El padre cuaresmero

 

Miro la foto y mi mirada ha quedado prendada, un instante, en la bondad del padre, aunque lo de padre sea algo atrevido,  porque Padre sólo es Dios; pero,  por su cercanía, a ellos les gusta regodearse de la aureola del Creador. Retiro la contemplación, y la poso en la costumbre y en la historia. Desde tiempo inmemorialI, viene la loable y provechosa tradición de traer, a nuestros pueblos, un padre, para que oriente y predique, al personal, lo sustancial de la doctrina penitencial cuaresmal.

El padre curesmero era escogido, de común acuerdo, por el párroco y el ayuntamiento. En los siglos XVII. XVIII. XIX y gran parte del XX, se disputaron el púlpito las mejores lumbreras de la palabra. Se apostaba, cada año, por conseguir al de mayor prestigio y renombre, al de mejor oratoria y mayor poder de convicción, y así llegaron a mi pueblo hombres de la mayor talla de las órdenes dominicana, carmelitana, franciscana, capuchina, claretiana, como el padre Altabella, que encogía los corazones con su prédica de las “siete palabras” desde los micrófonos de Radio Nacional, (¡aún no se me ha deshelado la sangre!), o a fray Lorenzo Cerdá, navarro de origen, de gran corazón, que  intentaba, dentro de lo tenebroso,  suavizar sus intimidatorias proclamas sobre la tortura  avernal con el anecdotario de las “Florecillas” de su padre san Francisco.

Los predicadores permanecían toda la cuaresma en el pueblo, lo que era muy provechoso para éste y de gran ayuda en las confesiones. Se le buscaba hospedaje en casa de buena familia, que le tratara con gran cariño y mayor esmero. El ayuntamiento corría con los gastos del alojamiento.

Comenzaba su misión el Miércoles de Ceniza y finalizaba con el “sermón de las gracias”, el Domingo de Resurrección. Los domingos predicaba dos veces: por la mañana, la homilía de la misa conventual y, por la noche, el llamado sermón del ejemplo, dividido éste en dos partes: la primera se destinaba a la enseñanza catequística; y, la segunda, en el desarrollo de un tema moral. Entre una y otra, se entonaba un cántico, en el que participaba toda la asistencia, que era plenamente masiva. En medio del templo, ardía un hachón de cera, símbolo de la fe de los oyentes. En la calle, silencio sepulcral. Recogimiento absoluto. Todas las casas quedaban cerradas. Toda la feligresía, hasta los niños, se congregaba en el Iglesia a escuchar el sermón. El cabildo de la mayordomía de la Cruz era el encargado de ir a buscar al predicador a su casa para llevarlo a la Iglesia, y de volverlo de esta a su domicilio. La misma concurrencia escuchaba el Domingo de Ramos, por la tarde, el sermón del perdón, que se predicaba en la ermita de la Virgen de la Encina, pues había que acabar con los distanciamientos familiares y rencillas, aunque sólo fuese por una semana, la Santa.

Era costumbre que el predicador obsequiase, de su bolsillo, con una copa y pastas a los componentes del cabildo, sacerdotes y demás autoridades; el mayordomo de Ánimas mantenía a los sacerdotes de los pueblos cercanos, que se acercaban al pueblo el lunes y el martes de Pasión a confesar a los fieles para el cumplimiento pascual. En la última comida, cada sacerdote, participante en las confesiones, encontraba, al desplegar la servilleta, una moneda de plata de cinco pesetas, que, previamente, había depositado el mayordomo. El lunes o martes de Resurrección salía el predicador, acompañado por los sacerdotes del pueblo y por el ayuntamiento en pleno, por todo el pueblo para recoger, casa por casa, las felicitaciones y limosnas de los vecinos: unos entregaban dinero, otros hacían anotar, en un cuaderno, la cantidad o medida de trigo que donarían al terminar la recolección. En el mes de septiembre, el cuaresmero retornaba al pueblo a recoger el trigo ofrecido por los labradores. Le acompañaban las autoridades y el alguacil, que llevaba una caballería y unos sacos o costales para envasar el cereal. El padre ofrecía una comida o cena a las autoridades y sacerdotes, a la que también asistían el alguacil y los monaguillos. La noche antes de marcha del cuaresmero, se reunía en torno de su casa, la mayoría de la gente del pueblo. Allí, cantaban y expresaban su gratitud al predicador.

Los domingos de cuaresma, para la juventud, se hacían tan largos como una cuaresma.  Después de misa, recorrían los bares en panda a echar una jarra, y las parejas aprovechaban para dar una vuelta por la era; y, por la tarde, la misma canción: no había otro remedio. No existía linde entre lo religioso y lo civil, “Con la iglesia hemos topao, amigo Sancho”. Todo el mundo vivía pendiente de la campana, y, no había que despistarse para evitar, por miedo, las regañinas de las madres o las amonestaciones escalofriantes del dómine. Mientras la voz del padre retumbaba entre los muros de granito y el corazón de los más se encogía con las amenazas del infierno, los jóvenes se movían con cierto nerviosismo en los asientos y en silletines, ellas, porque estaban más pendientes del rato que se iba a pasar con el muchacho o muchacha a la salida, que de las palabras que pronunciaba el orador sagrado. Al finalizar el sermón, los jóvenes salían volando y se colocaban en el punto estratégico por donde iba a pasar la niña de sus amores, y las más tiernecitas se hacían las remolonas con alguna amiga, esperando a que pasasen sus padres, para dejarse acompañar del muchacho con quienes hilvanaban los primeros arrumacos.