la cuaresma –que, por cierto, esta sí que es una verdadera cuarentena– y con él la Semana Santa, un periodo de posibles escapadas cuyo debate sobre las restricciones aplicables ya ha comenzado. Sin embargo, más allá de las medidas que se adopten, tras ella –muy probablemente– muchos discursos volverán a apelar a la responsabilidad. Hace años asistí a una reflexión del filósofo Manuel Cruz sobre este concepto. Este declaraba que frases tipo en las que se viene a afirmar que “todos somos responsables” de algún hecho o situación determinada constituyen una falacia. El pensador ilustraba la idea con varios ejemplos sobre el cambio climático, concluyendo que él –como ciudadano– no era igual de responsable que una empresa cuyos vertidos contaminaban diariamente las aguas de un río. Algo similar sucede con la pandemia. La dirección de la responsabilidad al individuo –en muchos casos en tonos broncos– es una constante por parte de determinados sectores o personalidades de la esfera pública, realidad que –en alguna ocasión– ha llegado a enojarme. Todos somos responsables, cierto, pero no en la misma medida o –lo que es lo mismo– no todos somos igual de responsables.

Ilustrando lo expuesto con anterioridad, cualquier mujer u hombre –como ciudadanos– no son igual de responsables de la situación y de los “malos datos” de la pandemia que un dirigente encargado de su gestión. Entre otras cuestiones, porque hay un evidente desequilibrio en el poder de sus decisiones, que en consecuencia no presentarán la misma incidencia sobre el escenario. No en vano, en ocasiones, se hace referencia a estos cargos como “responsables políticos”, siendo –precisamente– una característica destacada de los mismos la responsabilidad que debe asumir su titular. Si bien, bajo mi punto de vista, que la ciudadanía desarrolle la capacidad para adjudicarse su parcela de responsabilidad es algo tan necesario como virtuoso, no se puede asignar a esta toda su carga (ni siquiera es posible hablar en términos de corresponsabilidad). Profundizando más aún en la cuestión, un individuo que se salta las restricciones impuestas –ya sea empleando pretextos o debido a la ausencia de un control real sobre las mismas– no es igual de responsable que la administración que posibilita (por acción u omisión) tal circunstancia. Por no hablar de otras prácticas, cuya repercusión es directa, como la realización de pruebas diagnósticas o las dinámicas de vacunación.

En la actualidad gran parte de los políticos han mostrado un gran déficit a la hora de asumir su responsabilidad, dirigiéndola –sin ambages ni vergüenza alguna– hacia otras administraciones o proyectándola directamente hacia la ciudadanía. Sin profundizar en otros campos anexos como el de la ejemplaridad, cualidad que muchos dirigentes aún no han manifestado, después de más de tres millones de casos y setenta mil fallecidos, ya es hora de abandonar ese rancio discursito de que “todos somos responsables”.