En misa y repicando

“En política todo necio es peligroso mientras no demuestre con hechos su inocuidad”

Santiago Ramón y Cajal

 

La condena y el ingreso en prisión de Pablo Hasel ha sido el detonante de numerosos actos de violencia callejera y saqueos en diversas ciudades españolas, entre las que destacan Madrid y Barcelona. Estos hechos, han logrado introducirse en la agenda de los medios de comunicación, desplazando parte de la atención acaparada por la pandemia. No obstante, afirmar que son escenas sin precedentes o que constituyen la evidencia de una deriva social apocalíptica resultaría absurdo, puesto que –a pesar de peinar aún pocas canas– he presenciado revueltas similares en más de una ocasión. Sin importar el pretexto, siempre hay quien está dispuesto a enfrentarse al "estado opresor" lanzando objetos a la policía, quemando mobiliario urbano o reventando escaparates y saqueando tiendas. Sin embargo, de lo que –hasta la fecha– no había tenido constancia es del apoyo a dichas acciones por parte de partidos en el gobierno. De nuevo, por enésima vez, Unidas Podemos ha sacado los pies del tiesto.

Vaya por delante que considero la revisión de la legislación penal en relación con la citada condena como un asunto que debe ser –al igual que otros muchos– objeto de debate. Al mismo tiempo, no escondo mi juicio sobre Pablo Hasel que, en mi opinión, es un auténtico imbécil. La cuestión radica en hasta qué punto tenemos derecho a expresar nuestra imbecilidad y cuándo otras libertades deben preponderar sobre esta, fijando así su límite. Ningún derecho es absoluto, ni siquiera el más mimado de todos, que es aquel que ataña a la vida humana. Con independencia de ello y aplaudiendo a quiénes sí han sabido expresar su desconformidad con el ius puniendi, el fin no justifica los medios. Además, mantengo la sospecha de que, entre el lanzamiento de adoquines y la quema de contenedores, estos violentos resignados no se han parado a leer grandes tesis sobre la libertad ni a escribir ningún tratado sobre esta. Es más, dudo que entre tanta actividad física haya espacio para una reflexión “corrientita” que no esté guiada por el furor y la adrenalina de las barricadas.

Lo inédito de los acontecimientos –tal y como les adelantaba– se encuentra en la posición de Unidas Podemos. Sin ninguna especial animadversión hacia este partido político, ni hacia el señor Iglesias, su comportamiento en el gobierno se evidencia ilógico e infantil. Resulta extremadamente sencillo defender el valor absoluto de un derecho cuando el que lo ejerce se encuentra próximo al espectro de pensamiento propio, pero lo verdaderamente meritorio es mantener el mismo patrón cuando la narrativa excede dicho ideario. En este último supuesto han demostrado que su política consiste en optar por el descalificativo fácil. Así, a menudo tildan a cualquiera de fascista, término cuya actual sobreexplotación denota un profundo desconocimiento. Un responsable político no puede justificar –con independencia del pretexto– la violencia como medio. Pero cuando es el portavoz de un partido en el gobierno, esta irresponsabilidad se torna en mezquindad y usura. Las declaraciones del señor Echenique, junto con el silencio inmediato del señor Iglesias en relación con las mismas, constituyen una realidad inadmisible. Si quieren hacer oposición abandonen el gobierno y siéntense en la bancada de enfrente. Quizás la desproporcionada cota de poder en este ejecutivo, el vaivén de los coches oficiales y el tacto de las carteras ministeriales le hayan hecho olvidar el lugar en que los colocaron las urnas (expresión más próxima a esa “democracia plena” que a veces claman). En su infantilidad, se apresuran para colgarse los méritos de las buenas empresas sin meter los pies en el lodazal, alternando entre gobierno y oposición en función de la dirección de los vientos. Tanta lucha por la secularización que han terminado en misa y repicando.