Ciudad Rodrigo al día

 

C

C vive en Huelva, y aunque no tenga el placer de conocerla ha conseguido que germine en mí la necesidad de viajar hasta su ciudad natal

Hoy vais a permitir que me ponga un poco ñoño, ya lo voy avisando.

Cuando eres escritor hay infinidad de detalles que pueden conseguir que te emociones. Una presentación multitudinaria, que tu libro se convierta en un superventas, que una editorial importante se fije en tu trabajo… Muchas, cualquiera que se os ocurra, pero… ¿Hay algo que supere todos esos “premios” con creces? Sí, naturalmente que sí, y son las opiniones de tus lectores, aquello que despierta tu trabajo en ellos, los sentimientos a flor de piel, ese feedback tan rico, esos comentarios que consiguen erizarte la piel y cosas como la que me ocurrió a mí hace tan solo unos días.

Una lectora, a la cual me referiré como ‘C’, se puso en contacto conmigo de forma privada. C es una adolescente a la que le detectaron un tumor maligno en alguna parte de su cuerpo, no tiene importancia en este artículo. Ella es una chica con una vitalidad insultante y consigue inundar las vidas de los que le rodean con su forma de ser tan positiva, os lo puedo asegurar.

C vive en Huelva, y aunque no tenga el placer de conocerla ha conseguido que germine en mí la necesidad de viajar hasta su ciudad natal (cuando todo esto pase) y darle un abrazo que tiene bien merecido.

Como os digo, hace unos días C me habló y me dijo que la tenían que operar, que era algo necesario para proseguir con su curación. La noté serena, tranquila y confiada, por lo que la felicité y le deseé todos los ánimos del mundo. Justo después de enviar ese mensaje pensaba que la conversación terminaría, pero ella decidió poner mi vida patas arriba con tan solo un párrafo. “Tu amuleto (refiriéndose a mi libro, a Almas de Plata) va conmigo. Lo tendré bajo la almohada hasta entrar en quirófano, si pudiera entraba con él, jeje. Pero bueno, igualmente te sentiré cerca, dándome suerte. De verdad, gracias”.


No os podéis hacer una idea de lo que sentí en ese momento. Después de leer el mensaje varias veces y derramar una buena pila de lágrimas, tomé conciencia de una responsabilidad que no sabía que podía llegar a tener. Me di cuenta de que todas las noches de insomnio escribiendo, los cientos de horas de lectura, cada borrón y cuenta nueva y esos esfuerzos por llegar a mis lectores habían tenido su recompensa.

No cambio un premio por estas palabras, lo tengo claro. Lo material es eso, materia que termina destruyendo, corrompiendo incluso, pero lo espiritual es otra cosa. Esa conexión entre personas, ese algo que no puedo describir a pesar de tener muchas palabras para hacerlo.

C se curará, seguro, tiene que hacerlo. Lo hará porque todavía le faltan muchas horas de lectura, de diversión, de alegría. Ella es tan fuerte que ha conseguido contagiarme esas ganas de continuar, de seguir creando fantasía, esperanza, mundos imaginarios que mejoren el presente.

Gracias C. Ni en veinte vidas podré agradecerte un gesto tan bonito.

Cuando leas este artículo, que lo harás muy pronto, recuerda que tenemos una comida pendiente en Huelva. Allí te daré el achuchón que te mereces por tener tanta fortaleza.

Tú puedes, campeona.

Nos leemos el próximo domingo por aquí, o hasta entonces en Instagram (@rubenjuy) y en Facebook (Rubén Juy).