No pego ojo

Era de esperar. Cuando el aparato de Moncloa puso toda la carne en el asador ante el 14-F, tratada de frenar un presagio que pesaba más que las encuestas de Tezanos. Pretender que Illa, “El bien mandado”, fuera el próximo inquilino del Palau de la Generalitat sin el apoyo de las fuerzas independentistas, suponía un error de cálculo tan pueril que, forzosamente, debía tener gato encerrado. En primer lugar, tratándose del delfín de Pedro Sánchez en Cataluña, hay que convenir que Salvador Illa le imitará en todo, también a la hora de faltar a la verdad. En todos los mítines quiso remarcar su empeño en mantener la unidad de España y su oposición a cualquier maniobra que pueda entrañar un paso hacia la independencia de Cataluña. A ese razonamiento, en el caso de ser sincero, había que ponerle algunos reparos. El primero, como buen discípulo de Sánchez, la víspera de dimitir de su cartera también juró que no sería candidato a la Generalidad. Y mintió a sabiendas. En segundo lugar, cuando ahora habla de entablar negociaciones con todos los partidos–excepto VOX-, vuelve a mentir. Lo mismo que mintió Sánchez, que pudo hacerlo antes de formar gobierno, y desde entonces está a partir un piñón con todos los situados a su izquierda. Entonces, ¿antes mintieron, pero ahora dicen la verdad?  No tengo muy claro que la intención del PSC sea oponerse a las aspiraciones de unas fuerzas políticas con las que pretende gobernar. Como tampoco lo hace el PSOE en Madrid.

          A la vista de la trayectoria política de este socialismo español que pastorea Sánchez, me pregunto cuál habría sido la respuesta de un gobierno como el actual si hubiera padecido los acontecimientos que culminaron el 1-O con la declaración de independencia de Cataluña. Es verdad que el PSOE, en aquella ocasión, apoyó a Rajoy en la aplicación del artº 155 de la Constitución. Pero también lo es que algunos compañeros de la sucursal socialista catalana fruncieron el ceño. Además, las experiencias de Montilla y Maragall, a este respecto, no invitan al optimismo. Desde entonces, la izquierda ha contribuido al sustento del independentismo regalándole parcelas de poder, intentando maniatar al Poder Judicial, mirando para otro lado cuando se producen abusos en forma de indultos encubiertos o se ordenan sospechosos traslados de presos, permitiendo que se menosprecie al idioma castellano, o apoyando reformas que suavicen delitos como la sedición. En 2017, el PSOE era oposición, pero ahora gobierna, y el gobierno catalán que salga de estas elecciones volverá a repetir la aventura del “Procés”, porque ya lo ha advertido y, porque, si no lo hace, arderán de nuevo las calles de Cataluña.

Un ensayo de lo que digo se está dando hoy. Tras el 1-O, el anodino Quim Torra animaba a los comandos de CDR con su famoso “¡Apreteu, apreteu!”, y todos asistimos a unos acontecimientos que fueron hábilmente utilizados para socavar nuestro crédito democrático. Ahora, ha bastado que un delincuente ingrese en prisión por ser dueño de un lamentable expediente judicial -repleto de condenas por agresiones, enaltecimientos del terrorismo e injurias a la Corona- para que se vuelva a tocar generala y regresen los “comandos urbanos”, cada vez más brutales y mejor organizados. Las fuerzas del orden de toda España certifican que los manifestantes han sobrepasado varias líneas rojas sin que la Generalidad se lo haya tomado en serio –porque pretende nadar guardando la ropa-, ni el gobierno central haya dado muestras de la mínima preocupación. Ante estos grupos de salvajes, las fuerzas antidisturbios se juegan la vida a diario y su jefe supremo, el ministro de Interior, ha esperado varios días para salir a la palestra y decir que está a su lado –parece que ellos no piensan lo mismo. Se detiene a los menos listos, y los jueces, a la vista de unas leyes a la medida de los delincuentes, se ven obligados a ponerlos en libertad al día siguiente. El pulso ya está echado. En estos días, hemos asistido a situaciones tan graves que el gobierno central se ha obligado a dar la cara a los tres días, pero sin molestar demasiado.

