La belleza revelada

Todo cuanto es bello y bueno no puede fundamentarse jamás en desproporción”

PLATÓN

“belleza, esa simbolicidad, no se puede definir; sólo se puede captar partiendo de lo sensible,…, es desocultamiento…, manifestación o epifanía del ser”

HEIDEGGER

“Así como el sacramento hace presente a Dios, no solamente lo significa, así también la obra de arte hace presente al ser y, con él, a la verdad y a la belleza, y no solamente lo significa”

GADAMER

La belleza no es fácil, ya no lo advertía Platón, ya que refleja una realidad múltiple, profunda y misteriosa. Una realidad que nos supera y que no se agota en lo inmediato. Lo bello es una dimensión inagotable de lo real y que se resiste a ser conceptualizado, a ser atrapado, es aquello que se sale del cuadro (E. Jüngel), es una epifanía del ser. Aunque se nos escape de nuestras manos y de nuestros ojos, notamos la belleza cuando irrumpe en nuestra vida, nuestro corazón se turba y anhelamos lo máximo.

Nuestra sociedad postmoderna es muy receptiva a la belleza, ya que junto a la verdad es la que pone más alegría en el corazón humano. Vivimos en un Kairós de la belleza, un tiempo propicio para proponer la palabra desde la imagen, nuestro cosmos es casi totalmente visual. Un tiempo propicio, que va más allá del youtube reverencial, de un espacio arquitectónico, un cuadro, una escultura, una fotografía, un vídeo, lenguajes cercanos en nuestras sociedades de la comunicación. En otro tiempo fueron los iconos, la escultura, la pintura o los libros iluminados, los que abrían un sentido existencial y eran un lenguaje cotidiano. Esta nueva realidad en la que vivimos inmersos, la belleza nos alimenta el anhelo de ir más allá de sí, rebelándose contra los límites de la existencia. La belleza y el arte son un medio privilegiado para la fusión entre el individuo y el todo, para la unión entre lo cósmico, lo social y lo religioso.

La belleza nos revela la inexorable nostalgia del ser humano por la verdad y el bien. Nos revela la nostalgia de Dios. El gran escritor ruso Dostoievski afirma en su obra El idiota que la humanidad no podría vivir sin la belleza, porque solo ella salvará al mundo. Podemos vivir sin muchas cosas, pero no sin la belleza, es uno de los alimentos del alma que se despliega a través de la vista, el oído y la mente.

La via pulchritudinis (vía de la belleza), es necesaria en nuestro mundo, más ahora en plena pandemia de crisis y desesperanza. La belleza como la verdad, es quien pone la alegría en el corazón de los hombres. Nos recordaba Hermann Hesse, que no hay nada más alegre que la belleza y el arte, cuando estamos tan entregados a la belleza y al arte nos olvidamos de nosotros mismos y del ardiente pesar del mundo. Es un medio silencioso para adentrarnos en mares desconocidos, un camino fecundo para no envejecer jamás (Franz Kafka).

La belleza es un camino de superación de los horizontes estrechos de la cotidianidad y es inseparable de la trascendencia. Es capaz de expresar y de hacer visible la necesidad del hombre de ir más allá de lo que ve, manifiesta la sed y la búsqueda de lo infinito. La vía de la belleza es un camino abierto al encuentro sincero con Dios, una senda privilegiada para acercarnos al camino de la fe. La belleza es la última palabra del intelecto reflexivo, ya que es la aureola que rodea a la verdad y al bien. El camino de la belleza nos lleva a reconocer el Todo en el fragmento, lo Infinito en lo finito, a Dios en la historia. La Palabra y las imágenes nos pueden iluminar recíprocamente, como ha pasado en muchos momentos de la historia. El arte “habla”, al menos implícitamente de lo divino, de la belleza infinita de Dios, reflejada en el icono por excelencia: Cristo Señor, Imagen del Dios invisible (Benedicto XVI).

La primera iconografía cristiana la encontramos en las paredes de las catacumbas, pertenece al arte clandestino de la Iglesia cristiana naciente a finales del siglo II. Después de la muerte en cruz, la buena nueva de la resurrección se difunde por todo el mediterráneo y se asienta el culto basado en la liturgia eucarística, la fracción del pan y el bautismo. La sacralización de la figura del emperador, hace que en el siglo III, se despliegue una profunda persecución de los cristianos, fue posiblemente en este momento, cuando el lenguaje de la fe se apropia del arte.

En las profundidades de las catacumbas tendrá un profundo desarrollo el culto a los mártires, desplegándose un arte sencillo, casi ingenuo, pero de una profundidad catequética. En su sencillez se nos muestra una profunda espiritualidad animada por el resucitado que impulsa al creyente a implantar el Reino, a obrar el bien entre la gente y a conformar comunidad de vivos y muertos en las catacumbas.

Los artistas cristianos echaron mano de aquello que estaban viviendo en la eucaristía, sacramento por excelencia de la caridad (multiplicación de los panes y los peces). En esos momentos tan complicados era una invitación a compartir, donde lo poco que se tenía se multiplica y sobra, como verdadero signo de fraternidad. Esa comunidad primitiva lo va a plasmar en las cinco letras de la palabra “pez” en griego: ICHTHYS. Con sus letras puestas en acróstico, daba la sigla griega de “Jesús Cristo Hijo de Dios Salvador”, adoptando el pez, mucho antes que la cruz, como símbolo de Cristo. En este simbolismo artístico se respira el auténtico partir el pan, camino para conseguir la vida, al igual que los mártires, ofrecieron su vida como un don, para que el creyente participe más allá del tiempo de esa experiencia primigenia.

Ya en pleno siglo XX, Marc Chagall pinta la figura de Cristo crucificado en su obra Crucifixión blanca, para contar el dolor y desolación que va dejando la guerra en especial en el pueblo judío. Las referencias judías son numerosas, el Talit que lo cubre (chal tradicional); pañuelo en la cabeza, los patriarcas del antiguo testamento como ángeles flotando; a izquierda y derecha pueblos devastados, sinagogas quemadas y refugiados huyendo en bote. Un cuadro que invita a pensar, ya que nos recuerda a los crucificados de todos los tiempos. Detrás de cada uno de ellos hay un rostro, una historia, una tragedia, una esperanza que no puede quedar en el olvido. Una sociedad justa, debe hacer memoria y rescatar del olvido a cada una de las víctimas, de ella depende la construcción del futuro (W. Benjamin).

Lo bello nos puede interpelar, no se puede pasar de lado o ser indiferentes. Nos recordaba R. Guardini, para que exista ese “encuentro” con la belleza, no nos basta con encontrarnos con ella, es necesario tomar distancia, fijarse en lo que tengo enfrente, que me llame la atención su singularidad y que tome postura y adopte una conducta práctica al respecto. Es necesario que nos involucremos, que facilitemos su nacimiento, porque todos nacemos con una semilla de belleza en nuestro interior, en ella hay algo inefable, algo que nos evoca lo que somos y estamos llamados a ser. Toda belleza tiene el poder de tocar nuestros corazones y ampliar el horizonte de nuestra existencia abriéndonos al misterio, respondiendo en última instancia, al íntimo deseo de felicidad que late con el corazón humano.