Rimas y leyendas de la Semana Santa salmantina (III)

LA LEYENDA DE LA NOSTALGIA VENCIDA

Cuenta una piadosa leyenda, que alguna vez se deja escuchar, aunque en voz muy baja, a mil setecientos sesenta y un kilómetros de Salamanca, que la nostalgia fue vencida un Viernes Santo gracias al entusiasmo y al esfuerzo común. Todo había comenzado en los primeros días de 1965 en un vagón de tercera clase varado largas horas en la estación de Medina del Campo y continuó, tras una pesada travesía, en la Casa del Emigrante de Irún, delante de un plato de garbanzos nada apetitoso, por decirlo suavemente. Luego, más tren, hasta circunvalar París, y después de atravesar Bélgica, el destino final en el andén 11 de la estación de Colonia-Deutz, colapsado por españoles y portugueses como cada jueves por la mañana. Carmen, salmantina de treinta y siete años, no ha hecho más que escuchar nostálgicos lamentos en los compartimentos y los pasillos, en las paradas tediosas y durante la espera en la estación de llegada: después de celebrar la Navidad con la familia, quizá no puedan regresar hasta el verano o hasta la siguiente Navidad, o incluso más allá. Muchos de los que han emprendido la ruta por primera vez se duelen por la inevitable lejanía de la tierra durante la Semana Santa, tiempo sagrado que no podrán celebrar como siempre. Ella, en cierto modo, ya está acostumbrada, pero le ha dado tiempo a ir pensando en cómo acompañar y aliviar la amargura de sus compatriotas.

Carmen trabaja en una fábrica de hilaturas. Ella sabía cómo desenvolverse en el horno panadero de Pedrosillo de Alba pero ha tenido que hacerse a las máquinas que dan forma al nailon y al perlón. Hay que ganarse la vida. En los breves descansos de la labor y en la litera que comparte con Jose, su marido, en una modestísima habitación de Brückenstrasse, en el centro de Düsseldorf, saca tiempo para escribir a las cofradías de su ciudad con la caligrafía aprendida en la escuela rural y las palabras que le parecen más persuasivas y convincentes. Apela a la solidaridad con los emigrantes que dejaron atrás España, para que este año tengan un trocito de patria y de Pasión. Ha encontrado su mejor aliado en Don Daniel, que colabora en la Misión Católica Española asentada en la parroquia de San Adalberón de Wurzburgo y Santa Hildegarda de Bingen (esa titulación bien merece un Ilustre y Teutónica Hermandad de Nazarenos por delante, piensa el religioso segoviano, al que la idea de Carmen le ha iluminado la Cuaresma). Colaborador imprescindible, si las cofradías de Salamanca responden a la llamada, será Jose, que trabaja en la Bundespost. ¡Y respondieron! Todavía recuerdan los más veteranos de la oficina de correos de Düsseldorf ese cargamento que llegó el Viernes de Dolores de 1965. JUNTA PERMANENTE DE SEMANA SANTA DE SALAMANCA, aparecía como remitente. FRÁGIL. MUCHO CUIDADO.

Con el mayor de los sigilos se perfila la convocatoria hasta que, finalmente, Don Daniel y Carmen, tras la popular Misa del Domingo de Ramos, anuncian a la feligresía española que les esperan el Viernes Santo a las cinco de la tarde nada más y nada menos que en la Catedral de Colonia. Esto ha sido idea del solícito párroco, el padre Ratzinger, que ha estimado que tal acontecimiento debía celebrarse en el templo principal de la diócesis y ha obtenido el permiso de los capitulares. Y así, con la curiosidad bien despierta y la nostalgia a flor de piel, salmantinos, muchos salmantinos desperdigados a ambas orillas del Rin, pero también palentinos de Carrión y zamoranos de Aliste, andaluces de Écija y murcianos de Cieza, extremeños del Jerte, gallegos de Ferrol y levantinos de Hondón de las Nieves que buscaron un mejor porvenir para sus familias emigrando a la República Federal de Alemania, se reunieron aquel Viernes Santo con velas en las manos en la iglesia gótica donde la tradición ubica el sepulcro de los Reyes Magos.

