Ciudad Rodrigo al día

 

El ego del escritor

Los escritores somos gente rara, sí, mucho, estamos de acuerdo, pero también ponemos todo el sentimiento del mundo en lo que hacemos

Sí, habéis leído bien en el título. Hoy me gustaría hablaros de ese concepto que, si bien es cierto que no creo que exista como tal, al menos en mi mente suena de maravilla.

Los escritores somos gente rara, eso es algo que no voy a descubrir yo con este artículo. Cualquiera que tenga relación con alguien que escriba con cierta asiduidad lo sabrá. Egocéntricos, mezquinos, narcisistas, prepotentes, aberrantes, vanidosos, chulescos… ¿Sabéis por dónde voy?

Somos esos a los que les encanta jugar a ser Dios, dando y regalando vida en cada una de las historias que llevamos al papel. Dotamos de personalidad, apariencia e incluso sentimientos a personajes ficticios que no existen en la realidad y nunca llegarán a hacerlo.

Por todo ello, sí, en cierto modo podría parecer lógico pensar que alguien capaz de hacer todo eso debe tener unos niveles de egocentrismo y repelencia brutales… Lo siento, pero yo no lo veo así.

En la actualidad estoy llevando a cabo una lectura conjunta de mi nueva novela con dos personas que me ayudan en todo el proceso de publicación. Cada semana quedamos y leemos un capítulo de la misma, deteniéndonos en aquellos fallos que precisan ser corregidos. Aquí quería yo llegar.

Todos y cada uno de esos fallos, que estas dos personas me reportan con la mejor intención del mundo, son analizados de forma escrupulosa por mi cerebro buscando una explicación que me permita defender la no existencia de los mismos. Dicho con otras palabras, “me jode horrores tener que dar mi brazo a torcer y reconocer que me he equivocado en alguna parte de mis textos”. Busco, busco y vuelvo a buscar, con el único objetivo de salvar mi orgullo, mi honor como autor…


Esto no es malo, amigos, en absoluto. Es algo natural defender lo tuyo con uñas y dientes, al menos hasta que deja de ser defendible. Ese es el punto en el que nuestra madurez entra en escena y nos obliga a decir “basta”. Basta porque esas dos personas tienen razón y has metido la gamba hasta el fondo. Basta porque te quieren ayudar, con el libro y también a ser mejor persona, más humilde, más humano. Basta porque es lo mejor para ti, porque es ayuda y no ataque. Basta como progreso.

Tenemos que fijarnos en todo el iceberg, no solo en la punta que sobresale. Detrás de ese capítulo, de esos fallos, de esas letras… Detrás de todo eso hay muchísimas horas de trabajo. Muchas, de verdad, no podéis haceros una idea. Además, no solo se mide el trabajo en tiempo, también hay ilusiones, esperanza, pasión, entrega, sacrificio...

Los escritores somos gente rara, sí, mucho, estamos de acuerdo, pero también ponemos todo el sentimiento del mundo en lo que hacemos, y aunque nos guste jugar a ser Dios con nuestras historias, no dejamos de ser personas con nuestros fallos, nuestros miedos y nuestras inseguridades.

Por todo esto te pido a ti, que estás leyendo este texto ahora mismo, que la próxima vez que cojas un libro, un artículo, un relato corto, un microrrelato… la próxima ocasión en la que vuelvas a pensar en nosotros como seres mezquinos y miserables, recuerdes las palabras de este chico que hoy se está desnudando ante ti. Y lo está haciendo como mejor sabe, con las letras como compañeras porque ellas mismas son, al fin y al cabo, su propia vida.

Nos leemos el próximo domingo por aquí, o hasta entonces en Instagram (@rubenjuy) y en Facebook (Rubén Juy).