Sin embargo, según mi humilde criterio, lo más grave ha sucedido dentro del Congreso. Mientras el vicepresidente del gobierno solicitó resucitar la censura a los medios de comunicación y el indulto para el delincuente Hasél, y el portavoz de Podemos justificó la violencia de esos delincuentes que arrasan las ciudades porque se declaran amigos del ilerdense, el presidente del gobierno no dijo ni pío; y ya sabemos que quien calla, otorga. ¿Y quiénes son esos “amigos” de Pablo Hasél? La respuesta es bien sencilla: son todos los que han comprobado que “Aquí no pasa nada”. Si se oyen esos exabruptos en sede parlamentaria, y no pasa nada; si se homenajea a asesinos etarras, y no pasa nada; si se contempla el linchamiento de un policía que tiene la desgracia de perder el equilibrio, y no pasa nada; si se detiene a un delincuente cincuenta veces en el mismo año, y no pasa nada, es que no estamos en un país civilizado, parecemos más una película del Oeste. Pero, por desgracia, donde estamos es España, es el PSOE quien nos gobierna, y Pedro Sánchez su máximo responsable.

Lo que ahora sucede en Cataluña, se debe a que allí la educación conduce, indefectiblemente, a un constante estado de sedición. La tradicional blandura del Estado, cediendo a las exigencias del nacionalismo catalán a cambio de unos votos en el Congreso, ha hecho imposible cualquier intento de reconducir la situación. El actual sistema educativo y la TV3 ya han construido una sólida base en la pirámide de población, que ve a España como un Estado enemigo. El fenómeno se está extendiendo como un nuevo virus por todas las comunidades nacionalistas. Esa barrera será muy difícil de franquear.

Ahora, el gobierno pretende dar otra vuelta más a la tuerca de su falso progresismo modificando –a la baja- cualquier barrera que pueda afectar a la libertad de expresión. Los mismos que no toleran cualquier intromisión en su propio mundo –aun siendo personajes públicos-, no se cortan nada a la hora de zaherir a personas e instituciones y pretenden legislar con algo parecido a la ley del embudo. Se trata, una vez más, del conocido método de mojarse lo menos posible.

Por congraciarse con ese adulterado progresismo, estamos asistiendo a un fenómeno que, aunque afortunadamente no es general, sí se advierte en algunos casos. Me refiero a ciertos reporteros que recogen las imágenes de los disturbios callejeros. Lo vimos en Barcelona en 2018 y lo estamos viendo ahora en toda España. Es triste, pero están más pendientes de grabar las respuestas de la policía que los ataques y provocaciones de unos verdaderos terroristas. Se ve que vende más lo primero que lo segundo. Algo parecido sucede en ciertas tertulias. Siempre hay algún intervinientes que se sorprende de la adecuada respuesta de las fuerzas de orden público, pero nunca de la brutalidad de los energúmenos.

Soportar estas ilegales concentraciones urbanas en las que no se respetan las mínimas normas de seguridad sanitaria, además de acarrear cuantiosos gastos por unos desperfectos que pagamos todos, serán responsables de nuevos contagios de virus, que ocasionarán más ingresos en hospitales y, lo más grave, más muertos.

Con estos antecedentes; con un gobierno cuyo vicepresidente es de la misma escuela que los manifestantes anti; con una pandemia que tiene angustiados a no pocos colectivos, que ven cómo pasan los días y no saben si les llegará antes el virus que la vacuna, mientras otras naciones mejor organizadas consiguen que disminuya drásticamente su número de fallecidos; con una economía  que cosecha graves suspensos en todos los exámenes a los que se somete; con una izquierda que se ve irremplazable y una derecha disgregada e irreconciliable; con todo ello, no es como para dormir tranquilos.

Desconozco si Pedro Sánchez es capaz de dormir con sus compañeros de cama. Con este panorama, les aseguro que no pego ojo.