La escasez y la fecha

“¡Quieto todo el mundo!” Locución popular.

Que la historia oficial no es el relato veraz de lo acontecido, sino un constructo social, político y filosófico nutrido de diversos porcentajes de verdad, falsedad, suposición, manipulación, tergiversación, interés, deseo o rédito,  es algo que aprendimos desde niños y que, en este país, ha sido especialmente evidente en el tratamiento que nuestros libros escolares daban –y dan- a sucesos, épocas, gobernantes o acontecimientos del pasado, y solo hay que recordar cómo y de qué bochornosa forma se cuenta la narración histórica de la guerra civil española, la dictadura franquista o se expande y celebra la sanguinaria historia de la conquista de América o la barbarie continuada del Imperio español. Y, también, de los últimos cuarenta años.

No es preciso adentrarse en los intrincados territorios de la filosofía de la historia para darse cuenta de que el nivel del discurso político-histórico se sitúa hoy en España en sus más bajos niveles. Es barato, un punto estúpido y enormemente despectivo con la inteligencia de los españoles. Es, además, una antigualla que copia las formas mentirosas con que el franquismo amurallaba nuestro conocimiento. Para muestra, un botón: el acto celebrado en el Congreso el pasado 23 de febrero de 2021 en ¿conmemoración?, ¿celebración?, ¿homenaje?, ¿rechazo?, ¿tributo? al golpe de estado fallido del 23 de febrero de 1981.

En un momento en que se cuestiona directamente tanto la calidad de la democracia española como la utilidad y oportunidad de una institución tan absurda como la monarquía, a los herederos de aquellos pliegues de la Transición, incapaces de eliminar ni una de las paralizantes servidumbres heredadas del franquismo, entre otras la monarquía, no se les ocurre mejor fecha para abjurar del fascismo que la que eligió el mismo fascismo, el 23 de febrero.  Convertida esa abstrusa celebración en un extemporáneo besamanos a distancia a Juan Carlos de Borbón y en un vergonzoso rosario de palmadas retrospectivas en el centrípeto club de la clase política y sus cómplices mediáticos, cierta clase dirigente de este país nos recordó quién manda, quién escribe la historia, qué debemos creer y, de un modo extrañamente kantiano, qué nos cabe esperar.

El 6 de diciembre, que debería ser la fiesta nacional por excelencia, ha sido anotado por la historia como una mera fecha de puente laboral junto con las impuestas y nunca cuestionadas celebraciones religiosas; triunfante el franquista, racista y clasista 12 de octubre, el día de la raza, como referencia festiva nacional (militar, por supuesto), parece haberse encontrado fecha para la celebración monárquica y la extensión del repetido relato del aguerrido salvador de la democracia, el 23 de febrero, que  parece considerarse ahora, mutatis mutandis, fecha idónea para recordar la espada flamígera que Juan Carlos I blandió heroicamente para vencer en desigual batalla al bigotudo dragón con tricornio del fascismo.

Borrados de las conmemoraciones el 14 de abril y de la voz de la calle los nombres de Indalecio Prieto y Largo Caballero; blanqueada cada vez más la indignidad del franquismo con el altavoz a sus herederos en las instituciones; hundidos en la escoria de las falsas balanzas fascistas Durruti y Companys; ridiculizados por el desprecio reaccionario Alberti y Pasionaria y escupidos y borrados los versos de Miguel Hernández y toda la luz del mundo de García Lorca, lo peor que nos queda de un pensamiento político ínfimo no es tanto el desprecio por la inteligencia de los ciudadanos como el seguidismo bovino que le baila el agua. Que hoy en este país se siga predicando informativa y políticamente, y enseñando en las aulas, una supuesta historia reciente plagada de falsedad y preñada de mentiras, obviando y ocultando tendenciosamente el mismo anteayer, hace alejarse de la palabra democracia el concepto plenitud.