Sus hermosas piedras ennegrecidas y sus majestuosos vitrales castigados por los bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial custodiaron e iluminaron esa tarde una procesión nunca repetida que transitó por la girola y abría Don Daniel enarbolando orgulloso a modo de guía una de las cruces nazarenas sanjulianeras, ataviada con su cíngulo y su corona de espinas. En sencillas andas portadas por Jose y tres charros más, el pequeño Rescatado que había cedido gentilmente para la ocasión la congregación de San Pablo, mientras que eran Carmen y tres jóvenes salmantinas las que sostenían el escueto tablero donde se mostraba la pequeña Dolorosa de la Vera Cruz enviada de forma extraordinaria por la cofradía decana. El cortejo avanzaba por el deambulatorio de la catedral mientras el ritmo era marcado por dos tambores que cedió la hermandad del Flagelado y fueron acaparados, quién iba a dudarlo, por sendos emigrantes de Calanda y de Hellín. No eran los únicos sones: le habían parecido tan buenas las tres partituras procedentes de Salamanca a Anton Heilige, el organista de la parroquia, que en esos pocos días, robando horas al descanso, se las ingenió para adaptarlas. Eran de un tal Ricardo Dorado: Getsemaní, Mater Mea, Cordero de Dios.

De vuelta al altar mayor, la justa y necesaria oración. Compuesta en castellano y alemán, de ella se había encargado alguien de la Universitaria, mientras que los comerciantes de la Seráfica y los obreros de artes gráficas de la Dominicana se habían ocupado de que a aquellos compatriotas no les faltaran unos dulces de la tierra con que festejar la inminente Resurrección ni unas estampas para rezar ante las imágenes que ahora tenían a varias jornadas de tren. Para decorar el local de la Misión Católica Española había llegado una estupenda serie de dibujos de los pasos salmantinos, firmada por JLM, mientras que las Esclavas del Santísimo aportaron mantelería litúrgica de minuciosa factura. Por unos minutos, Salamanca estaba en Colonia, había un poco de Tormes en aquel cauce de origen alpino que se encaminaba hacia el Mar del Norte, y cada región española se hacía sentir en Renania, en sus emigrantes que habían vencido por Pascua a la nostalgia gracias a la osada iniciativa de una salmantina. Carmen recordó entonces unos versos de Bernardo López y se atrevió a declamarlos pese a la humedad que le emborronaba la mirada: Pueblo… con llanto profundo / ve a contemplar su agonía; / hoy es la fecha, es el día / de la redención del mundo. (…) Llegad de vuestros hogares / con ofrenda a sus dolores; / dejad los campos sin flores / para adornar sus altares. Un día se los enseñaría en España a sus nietos, se prometió.

Sobre los hombros de Carmen, la trabajadora textil, aquella ligera y pequeña Dolorosa asumía el peso de la distancia, de la ausencia, de la separación de los hijos. Sobre los hombros de Jose, el trabajador de la Post, el Jesús de las pequeñas procesiones, FRÁGIL, MUCHO CUIDADO, había querido hacer en un incómodo vagón el mismo viaje emprendido por los que vivían los primeros viernes de marzo en Alemania, o en Suiza, o en Francia, o en América, o en tantos rincones del mundo donde, según afirma la leyenda, la nostalgia es combatida y vencida misteriosamente en el árbol de la Cruz cada Semana Santa.

 

LA CRUZ DE LOS EMIGRANTES

En el último verano sin mascarillas

vi una cruz en una playa,

y rezamos junto a ella

en un silencioso atardecer

mirando al horizonte

del mar-cementerio.

 

“África condenada a muerte”

es la primera estación

de ese viacrucis perpetuo

donde aparecen verónicas

y se asoman cireneos.

 

En la Cruz de Lampedusa,

la de los naufragios

y los salvamentos,

la de las mafias crueles

y los truncados sueños,

está clavado hoy

el Cristo, el único Cristo,

el Cristo que huyó a Egipto

en su “contra-éxodo”.

 

Es el Cristo de la Humildad

en cada vagón de los trenes,

y el Cristo del Perdón

en los muros y en los mares,

y el Cristo de los Doctrinos

enredado en los cardos

de las idas y los regresos,

y el Cristo de la Luz

sin los papeles en regla,

Agonías hechas Cristo

tras las fronteras del miedo,

Amor y Paz en cada uno

de los brazos extendidos,

Buena Muerte

en los mapas desplegados

que nos parecen inmensos.

 

Es el Cristo de la ausencia,

Vela de llama vacilante

clavada en esa Cruz

de inciertas travesías.

 

Es el Cristo-Refugio

venerado como Cristo-Libertad

sobre el altar de la arena,

donde el buzón de correos

no trae ya más noticias

que la de confiar al Cielo

la eternidad de los que murieron

sin derecho a cruz sobre la tierra,

sin nombre, sin causa, sin duelo…