Primavera promisoria 

Es tiempo de fresas y en mi barrio caminamos haciendo malabarismos sosteniendo la caja de la oferta, el apretado rojo de la estación esperanzada. Brotes y hojitas que se desenredan y desperezan de la latencia invernal, promisorio anuncio de primavera. Sale un poco el sol y los perros, los niños y los viejos, nos echamos a la calle y la mala hierba sale en el solar y pelea entre los adoquines. Tenemos nostalgia de verde y de tierra debajo de las uñas mientras las prímulas, los prunus y los almendros silvestres se visten de novia sorpresivamente. En mi barrio, entre las casas a medio derruir y los rincones hurtados al cemento, crece ese arbusto apenas árbol que se llena de flores para anunciar un tiempo nuevo, revelándose como una joya de insólita blancura. En el suelo, humildes y generosas, las florecillas blancas, las margaritas y las amarillas bendiciones de pan y quesito nos recuerdan que el invierno no dura eternamente…

-Siempre que ha llovido, ha escampaó.

Son malos tiempos para casi todo, sin embargo, sale el sol y allá vamos a la vera del río, recorriendo los pasos de quienes corren, sorteando las bicicletas de quienes se cubren con el yelmo y la armadura comprada a toda prisa para acompañar al niño en su primer paseo con la bici de ruedines. Hay una fiesta estos días de carnaval y es una fiesta de sol entre tanta nube, un rayo feliz para calentar el ánimo. En febrero, dice mi madre desde el balcón de su cabañuela, busca la sombra el perro.

Y al perro de la casa los pelos le tapan los ojos feliz de la vida porque vamos a verle y porque mi hermano ha hecho un agujero para sembrar un árbol. Dice la escritora Trinidad Ardura que los Shih Tzus son los canes de las emperatrices chinas, pero al nuestro le va más lo de perro trufero y se pone a cavar con el hocico hasta que la tierra, negra, feraz de tanta lluvia, se vuelve su mordaza. Trinidad Ardura y yo queremos emparentar a través de nuestros respectivos leones del Tíbet, pero la suya es fina y delicada y el de mi casa vive al aire libre revolcándose en la tierra, llenándose de hierbas y de babas de charco. Se hicieron un caso relativo hasta que una buscó el abrigo de la lumbre y el otro se preguntó por qué le habíamos subido al coche si no era para ver al veterinario. Cada uno tiene sus intereses cuando no hay celo que valga, y el nuestro es un abuelete venerable que disfruta meándole a mi madre la alfombra y escondiéndose de ella mientras mi padre le da de comer disimuladamente.

Sale el sol y nos vamos al pueblo, al paseo por el río, a la sierra a ver correr los regatos, atronar las cascadas mágicas llenas de gente. Tenemos ganas de cielo azul, de pasos sobre la tierra… sin embargo vuelve una borrasca con nombre propio, de esas que se suceden en este tiempo de cambio climático y mi madre desde el balcón atiende al vuelo de las nubes, los saltos de las pegas, la tenacidad de los pardales y el intento de hacer nido de las tórtolas americanas. La atalaya de los trabajos y los días mientras yo me esfuerzo en mantener en precario equilibrio la caja de fresas. Intensas, felices, ajenas a las manos que las han recogido inclinándose hasta el agotamiento.

-Otros años no saben a nada… todas las que traigas son pocas.

Rojas, intensas, ajenas al devenir de un año extraño. Fresas, cajas y cajas de fresas llevadas a dos manos como una ofrenda. Tiempo de promesas.

 

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.