Jesús y las mujeres

“la libertad que se toma Jesús de llamar a las mujeres “discípulas” es totalmente inconcebible. La libertad de esas mujeres, que abandonaron a su familia para unirse a la comunidad que seguía a Jesús, no lo es menos. Que las mujeres hayan sido confinadas a actividades de diaconía se debe a la tendencia de la Iglesia, no a las intenciones de Jesús”.

FRANÇOIS BOVON

 

“el hecho de que en el círculo más íntimo de Jesús hubiera mujeres [… es] un aspecto importante del escándalo que provocaba en su ambiente”

GIUSEPPE BARBAGLIO

Desde mi infancia mis padres me han acompañado en la fe, pero cuando digo mis padres, quiero decir mi madre. A muchos de mi generación, han sido las mujeres las que nos han iniciado y acompañado en la fe. Posiblemente también le pasó lo mismo al propio Jesús, María le protegió y educó en la fe como era costumbre en el mediterráneo, pero también se preocupó y vio el peligro cuando comenzó hablar en público de un reino de Dios. Aunque María no pertenecía al movimiento de Jesús en su ministerio público, si parece que estaba plenamente incorporada después de su muerte y resurrección.

Nos comenta el evangelio de Lucas (Lc 8, 1-3) que a Jesús le acompañaban los Doce y algunas mujeres que él había curado de malos espíritus y enfermedades, como María de Magdala; Juana, mujer de Cusa e intendente de Herodes; también Susana y otras mujeres. Debemos subrayar que Jesús tenía muchas mujeres discípulos que jugaban un papel importante en los inicios del movimiento cristiano. Los evangelios dicen que servían”, “ayudaban” y “asistían” a Jesús con sus bienes. No era un mero papel doméstico, sino que debió ser algo parecido a lo que hacían los varones, ya que el “servicio” era una obligación para todo discípulo. Serán las únicas que están junto a Jesús en su muerte en cruz y serán las primeras a las que se manifiesta como Resucitado.

Todos los evangelios coinciden en reconocer que las mujeres fueron testigos de la pasión-muerte-resurrección de Jesús y las primeras “enviadas” por el Resucitado para llevar la buena nueva a los Once y a los otros discípulos. Era inaudito en el mundo judío que las mujeres siguieran a un Maestro, incluso debió ser escandaloso e improcedente que un rabino enseñara a las mujeres las cosas de Dios. Muchas de esas mujeres han sido recordadas por su nombre y serán figuras decisivas en la configuración de las primeras comunidades cristianas.

El reino de Dios que Jesús anuncia, solo cobra realidad desde la gente sin importancia de la sociedad, entre esa gente estaban las mujeres, los niños, los esclavos y todos los excluidos. Jesús llamó a las mujeres a la misión y al testimonio, siempre que las condiciones sociológicas lo podían permitir. En una sociedad como la de Jesús, solo los hombres podían hablar en las sinagogas, tampoco podía enviarlas por los caminos ya que los varones rechazaban su testimonio y su palabra. Pero vemos, que a la Samaritana la envía hablar a su pueblo y, a Marta dando testimonio público de su fe. En las primeras comunidades paulinas, tienen una especial relevancia en la evangelización Lidia o Prisca y otras mujeres, que hoy día se corresponderían con ciertos ministerios y carismas dentro de la Iglesia.

Si en otros espacios de la vida y de la sociedad, la mujer va consiguiendo parcelas de igualdad, no podemos relegar en nuestra Iglesia a la mujer al matrimonio y a la maternidad, sino es necesario otorgarles un papel de igualdad y de corresponsabilidad en esta nueva visión de “Iglesia en salida”.  En los primeros momentos que arrancó la Iglesia, hombres y mujeres caminaron juntos, todavía más ahora, si queremos construir una Iglesia sinodal y abierta, donde la igualdad debe ir haciéndose costumbre.

La mayor parte de los cristianos practicantes son mujeres, posiblemente ha sido una constante a lo largo de la historia, pero en el orden eclesial no tienen la misma responsabilidad y participación que otros creyentes varones. Una realidad aceptada como natural en ciertos sectores de la Iglesia, como en ciertos ambientes jerárquicos y tradicionalistas y también por numerosos fieles con una formación débil o muy clericalizados. El clericalismo de muchos fieles está grabado a fuego en el corazón de su vida eclesial, recelando cualquier iniciativa no solo de las mujeres, también del laicado.

La situación de la mujer es una rebelión pendiente en la Iglesia. En estos días, a pesar de la pandemia, se quiere hacer presente esa igualdad pendiente de las mujeres en todos los ámbitos de la sociedad, aunque no se produzcan grandes manifestaciones, también debe hacerse visible en nuestra Iglesia. Se pueden hacer numerosos gestos dentro de las parroquias o en las Diócesis.

Queremos de corazón que, en la Iglesia, se pueda ampliar los espacios para una presencia femenina más real y efectiva en un plano de igualdad con los hombres. Se están dando pasos, pero todavía son insuficientes. Es necesario que, en el corazón de la vida eclesial, la mujer se haga presente en un ministerio más activo, incluido el sacramental. Pero también, en los lugares donde se toman las decisiones importantes. Más allá de las grandes palabras y de cualquier proclamación de principios sobre la igualdad, que son insuficientes, es necesario responder a la sensibilidad práctica de la igualdad de la mujer en la Iglesia con hechos visibles y efectivos.

No solo predicar, para no perder credibilidad, también practicar la igualdad. Sobre todo, ser conscientes que la presencia activa de la mujer supone inventar “nuevas” formas que enriquezcan a la Iglesia en su presencia en el mundo.  El propio papa Francisco es recurrente en sus discursos en el tema de la mujer, afirmando la poca presencia de las mujeres y lo mucho que podrían aportar a la sociedad y a la Iglesia de hoy. Otra cosa es el sacerdocio de la mujer, que nada hace pensar que este papa vaya a dar pasos en ese sentido.

La importancia de las mujeres y los laicos en el futuro de la Iglesia no debe pasar solo por la necesidad pastoral. La posibilidad que una mujer o un laico pueda dirigir una comunidad de base o una parroquia no debe ser una utopía. Tampoco, que se le pueda confiar a una mujer el ministerio sacerdotal si tiene vocación. Ambas cosas deben pasar por el reconocimiento de todos como algo natural, siendo un derecho como creyentes, un derecho como seres humanos iguales y amados por Dios. El verdadero amor solo se puede expresar en el espíritu no en la letra; en el ser humano, no en las ideas; en la igualdad no en la autoridad.

El verdadero rostro de la Iglesia debe subrayar no solo la igualdad espiritual, también la igualdad social, recuperando los orígenes “feministas” de los tiempos de Jesús. Todos implicados en la diversidad y en la comunión a caminar juntos, a proclamar juntos la buena noticia, a compartir en igualdad y sinodalidad, para llevar a buen puerto una necesaria renovación y soñar con una auténtica Iglesia en “salida” y misionera.